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viernes, 3 de diciembre de 2021

INDECISIÓN


 

INDECISIÓN

Cuando estoy indeciso me siento, imperturbable, en el banco de la esquina mirándome la punta de los zapatos.  Creo que pongo cara de póquer, o de idiota, que viene a ser lo mismo. Ensimismado y absorto me sumo en el vacío y floto entre la incertidumbre de la duda y el placer de no estar seguro de nada, solo de que “no estoy seguro”.

El vacío me lleva y me bambolea como si fuera una hoja de otoño en un vendaval inapropiado. Me mezo en las dudas y siento la misma sensación de gozo que cuando de niño me columpiaba en las barcazas que traían los chocheros y feriantes en las fiestas.

Me siento mejor dudando que en la plena certidumbre. La certidumbre habitual hace que me ponga en guardia, es propia de gente prepotente de verdades sólidas a las que la duda les produce un vértigo que no pueden soportar. Es propia de personas que no progresan. Son buenos militares, saben obedecer, y, sobre todo mandar, frecuentemente con actitudes prepotentes. Imparten sus verdades cristalizadas y con telarañas, o solidificadas sacadas de la mochila. En definitiva, útiles para formar rebaño, rebaño organizado. También son excelentes súbditos, así no necesitan pensar. Al mismo tiempo, algunos son aduladores, para recibir el parabién de quien los esclaviza; la palmada en el lomo. Es propio de mediocres, de aspirantes a dictadores y de no pocos políticos o aspirantes a serlo.

Como excepción, la duda, cual serpiente, ahoga a algunas personas pusilánimes o que están pasando momentos de crisis. Precisan comprensión, ayuda y toda nuestra atención.

Dicho esto.

¡Viva la duda!, Viva la incertidumbre. Nos da vida, nos estimula, nos hace pensar, estrujarnos el cerebro, discurrir, meternos por vericuetos excitantes en busca de respuestas. El chute de la duda nos hace estar más vivos.

La duda depende de nosotros, la incertidumbre la crea lo externo y hay que aceptarla y saber soportarla. Es la vida misma. La vida viva y responsable.

Ángel Cornago Sánchez

Fotografía propia

 

 

lunes, 27 de junio de 2016

DUDAR. EJERCICIO DE MADUREZ

Duda.

 Según el diccionario de la Real Academia, duda es la indeterminación entre dos o más juicios o decisiones. El concepto de duda entraña tener que elegir entre varias opciones, ya sean ideas, personas, cosas, actos o actitudes. Aunque me he referido a dos o más alternativas, esta situación cobra todo su significado cuando se reducen a dos, es como si el acto decisorio nos pusiera entre la espada y la pared.
El hecho de dudar, llevado al extremo, supone dejar la mente suspendida sin el basamento sólido de la certidumbre; es como sentir el cosquilleo desagradable de la velocidad, la inestabilidad del vértigo, el miedo a lo desconocido; supone en definitiva sensación de inseguridad, desasosiego y ansiedad.
La duda puede durar desde unos segundos, hasta toda la vida. Toda primera acción o la introspección de un concepto requiere pasar por el tamiz de la duda, al menos durante unos segundos, el tiempo necesario para decidir si nos lanzamos o no a ejecutarla, o a reflexionar antes de asumir la idea en cuestión. Esta situación no puede durar mucho, pues genera ansiedad de forma progresiva y llegaría un momento en que no podríamos tolerarla. Exige, en un tiempo prudencial, resolverla o almacenarla como “duda”, sin estar debatiéndola de forma continua, aunque hay que revisarla de vez en cuando.
En la praxis, la duda tiene el límite del momento de iniciar la acción, y no siempre nos permite la indeterminación o manifestarla como duda. Hay casos en que tenemos que tomar decisiones, aun sin estar plenamente convencidos. En estas circunstancias hay que asumirlas, aun en el caso de que resulten erróneas.
No todas las personas aceptan la duda; existen individuos que dan la impresión de tenerlo todo claro, no se les ve nunca dudar, actúan de forma compulsiva, incluso con agresividad si piensan que los demás perciben sus dudas. Son personas que no pueden tolerar la ansiedad que se produce en los momentos de indecisión, y esa misma intolerancia, como la pescadilla que se muerde la cola, les lleva a crear cada vez más ansiedad; necesitan en todo momento pisar firme; el flotar les produce un vértigo que no pueden tolerar.
Existen asimismo personas que se debaten en una permanente duda, con miedo continuo a equivocarse o a tomar partido; sólo se sienten seguros en su reducido y frágil territorio; se colocan siempre en el borde de la tapia; necesitan ser aceptados por todos y a todos intentan contentar. No se puede contar con ellos para ningún cometido que requiera cierto compromiso o riesgo.
La sociedad  valora la duda  de forma negativa, necesita que sus ídolos sociales, sus líderes, se muestren firmes, seguros, omnipotentes, poco humanos, casi dioses, para sentirse protegidos, para que esa seguridad se proyecte sobre ellos; es un fenómeno social que ha permitido que determinados líderes hayan sido capaces de inducir a las masas a realizar verdaderas atrocidades, fundándose exclusivamente en su carisma; una de las características del carisma es la sensación que emana del líder de todopoderoso, de seguridad, en definitiva de no dudar.
La carencia de dudas es también propia de personas primitivas y poco inteligentes; las pocas verdades y los códigos que utilizan son los que les enseñaron, nunca los han elaborado ni los han puesto en tela de juicio, y todo lo resuelven con esas elementales reglas.

El dudar, reflexionar y resolver, es un ejercicio intelectual que mejora nuestra capacidad de discernir, nos reafirma en nuestra condición de seres humanos limitados y, al mismo tiempo, capaces de grandes logros. En definitiva, la madurez, el ir madurando, pues el proceso no se acaba nunca, está jalonado de un rosario de dudas y reflexiones que, bien llevadas, nos conducen de forma progresiva a sentir esa sensación interior mezcla de humildad y de profunda sabiduría, que nos puede llevar por el camino de cierta plenitud. 

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro "Arraigos, melindres y acedías" Eds. Trabe.