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domingo, 2 de julio de 2017

EL EQUILIBRIO HABITUAL ES MUY DIFÍCIL


Equilibrio.

Aquella tarde estaba triste, algo se había roto en mí. Sin saber por qué, fui encontrándome cada vez más apesadumbrado. Motivos aparentes, cercanos, recientes, no parecían de entidad; más lejanos en el tiempo y más profundos en el alma, probablemente muchos, pero no había sucedido nada que hiciera presumir que los hubiera desempolvado aun sin querer. Una vida cuando se lleva vivida, tiene mucho contenido acumulado y, entre ese contenido, hay mucho de negativo y doloroso.
Cuando pienso en esto me doy cuenta de que, en muchas ocasiones, tal vez, no son las circunstancias externas las que traen los momentos dolorosos, sino que están dentro de uno mismo, en nuestra forma de ser, en nuestra historia. Pero... ¿hemos podido ser de otra manera? Estamos acostumbrados a idealizar que nuestra trayectoria en la vida hubiera sido muy otra si no hubiera ocurrido tal o cual circunstancia, poniendo como argumento sólo nuestras posibles virtudes y los acontecimientos positivos. Sin embargo, debemos tener en cuenta, que somos no solo lo positivo que hay en nosotros, también lo negativo y, como tal, debemos aceptarlo, aunque esa parte nuestra sea la causa de que no hayamos llegado a cotas más altas de aceptación personal o de felicidad.
Probablemente, cuando llega esa tristeza inopinada, de aparente sinsentido, algo se ha removido en el fondo de nuestros sentimientos, de nuestros recuerdos o de nuestras frustraciones, que hace que revivamos de nuevo circunstancias que antes nos causaron dolor. Fue porque algo deseado no tuvimos o porque después de tenerlo lo perdimos; ese “algo” que nos produce infelicidad no suelen ser cosas materiales, sino más bien ideales o personas. La infelicidad siempre nace de la sensación de carencia de algo.
No todos los días estamos igual, los hay en que las mismas circunstancias nos pasan desapercibidas, y otros, sin embargo, tambalean nuestra estabilidad estímulos menos manifiestos. Somos frágiles e influyen en nosotros muchas circunstancias que no controlamos; incluso el tiempo, la temperatura y la presión atmosférica producen cambios que acusamos.
Básicamente, lo que más influye, es nuestra estructura psicológica conformada por nuestro código genético, y las circunstancias vividas en los primeros años que han condicionado nuestro desarrollo psicológico, y que han hecho que esas aptitudes o defectos gravados en nuestros genes hayan desarrollado o aminorado sus potencialidades. Después, en la edad adulta, cambiar radicalmente el trayecto tomado es laborioso. Otro factor son las circunstancias que nos toca vivir de adultos, que van a ponernos a prueba en muchas ocasiones, y a las que nos vamos a enfrentar con esa estructura que tenemos conformada.
Por eso, hay días en que me siento triste y no sé por qué, al menos no sé por qué, de repente, soy mucho más sensible a carencias o frustraciones que en otras ocasiones me parecía haber superado. Lo cierto es que, habitualmente, después de la tempestad viene la calma, y hace presumir que, a lo mejor mañana, será otro día y me encontraré de nuevo tranquilo y relajado, pero con la seguridad de que, tarde, o más bien temprano, aparecerá otro u otros días de tempestad.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Arraigos, melindres y acedías”.

lunes, 19 de octubre de 2015

DUDAR ES UN EJERCICIO DE MADUREZ

DUDA

Según el diccionario de la Real Academia, duda es la inde­terminación entre dos o más juicios o decisiones. El concepto de duda entraña tener que elegir entre varias opciones, ya sean ideas, personas, cosas, actos o actitudes. Aunque me he referido a dos o más alternativas, esta situación cobra todo su significado cuando se reducen a dos, es como si el acto decisorio nos pusiera entre la espada y la pared.
El hecho de dudar, llevado al extremo, supone dejar la mente suspendida sin el basamento sólido de la certidumbre; es como sentir el cosquilleo desagradable de la velocidad, la inestabilidad del vértigo, el miedo a lo desconocido; supone, en definitiva, sen­sación de inseguridad, desasosiego y ansiedad.
La duda puede durar desde unos segundos hasta toda la vida. Toda primera acción o la introspección de un concepto requiere pasar por el tamiz de la duda, al menos durante unos segundos, el tiempo necesario para decidir si nos lanzamos o no a ejecutarla, o a reflexionar antes de asumir la idea en cuestión. Esta situación no puede durar mucho, pues genera ansiedad de forma progresi­va y llegaría un momento en que no podríamos tolerarla. Exige, en un tiempo prudencial, resolverla o almacenarla como «duda», sin estar debatiéndola de forma continua, aunque hay que revi­sarla de vez en cuando.
En la praxis, la duda tiene el límite del momento de iniciar la acción, y no siempre nos permite la indeterminación o manifes­tarla como duda. Hay casos en que tenemos que tomar decisio­nes, aun sin estar plenamente convencidos. En estas circunstan­cias hay que asumirlas, aun en el caso de que resulten erróneas.
No todas las personas aceptan la duda; existen individuos que dan la impresión de tenerlo todo claro, no se les ve nunca dudar, actúan de forma compulsiva, incluso con agresividad si piensan que los demás perciben sus dudas. Son personas que no pueden tolerar la ansiedad que se produce en los momentos de indecisión, y esa misma intolerancia, como la pescadilla que se muerde la cola, les lleva a crear cada vez más ansiedad; necesitan en todo momento pisar firme; el flotar les produce un vértigo que no pueden tolerar.
Existen asimismo personas que se debaten en una permanen­te duda, con miedo continuo a equivocarse o a tomar partido; sólo se sienten seguras en su reducido y frágil territorio; se colo­can siempre en el borde de la tapia; necesitan ser aceptadas por todos y a todos intentan contentar. No se puede contar con ellas para ningún cometido que requiera cierto compromiso o riesgo.
La sociedad valora la duda de forma negativa, necesita que sus ídolos sociales, sus líderes, se muestren firmes, seguros, om­nipotentes, poco humanos, casi dioses, para sentirse protegidos, para que esa seguridad se proyecte sobre ellos; es un fenómeno social que ha permitido que determinados líderes hayan sido ca­paces de inducir a las masas a realizar verdaderas atrocidades, fun­dándose exclusivamente en su carisma; una de las características del carisma es la sensación que emana del líder de todopoderoso, de seguridad, en definitiva, de no dudar.
La carencia de dudas es también propia de personas primiti­vas y poco inteligentes; las pocas verdades y los códigos que utili­zan son los que les enseñaron, nunca los han elaborado ni los han puesto en tela de juicio, y todo lo resuelven con esas elementales reglas.
El dudar, reflexionar y resolver, es un ejercicio intelectual que mejora nuestra capacidad de discernir, nos reafirma en nuestra condición de seres humanos limitados y, al mismo tiempo, capa­ces de grandes logros. En definitiva, la madurez, el ir madurando,

pues el proceso no se acaba nunca, está jalonado de un rosario de dudas y reflexiones que, bien llevadas, nos conducen de forma progresiva a sentir esa sensación interior mezcla de humildad y de profunda sabiduría, que nos puede llevar por el camino hacia cierta plenitud

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías". Ed. Trabe.

sábado, 29 de noviembre de 2014

En muchas ocasiones nuestro equilibrio se tambalea.

Equilibrio.
Ángel Cornago Sánchez
Aquella tarde estaba triste, algo se había roto en mí. Sin saber por qué, fui encontrándome cada vez más apesadumbrado. Motivos aparentes, cercanos, recientes, no parecían de entidad; más lejanos en el tiempo y más profundos en el alma, probablemente muchos, pero no había sucedido nada que hiciera presumir que los hubiera desempolvado aun sin querer. Una vida cuando se lleva vivida, tiene mucho contenido acumulado y, entre ese contenido, hay mucho de negativo y doloroso.
Cuando pienso en esto me doy cuenta de que en muchas ocasiones, tal vez, no son las circunstancias externas las que traen los momentos dolorosos, sino que están dentro de uno mismo, en nuestra forma de ser, en nuestra historia. Pero... ¿hemos podido ser de otra manera? Estamos acostumbrados a idealizar que nuestra trayectoria en la vida hubiera sido muy otra si no hubiera ocurrido tal o cual circunstancia, poniendo como argumento sólo nuestras posibles virtudes y los acontecimientos positivos. Sin embargo, debemos tener en cuenta, que somos no solo lo positivo que hay en nosotros, también lo negativo y, como tal, debemos aceptarlo aunque esa parte nuestra sea la causa de que no hayamos llegado a cotas más altas de aceptación personal o de felicidad.
Probablemente, cuando llega esa tristeza inopinada, de aparente sinsentido, algo se ha removido en el fondo de nuestros sentimientos, de nuestros recuerdos o de nuestras frustraciones, que hace que revivamos de nuevo circunstancias que antes nos causaron dolor. Fue porque algo deseado no tuvimos o porque después de tenerlo lo perdimos; ese “algo” que nos produce infelicidad no suelen ser cosas materiales, sino más bien ideales o personas. La infelicidad siempre nace de la sensación de carencia de algo.
No todos los días estamos igual, los hay en que las mismas circunstancias nos pasan desapercibidas, y otros, sin embargo, tambalean nuestra estabilidad estímulos menos manifiestos. Somos frágiles e influyen en nosotros muchas circunstancias que no controlamos; incluso el tiempo, la temperatura y la presión atmosférica producen cambios que acusamos.
Básicamente, lo que más influye, es nuestra estructura psicológica conformada por nuestro código genético, y las circunstancias vividas en los primeros años que han condicionado nuestro desarrollo psicológico, y que han hecho que esas aptitudes o defectos gravados en nuestros genes hayan desarrollado o aminorado sus potencialidades. Después, en la edad adulta, cambiar radicalmente el trayecto tomado es laborioso. Otro factor son las circunstancias que nos toca vivir de adultos, que van a ponernos a prueba en muchas ocasiones, y a las que nos vamos a enfrentar con esa estructura que tenemos conformada.
Por eso, hay días en que me siento triste y no sé por qué, al menos no sé por qué, de repente, soy mucho más sensible a carencias o frustraciones que en otras ocasiones me parecía haber superado. Lo cierto es que, habitualmente, después de la tempestad viene la calma, y hace presumir que, a lo mejor mañana, será otro día y me encontraré de nuevo tranquilo y relajado, pero con la seguridad de que, tarde, o más bien temprano, aparecerá otro u otros días de tempestad.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Arraigos, melindres y acedías”.


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