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domingo, 4 de febrero de 2018

LA SONRISA COMO COMUNICACIÓN

La sonrisa.

La palabra es el modo más habitual de comunicación entre los humanos, pero desde luego no el único. Su importancia como tal radica en que se puede utilizar a distancia sin necesidad de verse ni de tocarse que son los otros dos sentidos con los que intercambiamos información (con el olfato necesitamos proximidad). Aun así, el significado de la palabra se puede artefactar, fundamentalmente con el tono, y el sentido de la frase no ajustarse a lo que literalmente quiere decir. Por eso, en la relación con nuestros semejantes estamos diciendo muchas cosas no sólo con la palabra, sino con todo nuestro cuerpo: desde nuestra forma de vestir y acicalarnos, la expresión de nuestra cara, el tono de las frases, e incluso con los silencios, estamos trasmitiendo una serie de información que con frecuencia puede incluso estar en contradicción con lo que literalmente estamos hablando. En la escala de credibilidad es más verosímil lo que estamos diciendo con todos estos “accesorios” de la comunicación que lo que estamos diciendo con las palabras.
La sonrisa es un gesto sutil de comunicación que indica un estado de ánimo positivo hacia el oponente; si nuestra relación con otra persona va precedida de una sonrisa estamos trasmitiendo a nuestro interlocutor que estamos en actitud positiva para relacionarnos con él.
A veces la sonrisa se nos escapa e indica un estado de ánimo íntimo; cuando estamos escuchando algo que nos agrada, pensando o recordando algo que nos es grato, es frecuente que lo delatemos con la cara porque estamos, sin ser conscientes, esbozando una sonrisa.
Como es habitual en comunicación, no siempre el gesto se ajusta a lo que habitualmente quiere decir; ocurre también con la sonrisa. Cuando alguien recibe lo que estamos diciendo o nos mira con una sonrisa irónica, percibimos claramente el rechazo e incluso la agresividad que nos está trasmitiendo.
En la evolución de la especie la sonrisa ocupa un grado sofisticado de expresión. En esta cadena, el hombre primitivo debía de pasar de llorar a lágrima viva, a la carcajada a mandíbula batiente, siendo estados más depurados el sollozo y, sobre todo, la sonrisa, adquiridos mucho después. La carcajada es una explosión de júbilo primitiva, física, pero en la sonrisa el estado de júbilo o de bienestar está en la mente, es más intelectual y trasciende al exterior.
Tal vez esta es la razón por la que mi hijo cuando tenía cinco años, en sus interrogantes sobre la muerte, un día me preguntó si cuando morimos el cuerpo se queda aquí en la tierra, pero si la “pensadura” y la “sonrisa” se iban al cielo, percibiendo perfectamente que la sonrisa es un gesto que va unido a algo que trasciende lo meramente físico y en la misma categoría que el pensamiento.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías” Edt. Trabe.



miércoles, 16 de agosto de 2017

EL MULO (AMOR A LOS ANIMALES)

El mulo.

A propósito del cariño que se tiene a los animales, recuerdo un verano allí en Los Fayos, que el mulo de un vecino llamado Pedro se había roto una pata y, por lo visto, no se le podía curar; lo que se hacía en aquellos casos era venderlo a una fábrica de chorizos cercana o matarlos en un descampado. Los niños nos enteramos de que iban a matar al mulo cuando vimos la comitiva en la que Pedro, el dueño del mulo, lo llevaba del ramal, desnudo, sin aparejos, cojeando ostentosamente, apoyándose sólo en tres patas, seguido por otro hombre del pueblo con una escopeta de cartucho colgada del hombro y un pitillo entre los labios. Caminaban todos lentamente, los hombres cabizbajos y en silencio, y el mulo dócil y confiado detrás de su amo; tomaron el camino de la salida del pueblo y luego el del barranco de “la revuelta”. A los niños a partir de allí no nos dejaron seguir. Pasado un rato en el que todos estuvimos en silencio como mascando la tragedia, oímos dos estampidos secos casi seguidos; nos quedamos sobrecogidos.
Al rato apareció Pedro con el cabezal y el ramal del mulo en la mano, llorando a lágrima viva, seguido unos pasos atrás por el hombre de la escopeta que parecía más liberado por haber pasado ya aquel trance; tomaron el camino del pueblo. Algunos niños subieron hasta el lugar donde le habían matado; yo no quise hacerlo, pues me había impresionado suficientemente el drama del pobre mulo, y el de su dueño, aun sin llegar a entender que queriéndolo tanto hubiese tenido que matarlo;  entonces pensé que eran cosas de esa tarea tan ardua que a veces les tocaba hacer a los adultos. Durante varios días vimos sobrevolar a los buitres por encima del barranco, y no podía quitarme de la cabeza la imagen del mulo cojeando, confiado, cuesta arriba a la salida del pueblo.
Años después mandé sacrificar a un perro que tuve durante varios años; era un pastor alemán precioso que con el tiempo resultó ser muy peligroso, ya que atacó y mordió a varias personas, entre ellas a mi hijo; tuve miedo de que un día sucediera una desgracia mayor. A pesar de que tuve claro que debía hacerlo, sentí una terrible pesadumbre; el ser responsable de segar de forma repentina la vida en un cuerpo que minutos antes estaba lleno de vida, es una tragedia real que a poca sensibilidad que se tenga se siente muy adentro. Los individuos que tienen el valor de matar a otro ser humano a sangre fría, tienen que ser unos desalmados y estar haciéndose lavados de cerebro permanentemente, pues a poca lucidez que se tenga, cuando se den cuenta de las barbaridades que han cometido, deberían sentir una desesperación y unos remordimientos sin límite.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe




domingo, 11 de diciembre de 2016

VIDA COTIDIANA

VIDA COTIDIANA

Cuando por las mañanas nos levantamos de la cama, es difícil que la primera sensación que percibamos sea de bienestar. Lo normal es que nos sintamos somnolientos, con el cuerpo entumecido y con cierta resistencia a comenzar de nuevo, cuando no, doloridos o de mal humor. La reconfortante ducha y el café del desayuno nos ponen en la tensión suficiente para afrontar el nuevo día con todos sus retos. Es la vida cotidiana la que se presenta ante nosotros una jornada tras otra. Esporádicamente, habrá hechos puntuales que otorgarán a ese día un significado especial que nos producirá vivencias singulares, pero lo habitual, serán más o menos universales y rutinarias llevadas de forma subjetiva.
Los ámbitos en que nos desenvolvemos cada día, son para la mayoría los mismos: la familia, el trabajo, las aficiones, el grupo de amigos…En esos marcos nos vamos a sentir: vulnerables ante algunas circunstancias, reforzados ante otras, felices, desgraciados, enamorados, traicionados, sujetos a poderes u ostentando poder, aunque solo sea sobre nuestros hijos; nos vamos a sentir con salud, enfermos, amenazados; perezosos, ilusionados; vamos a sentir admiración, envidia, amor, odio; vamos a reír a carcajadas, o vamos a estar tristes; en ocasiones nos va atraer lo prohibido...Vamos a no creer en el más allá o vamos a buscar nuestra trascendencia particular.
De este mar de sensaciones, vamos a sentir probablemente todas en algún momento de nuestra vida, muchas de forma frecuente, la mayoría de forma cotidiana, y algunas en momentos puntuales. Van a dominar más unas u otras, dependiendo de nuestra estructura psicológica potenciada por la educación recibida, sobre todo en la infancia. Después van a influir de forma determinante las circunstancias, que parte van a ser debidas al azar, pero otras las habremos buscado mas o menos conscientemente dependiendo, en definitiva, también de nuestra forma de ser.
Después, la forma de enfrentarnos a todo lo que nos toca vivir, las vivencias y las enseñanzas sacadas, junto con la reflexión, va a hacer que vayamos acumulando un bagaje que con los años nos permita ser expertos en pragmática de la vida, y que tal vez nos sintamos cada vez más felices si hemos sabido asimilar el proceso de lo que es vivir, y también, el declive y envejecimiento.
Ángel Cornago Sánchez


miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA MUERTE

       La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

     La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando.
     Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
     La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte.
     En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto.
      En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
     ¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado.
     
En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[1].
     La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”





[1]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.






sábado, 14 de mayo de 2016

AMOR Y PAREJA. ALGUNAS CONSIDERACIONES.

AMOR Y PAREJA.
Ángel Cornago Sánchez

Vivir en pareja es el estado ideal para la vida del ser humano. Seligman refiere en su libro “La auténtica felicidad”, que las personas con pareja estable y duradera, disfrutan de un alto grado de felicidad y tienen menos riesgo de padecer depresiones, seguidas de los que nunca se han casado, y después de los divorciados una o varias veces. Se puede sacar la conclusión que, “mejor con pareja estable” para ser feliz, pero también, “mejor sólo que mal acompañado”, pues en grado de felicidad, inmediatamente después de los de pareja estable, están los que nunca la han tenido (estable). La relación de pareja no es fácil. Y requiere mucha madurez por ambas partes. Brevemente dos aspectos: el enamoramiento y la comunicación.
El enamoramiento es ese estado idealizado que sucede a partir de los primeros encuentros, cuando se siente que se ha encontrado a esa persona maravillosa,  que va a condicionar nuestra vida positivamente. Se vive como algo esencial en nuestro destino que va a garantizar gran parte de la felicidad que podamos conseguir. La atracción en los primeros encuentros es física, no necesariamente sexual; enseguida intervienen otros factores como la comunicación que en un comienzo suele ser superficial y sesgada; tal vez también, influyen aspectos hormonales que no controlamos.
En ese momento, existe una sobrevaloración de las virtudes y una infravaloración de los defectos. Produce un estado especial, como si nos hubiéramos metido un “chute” de ilusión, que nos hace ver la realidad mejor de lo que es. Esa fase no es buena para tomar decisiones trascendentes, como casarse, tener un hijo, vivir juntos, porque no es fiable, hay que esperar a que los efluvios pasen para hacer la valoración en sus justos términos.
El enamoramiento es el primer paso, pero luego hay que “aterrizar”. Lo ideal es que persista el enamoramiento pero sin la “espuma”, y que se vayan consolidando los lazos entre ambos, para lo cual además de lo anterior, es indispensable una actitud de entrega, comunicación, y de respeto exquisito a la individualidad del otro.
La relación de pareja debe ser real. Es el medio, tal vez el único, donde nos despojamos de todos los accesorios de carácter que empleamos inconscientemente en la vida ordinaria. Con la pareja nos debemos mostrar tal como somos, con nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras preocupaciones. Debe ser una comunicación íntima, veraz, continuada, no sólo puntualmente; que sirva de consuelo, de apoyo en los momentos malos, y también en los buenos para perseguir proyectos y conseguir metas. Un hombro donde descansar, unos brazos que acojan y cobijen. Cariño incondicional. Lealtad inquebrantable. Considero que la comunicación real es el requisito básico, y también fundamental para la pareja estable y para alcanzar felicidad.
 Hay personas que todavía buscan en sus parejas las falacias que les habían inculcado en la infancia y juventud: mujeres-madres, serviles, o figurines frívolos, u hombres machos y duros, que no lloren, que no sientan.
Ángel Cornago Sánchez




lunes, 24 de agosto de 2015

VACACIONES Y PAREJA

Vacaciones y pareja

vacaciones Ángel Cornago Sánhcez
Días especiales los de vacaciones. Salimos de la rutina que puede ser más o menos tediosa, lo cual ya supone un matiz positivo, y afrontamos esta corta etapa, al menos con la necesidad de descansar, de evadirnos de la tensión y preocupaciones del trabajo diario, de ver y visitar lugares nuevos o conocidos, pero que nos sacan del marco donde habitualmente realizamos nuestra vida. Es también un encuentro relajado con la familia, fundamentalmente con la pareja y con los hijos…
Dicho así, todo parece muy positivo, y así debería ser, pero la convivencia en vacaciones durante las veinticuatro horas, en ocasiones son la espoleta para que afloren los desencuentros entre muchas parejas e incluso se tomen decisiones de separación. También puede suceder que esos desencuentros y agobios de la vida diaria por el trabajo y por los hijos, durante vacaciones se serenen y se busque tiempo para conversar, reflexionar conjuntamente, y organizar el futuro de forma más racional. En definitiva puede salir la pareja y el núcleo familiar reforzado. En realidad la comunicación frecuente, relajada, distendida y reflexiva, son ingredientes necesarios para afianzar la relación de pareja y se deben practicar durante todo el año, no solo en vacaciones.
Para las personas sin pareja, esta época es una ocasión especialmente propicia. Se suele estar en actitud positiva para los encuentros, para pasarlo bien, favorecido por la relajación que da el descanso, el cambio de marco donde nos encontramos, incluso la relajación de las normas habituales que nos hace comportarnos de forma más distendida. Es una época propicia para el enamoramiento, lo cual es positivo. Hay que vivirlo, pero debe pasar filtros para convertirse en relación de pareja estable, aunque puede ser el inicio.
En definitiva, que hayáis pasado o que paséis buenas vacaciones, descansando, divirtiéndoos, visitando nuevos lugares, encontrando nuevos amig@s, nuevas parejas que a poder ser aporten algo más que unos momentos de placer y que incluso puedan llegar a ser proyectos de futuro.
Salud y bien a todo@s.

Ángel Cornago Sánchez

martes, 4 de agosto de 2015

EL CHUTE DEL ENAMORAMIENTO

El chute del enamoramiento.
Ángel Cornago Sánchez
Me voy a permitir hacer unas reflexiones sobre el “enamoramiento”, sensación que, seguro hemos experimentado todos más de una vez. Dentro de unos días, terminará una época propicia por excelencia, en la que muchos y muchas habrán experimentado tan sublime sensación: las vacaciones, aunque también sucede durante todo el año, pero son más propicios los tiempos de asueto y euforia. En estos días hay más desinhibición y, quien más quien menos, está receptivo o receptiva a relacionarse. Muchas mujeres y hombres habrán tenido ocasión de conocer respectivas parejas, y algunos y algunas, habrán sentido ese flechazo que llena de gozo, de felicidad, de ilusión, con la sensación de que han encontrado a la persona de su vida. Está muy bien y, desde luego, hay que vivir el momento, pero darle la importancia que merece, no magnificarla en exceso, o al menos afrontarla con serenidad. Puede ser el inicio de una relación duradera, incluso para toda la vida, o puede ser un espejismo que se irá desvaneciendo. No digo que haya que vivirlo con miedo o con demasiadas prevenciones; considero que hay que vivirlo con la intensidad que en ese momento se sienta, pero no darle carta de validez para formalizar una relación de pareja definitiva, hasta que se pase el momento de euforia.
Aún diría más. Una relación de pareja no debe basarse en el enamoramiento, para que tenga visos de permanencia, y por tanto para formalizarla. El estado de enamorado o enamorada, distorsiona la realidad y nos hace ver hasta los defectos como positivos, o al menos tendemos a minimizarlos. Es preciso tiempo para que desaparezca ese “chute” similar al de la heroína que produce el enamoramiento. Es preciso sedimentar las sensaciones para que desaparezca el momento de euforia y veamos la realidad tal cual es. Lo que va a unir a la pareja después, no va a ser ese estado de embeleso, sino una comunicación profunda y leal, un respeto, y ahí es donde se van creando lazos mucho más profundos de lo que puede aportar el enamoramiento momentáneo, aunque cuando llega, es bonito, hay que vivirlo, y hay que darle la oportunidad para sea para una relación estable, pero también, tener serenidad antes de tomar decisiones trascendentes. Van a ser otras sensaciones las que van a unir a dos personas para poder vivir juntas, tarea complicada y difícil: la lealtad y la confianza para compartir momentos malos y buenos, la comunicación real, la libertad, la sexualidad…; insisto, es muy difícil, pero ese es otro tema…
Ángel Cornago Sánchez

  

viernes, 3 de julio de 2015

"EL CANDADO" DEL AMOR.

EL CANDADO DEL AMOR.
            Ángel Cornago Sánchez

Esta mañana, en mi paseo diario, he visto varios candados cerrados en la barandilla que corre junto al río. En otra ocasión también los he visto en un puente que cruza sobre las vías del tren. También en otras ciudades, en otros países, es frecuente encontrarlos en puentes emblemáticos, incluso en alguno de ellos, la autoridad competente decidió retirarlos porque eran tan numerosos que la estabilidad de la baranda sobre el río peligraba con desprenderse por el peso.
Las mayoría de las parejas que han colocado el candado, supongo que ha sido en ese momento álgido de enamoramiento suntuoso, queriendo significar que su relación iba a ser para siempre; sujetan el candado con sus iniciales y lanzan la llave al río o a las vías del tren en un signo de que el amor va a ser para toda la vida. Es como si fuera un compromiso de pareja sin cura ni juez.
Para la mayoría, con el tiempo, el acto sólo será un recuerdo a veces romántico, otra doloroso, de la vivencia probablemente del primer amor. No es buen momento para compromisos el ardor del enamoramiento; aunque maravilloso, la euforia del amor tienen muchas posibilidades de error: sólo se ve lo positivo, incluso los defectos se pueden ver como virtudes; luego con el tiempo se suele ver la realidad, cuando el candado está cerrado y la llave en el río. La ruptura puede ser traumática y alguno de ellos puede quedar enganchado al compromiso personal. Siempre es mejor, en ese momento de euforia y de pocas garantías de estabilidad, simbolizarlo en un candado que en un matrimonio legal.
En la relación de pareja hay que  sellar el compromiso legal cuando la relación está madura y se ha tenido tiempo de ver todas las facetas del otro componente, y aun así puede haber posibilidades de error. Siguiendo con el símil del candado, está bien sujetar el candado al puente simbólico de la vida, pero debería guardase una llave cada uno, para si las circunstancias vienen mal, abrir de nuevo el candado y que cada miembro pueda seguir su camino, sin infligir heridas al contrario, por el bien propio y sobre todo de los hijos.
El compromiso entre dos, no implica propiedad del uno sobre el otro, ni atadura que no se pueda romper, como simboliza el candado. La mejor garantía para que la pareja  sea estable, es que cada uno sea autónomo para seguir su proyecto de vida personal, mantenga su individualidad que decide compartir con su pareja. Si las cosas van mal, hay que intentar arreglarlo pidiendo las ayudas necesarias (psicólogos de familia por ejemplo), pero si no es posible, separarse a tiempo, civilizadamente, antes de que el problema se encone.

Ángel Cornago Sánchez

sábado, 18 de abril de 2015

EL "PRAO" LUGAR DE ENCUENTROS AMOROSOS EN LOS SESENTA.

“El Prado”

Ángel Cornago Sánchez
En la Tudela de los años sesenta del siglo pasado, los jóvenes, la mayoría no disponíamos de coches, y el lugar habitual donde realizábamos los juegos amorosos las parejas era en “el Prao”. El Prado no tiene nada que ver con el concepto de prado como lugar tapizado de hierba que asociamos a los prados del norte. En este caso, el nuestro, es el paseo situado en la ribera derecha del Ebro y que hoy conserva el mismo nombre de entonces, aunque no el mismo aspecto. El quiosco era el mismo, así como los árboles de todo el paseo, excepto unos que había junto al quiosco que se talaron.
Cuando oscurecía, existía cierta iluminación hasta el quiosco, a partir de este había dos o tres bombillas mortecinas que iluminaban a trechos hasta la calleja de Ochoa, hoy Gladis, y que la mayoría de las veces estaban rotas por los habituales de la zona en busca de mayor intimidad; a partir de dicha calleja reinaba la oscuridad más absoluta.
Este paseo era el lugar habitual donde las parejas iban a gozar de sus escarceos amorosos; en verano la afluencia era masiva, y había noches, sobre todo los sábados, en que era imposible encontrar un banco libre, e incluso, exagerando un poco, había problema para encontrar un árbol libre en cuyo tronco apoyarse, o un sitio en el atoque que recorría el lado izquierdo del paseo hasta la susodicha calleja, teniendo en cuenta que había que guardar cierta distancia para preservar la intimidad; había días en que, al parecer, “estábamos todos allá”. La mayoría pienso que eran juegos amorosos inocentes como los que se llevaban en aquella época, aunque probablemente muchos embarazos no buscados se gestaron, y nunca tan bien dicho, en dicho paseo.
Creo que el grado de evolución de los intercambios amorosos estaba en relación con las distintas zonas del paseo: en un primer momento el quiosco era una zona fronteriza y se buscaba el acomodo en los bancos o en el atoque de la zona iluminada; conforme se iba intimando y en sucesivas salidas, se buscaban zonas más en penumbra, y después, oscuras del todo; el pasar de la calleja de Ochoa ya era una zona tremendamente comprometida y lugar para los ya iniciados; el ir a la “peñica” equivalía a llegar, al menos teóricamente, a los niveles más avanzados en las relaciones; cuando un chico decía que había llevado a una chica a la “peñica” - final del paseo- equivalía tanto como llevarla al pajar, aunque yo creo que no era para tanto. Nosotros fuimos una generación de presumir mucho y hacer poco; la generación de nuestros padres que fue la del “pajar”, seguramente fueron mucho más discretos y más efectivos.
El “Prao” no sólo se utilizaba en verano, también en todo tiempo, incluso en invierno; entonces, como he dicho, la mayoría no disponíamos de coche y había que capear el temporal como se podía. Todavía recuerdo divertido, como en pleno invierno, algunas parejas se introducían en la oscuridad del paseo a paso ligero como quien va a una urgencia o a un deber que corre prisa y con el que hay que cumplir a pesar de la inclemencias del tiempo; luego se les veía salir con la misma prisa porque iban a dar las diez y la chica debía que estar en casa para esa hora. ¡Eran cosas de la naturaleza! en una época determinada
“El Prao” era un lugar aceptado para tales menesteres, y nadie se extrañaba de que parejas de novios ya consolidadas frecuentasen el paseo; el que lo hiciesen parejas primerizas, sobre todo si iban “agarrados”, era señal de relación con visos de estabilidad, y si no llegaba a ser así, la honra de la chica podía quedar dañada. Había parejas sin compromiso que iban charlando con aparente indiferencia, incluso comiendo pipas como si fuesen paseando por los lugares más céntricos y que hubiesen llegado allí despistados; en cuanto se introducían en la zona oscura, las pipas dejaban de ser el motivo de atención para centrarse en otros goces más agradables y perentorios hasta entonces disimulado con la sal de las pipas, aunque, según dicen, había alguna chica que seguía comiéndolas mientras realizaba los juegos amorosos; (Nicolás Fernández de Moratín relata en uno de sus libros, que había una chica en Madrid que solía comer cerezas y escupía los huesos intentando llegar al techo, mientras estaba en tales menesteres). Cuando volvían a salir de la zona oscura, sacaban de nuevo la bolsa de pipas del bolsillo y, como si tal cosa, se reintegraban a la zona habitual de paseos inocentes. A veces, algún destrozo en el cardado del pelo, el rimel corrido, algún rastro de pintalabios, o algún botón desabrochado o mal abrochado, hacían sospechar que algo más que comer pipas habían estado haciendo.
A pesar de todo, aquella fue una época de una muy fuerte represión sexual que nos impidió acercarnos al sexo contrario con naturalidad, y eso dio origen a no pocas alteraciones en el comportamiento y, en todo caso, a vivir estas sensaciones con culpabilidad.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”

sábado, 14 de febrero de 2015

BREVES APUNTES SOBRE AMOR Y PAREJA

AMOR Y PAREJA.
Ángel Cornago Sánchez

Vivir en pareja es el estado ideal en la vida del ser humano. Seligman refiere en su libro “La auténtica felicidad”, que las personas con pareja estable y duradera, disfrutan de un alto grado de felicidad y tienen menos riesgo de padecer depresiones, seguidas de los que nunca se han casado, y después de los divorciados una o varias veces. Se puede sacar la conclusión que, “mejor con pareja estable” para ser feliz, pero también, “mejor sólo que mal acompañado”, pues en grado de felicidad, inmediatamente después de los de pareja estable, están los que nunca la han tenido (estable). La relación de pareja no es fácil. Y requiere mucha madurez por ambas partes. Brevemente dos aspectos: el enamoramiento y la comunicación.
El enamoramiento es ese estado ideal que sucede a partir de los primeros encuentros, cuando se siente que se ha encontrado a esa persona maravillosa,  que va a condicionar nuestra vida positivamente. Se vive como algo esencial en nuestro destino que va a garantizar gran parte de la felicidad que podamos conseguir. La atracción en los primeros encuentros es física, no necesariamente sexual, pero enseguida intervienen otros factores cuando comienza la comunicación, que suele ser muy superficial y sesgada; tal vez también, aspectos hormonales que no controlamos. En ese momento, existe una sobrevaloración de las virtudes y una infravaloración de los defectos. Se produce un estado especial, como si nos hubiéramos metido un “chute” de ilusión, que nos hace ver la realidad mejor de lo que es. Esa fase no es buena para tomar decisiones trascendentes, como casarse, tener un hijo, vivir juntos, porque no es fiable, hay que esperar a que los efluvios pasen para hacer la valoración en sus justos términos.
El enamoramiento es el primer paso, pero luego hay que “aterrizar”. Lo ideal es que persista el enamoramiento pero sin la “espuma”, y que se vayan consolidando los lazos entre ambos, para lo cual además de lo anterior, es indispensable una actitud de entrega, comunicación, y de respeto exquisito a la individualidad del otro.
La relación de pareja debe ser real. Es el medio, tal vez el único, donde nos despojamos de todos los accesorios de carácter que empleamos inconscientemente en la vida ordinaria. Con la pareja nos debemos mostrar tal como somos, con nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras preocupaciones. Debe ser una comunicación íntima, veraz, continuada, no sólo puntual; que sirva de consuelo, de apoyo en los momentos malos, y también en los buenos para perseguir proyectos y disfrutar de metas. Un hombro donde descansar, unos brazos que acojan y cobijen. Cariño incondicional. Lealtad inquebrantable. Crítica bien intencionada. Considero que la comunicación real es el requisito básico, y también fundamental para la pareja estable. Insisto, deben mantener cada uno su individualidad, con su autonomía y proyecto de vida propio. Hay personas que se conforman con una comunicación más superficial y que conviven sin especiales conflictos, pero...no es lo mismo.
 Hay personas que todavía buscan en sus parejas las falacias que les habían inculcado en la infancia y juventud: mujeres madres, serviles, o figurines frívolos; u hombres machos y duros, que no lloren, que no sientan.
Que conservéis, o encontréis la pareja adecuada. Feliz San Valentín.amorparejadivorciosan valentin 
Ángel Cornago Sánchez