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lunes, 30 de diciembre de 2013

La cachera


La cachera.

 
A veces, estoy sentado leyendo, pensando o viendo la televisión, y de forma distraída me toco la frente, las sienes, o el cuero cabelludo en un gesto maquinal como queriendo aumentar mi capacidad de concentración o de reflexión. En la parte izquierda de mi frente, justo debajo del cabello, tengo una cicatriz de unos dos centímetros, un tanto anfractuosa, que cuando topo con ella me traslada a mi infancia. La herida me la produjo una piedra en una de aquellas luchas en las que, tal vez guiados por instintos ancestrales, librábamos las cuadrillas de niños de los distintos barrios de Tudela.

En aquellos barrios pululábamos gran cantidad de chavales que formábamos cuadrillas en las que la belicosidad, el juego a guerras, las luchas, eran  con frecuencia objeto de nuestros pasatiempos.

Los grupos, o las “bandas”, nos titulábamos por el nombre de los barrios a los que pertenecíamos; así, estaban los de la Virgen de la Cabeza, los del Puente del Ebro, los del Paseo de Invierno, los del Puente Mancho, los del Cofrete, etc. Yo pertenecía a los de la Plaza de San Jaime. Estas bandas tenían su prestigio: los de la Virgen de la Cabeza y los del puente del Ebro eran más belicosos y agresivos que los demás, y cualquier disputa con ellos estaba condenada al fracaso, incluso simplemente nombrar que dichas cuadrillas iban a participar en una reyerta era suficiente para que los demás no nos presentáramos. Había otras cuadrillas a las que los demás les teníamos ganas, como eran los del Paseo de Invierno; en ella estaban integrados casi todos niños de casa bien de Tudela, y en general eran niños bien vestidos, bien alimentados, a los que los demás, supongo, mirábamos con cierta envidia. Los de mi barrio no tengo idea de que fuéramos especialmente violentos, pero de vez en cuando nos retaban y había que salir a defender nuestro honor. Las luchas solían ser en “los cabezos”, en la zona de “El Cristo”, y nuestras diferencias las dirimíamos con las armas más primitivas: “a pedradas”; generalmente acababan cuando la superioridad de uno de los grupos era manifiesta y los otros se retiraban perseguidos por los vencedores, o cuando alguien por algún golpe empezaba a sangrar e incluso a llorar; esto último estaba mal visto, y a pesar de recibir la pedrada correspondiente se le trataba de “nena”. Como ven, desde muy niños mi generación teníamos claro que había que ser muy machos, al menos de fachada y actitudes. Cuando sucedía uno de estos percances con lesiones más o menos aparatosas, la cuadrilla contraria se batía en retirada, asustados por las consecuencias que aquello pudiera traer.

 En una de estas reyertas una piedra me abrió la frente que el practicante de mi barrio cerró poniéndome varias grapas de aquellas metálicas; ese es el origen de la cicatriz que acaricio con mis dedos cuando hurgo entre mis canas, buscando intensificar la reflexión sobre algún asunto y que, momentáneamente, me saca de este mundo y me traslada a la niñez y primera juventud.

 Ángel Cornago. De mi libro "Arraigos melindres y acedías"
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