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domingo, 28 de octubre de 2018

EL MÉDICO. ALGUNOS ASPECTOS SOBRE ESTA PROFESIÓN


EL MÉDICO. ALGUNOS ASPECTOS SOBRE ESTA PROFESIÓN


El médico tiene unos rasgos de carácter especiales. Por una parte y tal vez el principal, es que a lo largo del ejercicio de su actividad va a tener que tomar continuamente decisiones trascendentes, realizar técnicas e intervenciones a veces sofisticadas, actuaciones todas, que van a influir en la vida de otras personas. Eso le lleva a tener la sensación, la mayoría de las veces inconsciente, de un poder importante; tal vez sea la profesión que más poder tiene. Los políticos, los militares, los sacerdotes, los grupos de poder económico, tienen mucho poder sobre las circunstancias de la vida de los individuos, pero el médico tiene el poder de curar, que va a influir y va a cambiar el destino de la vida misma. Va a tratar con personas que están en situación de minusvalía física y psicológica, además de estar afectados por la preocupación que supone la causa de sus dolencias. En estas condiciones, acuden a pedir ayuda, con una entrega que a veces es total en el caso de las intervenciones quirúrgicas con anestesia, en la que entregan incluso su consciencia. Este encadenamiento de actitudes, es suficiente para que el médico esté sintiendo diariamente su propio poder que, en muchas ocasiones, si no existe reflexión y autocrítica, pasa a formar parte de su forma habitual de ir por la vida.
La función del médico es luchar contra la enfermedad para intentar curarla si es posible, y si no, al menos aliviar los sufrimientos que produce. Se dice que casi nunca podemos curar, pero que en general podemos y debemos aliviar. A la larga, el médico siempre se encuentra con el fracaso irremediable en su lucha contra la enfermedad. Los éxitos que consigue siempre son parciales y temporales, pues tarde o temprano ese enfermo va a morir. Por eso, en esta profesión tenemos que estar acostumbrados, y en general lo estamos, a coexistir con el fracaso terapéutico y desde luego con la muerte.
Esto marca nuestra manera de ser de forma notable. Habitualmente, sobre todo en el comienzo de nuestro ejercicio, tenemos tentaciones de sentirnos omnipotentes por las decisiones que debemos tomar, por el sustrato con el que trabajamos: la salud y la vida de las personas. Conforme pasan los años, siempre partiendo de personas medianamente equilibradas, esta actitud va dando paso a otra en que somos conscientes no solo de lo que sabemos, sino de lo mucho que ignoramos. Debemos asumir que con el enfermo que más vamos a convivir, es con el que más sufre, aquel al que no podemos curar, el que de alguna forma nos enfrenta a nuestras propias limitaciones y a nuestro propio fracaso y, en definitiva, con la muerte.
Esta sensación de fracaso si no se tienen las ideas claras, lleva con demasiada frecuencia, a utilizar medios extraordinarios con pacientes cuyo pronóstico es infausto, en los que lo único que vamos a conseguir con esta actitud es alargar la vida durante un tiempo, pero en malas condiciones. Hay que saber cuándo decir basta. Hay que dejar llegar la muerte en su momento, tomando una actitud pasiva y centrando los esfuerzos en aliviar el sufrimiento, sin recurrir a opciones terapéuticas agresivas o sofisticadas con el único fin de intentar alargar una vida en malas condiciones, que se apaga irremediablemente. Tal vez, los médicos tenemos esa tendencia porque la muerte nos enfrenta con nuestro propio fracaso, y esa angustia, es la que nos lleva a seguir intentando alargar la vida.
Esta profesión marca para tener los rasgos de carácter negativos que antes he mencionado, pero también, como pocas, permite tener una visión del ser humano muy especial. La persona que sufre, que está enferma, se despoja de las actitudes y planteamientos superficiales de la vida ordinaria. En esa situación, la escala de valores cambia a otra más real, en la que la vida y la salud propia o de los seres queridos es lo más importante, realizándose en estas circunstancias replanteamientos de vida con unos objetivos más altruistas y de índole espiritual. El que por la enfermedad ha visto de cerca la muerte, suele cambiar su escala de valores por otros que se consideran más sólidos de cara a conseguir la felicidad. Los que son creyentes de cara a una existencia después de la muerte, los que no lo son, para sentir su vida más llena. Esta relación es para el médico una oportunidad singular de enriquecer su visión del mundo y del ser humano, y una ayuda inestimable, para conseguir su maduración personal. Los médicos solemos empezar nuestra actividad profesional con prepotencia, coincidiendo además con la etapa que menos conocimientos y menos experiencia tenemos, y la terminamos con madurez, conscientes de nuestras grandes limitaciones, coincidiendo con la época en que tenemos más experiencia y probablemente más capacidad. La formación humana, la fuerza de carácter para tomar decisiones y para convivir con la enfermedad, son rasgos necesarios para ejercer esta profesión, además de una indispensable y buena formación técnica.
La preparación de los médicos españoles desde la instauración de la formación MIR en los años 70 del siglo pasado, es excelente. De hecho, nada tiene que envidiar a los de ningún país del mundo. 

De mi libro "Comprender al enfermo". Edt. SalTrrae.
pacientes

jueves, 4 de octubre de 2018

VIDA, INCERTIDUMBRE Y CREENCIAS


VIDA, INCERTIDUMBRE, CREENCIAS


Vivir es complicado. Nuestra existencia se compone de momentos felices, de rutina, y también de momentos de preocupaciones, angustias, miedos, sufrimiento. Esos momentos negativos suelen ser consecuencia de incertidumbres, ya sea por preocupaciones de salud nuestra o de nuestros seres queridos, del porvenir, de seguridad, de necesidades económicas, de carencias, de afectos, sociales, etc. Yo diría que la vida está compuesta fundamentalmente de rutina, sin darle a la palabra un sentido necesariamente peyorativo, pues puede ser una rutina llevadera, a veces agradable, aunque también puede ser tediosa.

Hasta hace menos de cien años, la incertidumbre era mayor, sobre todo en el caso de la salud, pues enfermedades que hoy se curan con facilidad, llevaban a la muerte a numerosos niños con sufrimiento terrible para sus padres, y, enfermedades hoy banales, como una apendicitis o una neumonía y muchas más, amenazaban la vida y provocaban la muerte a muchos ciudadanos. Por tanto, se convivía con la “incertidumbre”.religiones
Hoy en día con los logros de la medicina, en muchos lugares del mundo la esperanza de vida ha aumentado exponencialmente; los adelantos técnicos dan una imagen de que podemos controlar casi todo.
No es cierto; sigue existiendo la enfermedad y la muerte, los reveses de fortuna, las carencias materiales, las preocupaciones familiares, los problemas afectivos, y en no pocos lugares el hambre, la miseria, incluso la inseguridad.
Para esos momentos negativos, frecuentes en todas las vidas en algún momento y, a veces, en muchos momentos, cumplen un papel importante las creencias. Para afrontar tanta inseguridad, tanta desgracia, tanto miedo al futuro, el ser humano, desde que está en la tierra, en todas las culturas, en todas las razas, en todos los pueblos, ha adorado a sus divinidades, intentando que estas le protegieran, cambiaran su suerte, y buscando consuelo ante las adversidades. Es un mecanismo psicológico positivo que ha servido y sigue sirviendo, sin entrar a afirmar o negar si hay vida después de la muerte.
Pienso que todas las religiones, descalificando por aberrantes los fundamentalismos que han existido y existen, han jugado y juegan un papel de consuelo, para ese proceso tan duro y complicado a veces que es vivir. También, suelen defender códigos éticos (no digo dogmas ni creencias concretas), que si se cumplen, hacen la convivencia más justa y llevadera. Las religiones durante la historia, se han utilizado de forma perversa como instrumento de poder, para dominar a la población. En este caso no se diferencia en nada del poder político teóricamente justo, con frecuencia ocupado por tahúres e incluso desalmados.
Cualquier religión, o creencia merece respeto siempre que se ciña al ámbito individual del ser humano. Los estados deben ser laicos y respetar las creencias de cada cual.
Ángel Cornago Sánchez

viernes, 27 de abril de 2018

DOLOR FÍSICO. FACTORES QUE INFLUYEN.


El dolor físico tiene unas características determinadas:
El grado es muy variable, desde sensación ligera de malestar, a dolores intensísimos. En general, los producidos por procesos en órganos que no se distienden fácilmente son muy intensos. Así, los dolores producidos por problemas expansivos o inflamatorios en la cavidad craneal, en senos, huesos y retroperitoneo se soportan muy mal. También los que se producen por implicación de terminaciones nerviosas, como el herpes, los dolores dentales y las neuralgias.
La gravedad de la enfermedad no está relacionada con la intensidad del dolor. Hay dolores ligeros, que pueden estar producidos por problemas graves que pueden comprometer la vida (muchos tumores malignos producen molestias leves, sobre todo al comienzo). Hay dolores intensos que son muy molestos pero que no suponen gravedad, como la fisura de ano.
La vivencia de dolor es subjetiva. Hay personas que, ante un problema físico, manifiestan sensación de dolor intensa; mientras que otras, con el mismo problema o más grave, apenas se quejan y da la impresión de que casi pasa desapercibido, por lo menos a los ojos de los demás.
            La vivencia va a depender de diversas variables:
a) Hay personas más sensibles que otras. Se dice que el umbral del dolor es variable, pero, realmente, el umbral de cada uno depende en gran parte de su estructura psicológica. Hay personas en las que pequeños estímulos dolorosos les hacen trasmitir quejas de forma muy llamativa, y otras que viven en silencio dolores intensos.
b) Depende del momento psicológico que se esté viviendo. Un estado de tristeza, de depresión, hace vivir el dolor de forma más acusada. Lo mismo sucede en un estado de ansiedad. La incertidumbre por la causa que origina el dolor da lugar a una percepción más aguda. Suele suceder que, una vez conocido el origen, se soporta mejor.
c) Del grado de atención. Hay personas que se autobservan, y no es raro que perciban sensaciones de incomodidad que, habitualmente, pasan desapercibidas. Si además tienen un componente hipocondríaco, la hiperatención y la interpretación tremendista de las molestias les puede hacer vivir situaciones banales, como verdaderamente graves y angustiosas.
El extremo opuesto también se da: dolores teóricamente intensos pasan desapercibidos durante un tiempo en que la atención está fijada en algo que, en ese momento, es el foco de interés. Se da en las heridas de guerra, que empiezan a doler después de la refriega, e incluso en los partidos de fútbol en que, después de un golpe, la recuperación es inmediata, aunque a las horas el dolor sea intenso.
d) El dolor tiene oscilaciones y variaciones de un momento a otro, aunque la lesión sea la misma. Depende de la evolución del proceso patológico y de los factores antedichos.
Es falso que aguantar el dolor sea positivo. Es un concepto que probablemente tiene sus orígenes en creencias religiosas, que inculcaban que el sufrimiento en esta vida abría las puertas del paraíso o que, al menos, era un mérito para la vida del más allá. Como escribe Jhon D. Loeser:[1]
En muchas sociedades primitivas se consideraba que el dolor se debía a la invasión del cuerpo por espíritus y demonios. En el mundo occidental, en la Época Clásica y en la Edad Media, el dolor y el sufrimiento se atribuían a transgresiones o a pecados previos. Se mantenía el control social mediante esta visión del mundo. Se consideraba que las personas nacían con el demonio, y necesitaban el dolor y el sufrimiento para convertirse en respetables. A los que manifestaban una conducta desviada, se les sometía al dolor y al sufrimiento en un intento de llevarles de nuevo al buen camino. La cristiandad primitiva hizo uso profusamente del dolor y el sufrimiento como lo atestigua la Biblia.
En definitiva, se trataba de tener controlada, por medio de la culpa, a la población. Si padecían dolor, era una forma de purgar sus pecados. También es posible que, en tiempos pretéritos, a falta de sustancias que calmaran el dolor, se utilizaran estos mecanismos de sublimación para mejor sobrellevarlo.
            En todo caso, hoy día disponemos de sustancias potentes y eficaces que pueden calmarlo. Es una negligencia no utilizarlas cuando el paciente las necesita, las demanda y las acepta. Muchos profesionales de la sanidad todavía tienen reticencias con esta filosofía. En realidad, los organismos gestores, hasta hace unos años, han sido remisos en sus protocolos de formar a los profesionales en el manejo del dolor. La consecuencia era un tratamiento insuficiente e inadecuado. En las universidades se trataba el tema de pasada y, en la formación de los MIR, no estaba incluido de forma específica hasta hace pocos años, teniendo en cuenta que va a ser una de las principales tareas durante el ejercicio profesional. Detrás de este desinterés generalizado, tal vez late todavía la idea de que algo tenemos que pagar por nuestras culpas.
El dolor es algo consustancial a la existencia humana; es un mecanismo que es parte de la forma de reaccionar de nuestro organismo ante distintas alteraciones en su funcionamiento o estructura. Nunca podremos conseguir que desaparezca. La función de los sanitarios es calmarlo, sin olvidar interpretarlo para descubrir su origen. También puede dar datos sobre la evolución del proceso. Cuando el diagnóstico está confirmado y, sobre todo, en enfermos terminales, el tratamiento debe ser anticipatorio, es necesario que se paute la medicación para evitar que aparezca. En estos casos, no va a aportar ningún dato que pueda beneficiar al paciente.
Ángel Cornago Sánchez
 De mi libro: "Salud y Felicidad". Edt. Salterrae.


[1] LOESER, J. D., Dolor crónico: un dilema en los cuidados de salud en nuestro tiempo, Monografías Humanitas, Nº 2., p, 101.

lunes, 19 de febrero de 2018

LO PSICOLÓGICO EN LA ENFERMEDAD

           Dentro de las causas que provocan enfermedad, unas son muy concretas, otras, aunque desconocidas, nadie duda de que el paciente está enfermo por los síntomas y lesiones que presenta, pero existen otras, en las que ni los síntomas tienen entidad clínica, ni se acompañan de alteraciones demostrables. Me parece importante resaltar esta forma de enfermar. En la práctica clínica nos encontramos, con frecuencia, después de diversos y a veces numerosos estudios, con el diagnóstico de enfermedad psicosomática.

          Tienen como características: a) El ser de difícil diagnóstico, al que generalmente se llega por exclusión de un trastorno orgánico después de múltiples exploraciones. b) El ser consideradas por los médicos como de poca entidad, a pesar de que hacen sufrir mucho a los pacientes. c) Éstos a su vez, a menudo, las identifican con “no tener nada”, tal vez por falta de las adecuadas explicaciones; en consecuencia, se sienten incomprendidos al no encontrar justificación a sus síntomas. d) Además, son de tratamiento difícil.

Existen discrepancias sobre el concepto de enfermedad psicosomática: desde los que consideran que enfermedades psicosomáticas son todas, ya que cuando el ser humano enferma lo hace de forma unitaria, sufriendo su psique y su soma, hasta los que consideran, en mi opinión erróneamente, que estas enfermedades son imaginarias. Habitualmente entendemos por tales, aquellas que se manifiestan por síntomas que son vividos como físicos pero cuya causa es psicológica. Esta situación, mantenida, según muchos autores puede llegar a ocasionar lesiones orgánicas.

Otras características importantes: 1) Son muy frecuentes. 2) Se manifiestan por síntomas físicos sin poder demostrar una alteración estructural o bioquímica que los justifique. 3) Se acompañan de trastornos psicológicos a veces muy difíciles de verificar. 4) Generalmente el paciente no es consciente de que padece un problema psicológico sino físico, por lo que acude al especialista organicista correspondiente.

 Los propios pacientes se niegan frecuentemente a admitir una causa psicológica, pues la somatización, al fin y al cabo, es un mecanismo de defensa. Produce menos sufrimiento presentar un dolor pseudorgánico, que enfrentarse a un conflicto psicológico de difícil solución.

Debemos dejar claro que el trastorno psicosomático “se siente”: el paciente no se imagina los síntomas, sino que los percibe del mismo modo que los orgánicos. Las lesiones de las estructuras son las que diagnosticamos con cierta facilidad, teniendo muchos más problemas para diagnosticar las enfermedades psicosomáticas.

También es cierto que, a veces, enfermedades graves se pueden manifestar al principio por síntomas psicosomáticos. En la práctica clínica es muy importante hacer una muy buena medicina orgánica, con buena preparación de los profesionales, utilizando los medios diagnósticos necesarios, teniendo en cuenta las vivencias psicológicas del paciente y teniendo empatía y comprensión con sus vivencias y sus temores. En toda enfermedad, aunque sea fundamentalmente orgánica, hay un componente psicológico que los sanitarios no debemos dejar de valorar y tratar.



Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Para comprender al enfermo”



martes, 31 de octubre de 2017

EVOLUCIÓN SOCIAL DE LA MUERTE

La muerte. Evolución


         La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
          La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
        Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
       Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
        ¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
       La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”







miércoles, 23 de agosto de 2017

SALUD Y PROYECTO DE VIDA

SALUD Y PROYECTO DE VIDA.

El informe del Hastings Center[i] define la salud, como “la experiencia de bienestar e integridad del cuerpo y de la mente, caracterizada por una aceptable ausencia de condiciones patológicas y, consecuentemente, por la capacidad de la persona para perseguir sus metas vitales y para funcionar en su contexto social y laboral habitual”. Es una definición mucho más realista que la de la OMS ya que matiza: “una aceptable ausencia de condiciones patológicas”, a diferencia de la definición de la OMS que hablaba “de completo bienestar...”, lo cual es una utopía.
 El concepto de salud aún tiene un matiz que me parece muy importante para definirla. Salud no es sólo encontrarse bien físicamente, estar sereno psicológicamente, no tener problemas espirituales ni sociales, ni incluso tener una capacidad aceptable para perseguir las metas vitales. Salud es vivir movido por “un impulso vital”, tener un “proyecto de vida” por el que moverse y al que dirigirse. No de forma compulsiva, pues la compulsión, además de producir angustia, hace desaparecer el resto de los factores de la vida que son  importantes; por eso hay que perseguirlo de forma equilibrada.
El impulso debe ir dirigido, a un proyecto de vida proporcionado a lo que uno es y a las aptitudes individuales. No se puede pretender ser un buen profesional de una actividad determinada si no se tiene aptitudes para ella. Tampoco se puede pretender ser de los mejores futbolistas del mundo, aunque se tengan buenas aptitudes, pues el llegar a determinadas cotas, supone la convergencia de otros factores que no dependen de uno mismo. Además, es conveniente contar con la posibilidad de que se puede fracasar. Son aspectos que conviene tener en cuenta para no frustrarse y sentirse fracasado.
Un impulso desproporcionado, lo más probable es que sea motivo de infelicidad. Sin embargo, el impulso vital si es adecuado y proporcionado, permite que alguna de las otras facetas del sentirse con salud, no sean todo lo saludables que debieran, cosa por otra parte frecuente, pues es una utopía que nos encontremos siempre bien, física, psicológica, espiritual y socialmente. Estos determinados sinsabores se pueden, de alguna forma, compensar con el impulso vital, que no debe funcionar como tal mecanismo como primera finalidad, pues en este caso sería un refugio, que puede servir, pero no entraría dentro del concepto de plenitud de salud. Una persona puede tener una incapacidad física, pero tener una rica vida  intelectual que le permite compensar su deficiencia.
Este impulso vital  tendrá más fuerza si es por algo no material, aunque no necesariamente trascendente. El impulso vital, es algo por lo que merece la pena vivir. No es una predestinación que la pueden sentir los fanáticos, sino unas vivencias que el individuo las siente “como que llenan su vida” y le compensan, al menos en parte, del resto de los aspectos negativos. Esta vivencia, por supuesto, es muy individualizada y cada persona puede tener la suya. Pueden ser ideales humanistas, políticos, religiosos, profesionales, de trabajo, aficiones, afectos, incluso, perseguir dinero o poder de forma equilibrada. No es saludable dejar pasar los días sin esperar ni buscar nada; hay que vivir por algo. Esta actitud, permite sobrellevar las alteraciones en los otros aspectos que hacen que no nos sintamos con plena salud. De hecho, muchas personas enferman o aparece la enfermedad, al dejar de “vivir por algo”.
Ángel Cornago Sánchez
 De mi libro "Salud y felicidad". Edt. Salterrae.






[i]The Goals of Medicine:Setting New Priorities.The Hastings Center Report 1996.Tradcc Rodriguez Pozo

martes, 23 de mayo de 2017

A VECES LA ENFERMEDAD PRODUCE BENEFICIOS

Los beneficios de la enfermedad.

La enfermedad, habitualmente produce dolor, sufrimiento, a veces amenaza la vida, e incluso lleva a la muerte tarde o temprano.  Puede ser aguda, y con frecuencia enfermamos de forma crónica conforme vamos teniendo edad, con carencias más o menos importantes. Vamos a convivir con la enfermedad o con la amenaza y, desde luego, sabiendo que la muerte es segura.
En general, la enfermedad produce preocupación y una serie de inconvenientes que suelen impedir llevar una vida plena y, la reacción habitual, es cuidarse, llevar los tratamientos indicados, en definitiva, intentar curarse para poder reintegrarse a la vida habitual en estado de salud.
Cuando enfermamos, precisamos cuidados especiales. En general, la enfermedad nos impide hacer nuestra vida habitual, por eso debemos estar de baja laboral y precisamos cuidados hasta que recuperamos nuestras capacidades.
Pero no siempre es así. Hay un número “reducido” de personas que alargan las bajas laborales e incluso simulan dolencias, para poder disfrutar del sueldo sin trabajar. Este es el caso más conocido de aprovecharse de la teórica situación de enfermo, que en realidad es un fraude. Defraudan a todos los cotizantes. Por otra parte, debo dejar claro, que aun con este pequeño inconveniente porque el número es reducido, debe ser un derecho social irrenunciable.
Pero se dan otros beneficios más sibilinos que produce la “enfermedad”. Suele suceder con enfermedades reales, más o menos crónicas, y los utilizados suelen ser los propios familiares, los propios cuidadores. El paciente en cuestión, se acostumbra a una serie de prerrogativas y cuidados que, en muchos casos, podrían realizar ellos sin ayuda, o podrían contribuir a pequeñas tareas en la casa, pero adoptan el estatus de enfermo con todas sus consecuencias.
Esto es negativo para el propio paciente porque se aferra al beneficio que le produce la enfermedad de no hacer o no contribuir a determinadas tareas, que recaen en otras personas generalmente familiares, y le impide progresar en sus capacidades. Los cuidadores, en muchos casos no son conscientes de que están siendo utilizados, y, a veces sometidos.
Casos llamativos son las llamadas “neurosis de renta”. Se trata de pacientes anclados en los síntomas de su teórica enfermedad que les producen beneficios importantes, y que, consciente o inconscientemente, no están dispuestos a mejorar, porque prefieren vivir los beneficios que les produce el estatus de enfermo. Pueden vivir así durante años, y algunos toda la vida, siendo una carga extremadamente dura para los familiares.
Todas estas situaciones, son difíciles de etiquetar para los sanitarios, que pueden sospechar que se encuentran ante uno de estos casos, pero son difíciles de demostrar.
Es un tema delicado. Etiquetar a alguien de uno de estos problemas y equivocarse es aumentar su sufrimiento.
Detrás de estos comportamientos hay personalidades patológicas, pues para cualquier persona, poder llevar una vida plena con sus obligaciones y beneficios, es mucho más gratificante que llevarla limitada, aunque obtenga ciertas ventajas.

Ángel Cornago Sánchez

lunes, 9 de mayo de 2016

EFECTO PLACEBO Y EFECTO NOCEBO EN EL TRATAMIENTO DE LA ENFERMEDAD.

Efecto placebo y efecto nocebo de los tratamientos

Todos los medicamentos pueden tener un efecto positivo sobre la mayoría de las dolencias, llamado efecto placebo.
           El efecto placebo es el efecto beneficioso, subjetivo y a veces objetivo, que tiene una sustancia que se sabe es inerte, es decir, ni beneficiosa ni perjudicial sobre los síntomas del paciente.
             La investigación de un producto farmacéutico, antes de salir al mercado, además de otros múltiples pasos, se hace comparándolo con un placebo, no sabiendo ni el investigador ni el paciente quien está tomando la sustancia inerte o la que es objeto de investigación. El efecto placebo llega a conseguir efectos positivos en proporción nada despreciable, por eso la sustancia activa debe superarlo claramente para ser aceptada.
         El efecto nocebo no es tan conocido como el placebo. Se denomina así a los efectos indeseables producidos por una sustancia inerte. 
         Ambos no dependen de la sustancia en sí ni de la vía de administración. Forman parte de cualquier respuesta terapéutica y, en principio, todo paciente puede verse afectado. Debemos tener en cuenta que tanto el efecto placebo como el nocebo, lo  tienen también las farmacológicamente activas, independientemente de su acción, lo cual puede alterar el análisis de los resultados.
        Como dice Jordi Ferreres[i] “es muy probable que el efecto nocebo pueda constituir un factor importante que distorsione notablemente el tratamiento farmacológico. Por ejemplo, la aparición de síntomas imprecisos de elevada prevalencia en la vida diaria de personas con antecedentes frecuentes de reacciones adversas farmacológicas, con conductas ansiosas y que manifiestan temor a que los fármacos prescritos puedan causarles efectos indeseables, deben inducir a sospechar la posibilidad del efecto nocebo”.
             ¿Cuál es el mecanismo? Indiscutiblemente psicológico, tanto en un caso como en el otro. Si un paciente recibe un tratamiento de un profesional con el que tiene buena relación, tiene fe en él, en su formación, en su interés y en su diagnóstico, el tratamiento tiene muchas más posibilidades de ser eficaz, basado precisamente, también, en el efecto placebo. Balint decía, con razón, que el primer medicamento es el propio médico; se refería a esa "conexión" positiva que es capaz de establecer el médico con el paciente.
        Si la relación es distante, negativa, no confía en su preparación, o en su implicación, la posibilidad de que el tratamiento sea eficaz, e incluso de que siga bien las prescripciones, disminuyen notablemente y, además, es posible que se de el efecto nocebo, es decir, que el tratamiento le vaya mal aunque no existan razones objetivas para ello.
             El ejercicio de los profesionales de la salud no debe basarse solo en el efecto placebo, sería un fraude. Es indispensable que la medicina oficial, basada fundamentalmente en la ciencia, requisito indispensable, se arme también de este poderoso medio para conseguir la máxima eficacia; pero no solo como estrategia, sino porque pienso que debe ser así la "relación clínica", teniendo en cuenta el factor físico y pisicológico, indispensables ambos. Esta actitud entraña, también, muchas satisfacciones profesionales y humanas al sanitario
            La curación de los hechiceros se basaba fundamentalmente en el efecto placebo. Cuanta más parafernalia acompañaba al proceso de curación solía ser más eficaz. Actualmente hay medicinas alternativas, curanderos, etc. que basan su eficacia en este efecto.
         En las enfermedades terminales, la relación entrañable y próxima entre médico y paciente, además del tratamiento farmacológico paliativo, no cura, pero puede mitigar los síntomas y hacer llevar mejor la enfermedad.

            Ángel Cornago Sánchez
De mi libro:  Comprender al enfermo.  Edt. Salterrae.








lunes, 18 de mayo de 2015

LO PSICOSOMÁTICO, UNA FORMA DE ENFERMAR.

.LO PSICOSOMÁTICO, UNA FORMA DE ENFERMAR.

Ángel Cornago Sánchez

Dentro de las causas que provocan enfermedad,  unas son muy concretas, otras, aunque desconocidas, nadie duda de que el paciente está enfermo por los síntomas y lesiones que presenta, pero existen otras, en las que ni los síntomas tienen entidad clínica, ni se acompañan de alteraciones demostrables. Me parece importante resaltar esta forma de enfermar. En la práctica clínica nos encontramos, con frecuencia, después de diversos y a veces numerosos estudios, con el diagnóstico de enfermedad psicosomática.
Tienen como característica: a) El ser de difícil diagnóstico, al que generalmente se llega por exclusión de un trastorno orgánico después de múltiples exploraciones. b) El ser consideradas por los médicos como de poca entidad, a pesar de que hacen sufrir mucho a los pacientes. c) Éstos a su vez, a menudo, las identifican con “no tener nada”, tal vez por falta de las adecuadas explicaciones; en consecuencia, se sienten incomprendidos al no encontrar justificación a sus síntomas. d) Además, son de tratamiento difícil.
Existen discrepancias sobre el concepto de enfermedad psicosomática: desde los que consideran que enfermedades psicosomáticas son todas, ya que cuando el ser humano enferma lo hace de forma unitaria, sufriendo su psique y su soma, hasta los que consideran, en mi opinión erróneamente, que estas enfermedades son imaginarias. Habitualmente entendemos por tales, aquellas que se manifiestan por síntomas que son vividos como físicos pero cuya causa es psicológica. Esta situación, mantenida, según muchos autores puede llegar a ocasionar lesiones orgánicas.
Tienen como características más importantes: 1) Que son muy frecuentes. 2) Que se manifiestan por síntomas físicos sin poder demostrar una alteración estructural o bioquímica que los justifique. 3) Que se acompañan de trastornos psicológicos a veces muy difíciles de verificar. 4) Que generalmente el paciente no es consciente de que padece un problema psicológico sino físico, por lo que acude al especialista organicista correspondiente.
 Los propios pacientes se niegan frecuentemente a admitir una causa psicológica, pues la somatización, al fin y al cabo, es un mecanismo de defensa. Produce menos sufrimiento presentar un dolor pseudorgánico, que enfrentarse a un conflicto psicológico de difícil solución.
La incidencia es alta.  Según A. Haynal.- W. Pasini[i]: Del 20 al 50 % de las consultas de un médico de medicina general o de un especialista en Medicina Interna son pacientes psicosomáticos. Según la O.M.S., el 10 % de los pacientes que se ven en las consultas de Medicina General, son enfermos depresivos; esta proporción parece ir en aumento. Sólo un 5-10% de los problemas de salud mental, son vistos por especialistas (psicólogos o psiquiatras.) El resto acude al médico de Medicina General o recibe ayuda profana (Guimon 1983.)
Vemos pues, la gran proporción de enfermos con trastornos vividos como físicos cuya causa es psicológica, que acuden a pedir ayuda a profesionales sólo preparados en medicina orgánica y que, en general, no son capaces de tratarlos de forma eficaz.
Debemos dejar claro que tanto el trastorno psicosomático “se siente”: el paciente no se imagina los síntomas, sino que los percibe del mismo modo que los orgánicos. Las lesiones de las estructuras son las que diagnosticamos con cierta facilidad, teniendo muchos más problemas para diagnosticar las enfermedades psicosomáticas.
También es cierto que, a veces,  enfermedades graves se pueden manifestar al principio por síntomas psicológicos. En la práctica clínica es muy importante hacer una muy buena medicina orgánica, con buena preparación de los profesionales utilizando los medios diagnósticos necesarios, teniendo en cuenta las vivencias psicológicas del paciente y teniendo empatía y comprensión con sus vivencias y sus temores. En toda enfermedad, aunque sea fundamentalmente orgánica, hay un componente psicológico que los sanitarios no debemos dejar de valorar y tratar.
enfermedad psicosomática
Es un somero acercamiento al tema.


Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Comprender al enfermo” Ed. SalTerrae





miércoles, 17 de diciembre de 2014

COMPRENDER AL ENFERMO

A través de estas líneas, se analizan los conceptos de salud y enfermedad. El distinto papel de los protagonistas del encuentro: paciente, médico, sanitarios..., con los factores que influyen en ese momento tan especial para conseguir la curación si es posible, el alivio y el acompañamiento si no hay otra opción. Necesarias, la calidad técnica, y la no menos importante calidad humana. A todos, nos va a tocar, nos ha tocado o nos tocará, pasar por situaciones de menoscabo de nuestra salud; vamos a padecer síntomas físicos, y también, el sufrimiento derivado de la incertidumbre sobre la causa de nuestras dolencias o la de nuestros familiares. La preparación técnica y la actitud humana de los médicos, enfermeras y demás sanitarios, va a ser esencial para que ese momento de crisis lo superemos, sintiéndonos bien estudiados, entendidos, arropados, y en ocasiones consolados, o al contrario, tratados de forma deshumanizada aunque técnicamente la atención sea adecuada. Este trabajo, está realizado por un médico con años de experiencia en muy diversos ámbitos, fundamentalmente hospitalario, que siempre ha considerado imprescindible, además de una excelente formación técnica, la necesidad de un enfoque humano en el ejercicio profesional, para conseguir la máxima eficacia. Estas líneas van dirigidas al público en general, y a los trabajadores de la sanidad.

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