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lunes, 24 de julio de 2017

EL PAJAR Y LAS FIESTAS EN EL SIGLO PASASO

El pajar

El pajar, además de ser el lugar para almacenar la paja, ha tenido siempre, sobre todo en el ambiente rural, connotaciones frívolas, pues era el lugar habitual donde nuestros padres y abuelos, allá en la primera mitad y parte de la segunda del siglo pasado, intentaban organizar y perpetrar sus juegos amorosos, y, realmente, debía de ser muy confortable siempre que se dispusiera, como mínimo, de una manta para hacer de barrera entre el cuerpo y la paja.
En aquel tiempo cuando se decía que se había ido con una chica a la chopera, se podía sobreentender que había habido intentos y juegos amorosos sin poder asegurar que se habían conseguido romper todas sus resistencias llegando a un entendimiento amoroso completo; sin embargo, cuando trascendía que una chica había ido con un chico al pajar, se podía dar por sentado que su “honra” había sido mancillada. Incluso podía decirse que el pajar era el sitio de encuentro de los líos amorosos ya establecidos; las resistencias se rompían en otros lugares, pero una vez vencidas, el pajar, íntimo, confortable, cálido y acogedor, era el lugar ideal para solazarse y dar rienda suelta a los impulsos amorosos.
No tiene nada que ver con “el huerto”, que se ha utilizado posteriormente y que aún se utiliza para significar lo mismo. Con mi cuadrilla de amigos cuando éramos adolescentes, en Los Fayos durante las fiestas patronales, a veces dormíamos en el pajar, pero siempre solos y para continuar la fiesta llevados por los efluvios del alcohol cuando ya no había ningún sitio a donde ir; allá, en voz alta, fantaseábamos sobre las hazañas sexuales que seríamos capaces de hacer con fulanita o menganita, cuando realmente lo único que habíamos hecho en aquella época con el sexo contrario era bailar agarrado, y la proximidad de una chica un poco lanzada nos ponía los pelos de punta...




viernes, 27 de junio de 2014

Connotaciones frívolas de "el pajar"

El pajar

El pajar, además de ser el lugar para almacenar la paja, ha tenido siempre, sobre todo en el ambiente rural, connotaciones más frívolas, pues era el lugar habitual donde nuestros padres y abuelos, allá en la primera mitad y parte de la segunda del siglo pasado, intentaban organizar sus juegos amorosos, y, realmente, debía de ser un sitio muy confortable siempre que se dispusiera, como mínimo, de una manta para hacer de barrera entre el cuerpo y la paja. En aquel tiempo cuando se decía que se había ido con una chica a la chopera, se podía sobreentender que había habido intentos y juegos amorosos sin poder asegurar que se habían conseguido romper todas sus resistencias llegando a un entendimiento amoroso completo; sin embargo, cuando trascendía que una chica había ido con un chico al pajar, se daba por sentado que su “honra” había sido mancillada. Incluso podía decirse que el pajar era el sitio de encuentro de los líos amorosos ya establecidos; las resistencias se rompían en otros lugares, pero una vez vencidas, el pajar, íntimo, confortable, cálido y acogedor, era el sitio ideal para solazarse y dar rienda suelta a los impulsos amorosos. No tiene nada que ver con “el huerto”, que se ha utilizado posteriormente y que aún se utiliza para significar lo mismo. Con mi cuadrilla de amigos de Los Fayos en las fiestas patronales, a veces dormíamos en el pajar, pero siempre solos y para continuar la fiesta llevados por los efluvios del alcohol cuando ya no había ningún sitio a donde ir; allí, en voz alta, fantaseábamos sobre las hazañas sexuales que seríamos capaces de hacer con fulanita o menganita, cuando realmente lo único que habíamos hecho en aquella época con el sexo contrario era bailar agarrado, y la proximidad de una chica un poco lanzada nos ponía los pelos de punta.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro "Arraigos, melindres y acedías"

lunes, 16 de diciembre de 2013

Juegos amorosos en los sesenta


“El Prado”



           En la Tudela de los años sesenta del siglo pasado, los jóvenes, la mayoría no disponíamos de coches, y el lugar habitual donde realizábamos los juegos amorosos las parejas era en “el Prao”. El Prado no tiene nada que ver con el concepto de prado como lugar tapizado de hierba que asociamos a los prados del norte. En este caso, el nuestro, es el paseo situado en la ribera derecha del Ebro y que hoy conserva el mismo nombre de entonces, aunque no el mismo aspecto. El quiosco era el mismo, así como los árboles de todo el paseo, excepto unos que había junto al quiosco que se talaron.

Cuando oscurecía, existía cierta iluminación hasta el quiosco, a partir de este había dos o tres bombillas mortecinas que iluminaban a trechos hasta la calleja de Ochoa, hoy Gladis, y que la mayoría de las veces estaban rotas por los habituales de la zona en busca de mayor intimidad; a partir de dicha calleja reinaba la oscuridad más absoluta.

Este paseo era el lugar habitual donde las parejas iban a gozar de sus escarceos amorosos; en verano la afluencia era masiva, había noches, sobre todo los sábados, en que era imposible encontrar un banco libre e incluso había problema para encontrar un árbol  libre en cuyo tronco apoyarse, o un sitio en el atoque que recorría el lado izquierdo del paseo hasta la susodicha calleja, guardando cierta distancia para preservar la intimidad; había días en que, al parecer, estábamos todos allí. La mayoría pienso que eran juegos amorosos inocentes como los que se llevaban en aquella época, aunque probablemente muchos embarazos no buscados se gestaron, y nunca tan bien dicho, en dicho paseo.    
Creo que el grado de evolución de los intercambios amorosos estaba en relación con las distintas zonas del paseo: en un primer momento el quiosco era una zona fronteriza y se buscaba el acomodo en los bancos o en el atoque de la zona iluminada; conforme se iba intimando y en sucesivas salidas ya se buscaban zonas más en penumbra, y después ya oscuras del todo; el pasar de la calleja de Ochoa ya era una zona tremendamente comprometida y lugar para los ya iniciados; el ir a la “peñica” equivalía a llegar, al menos teóricamente, a los niveles más avanzados en las relaciones; cuando un chico decía que había llevado a una chica a la “peñica” - final del paseo- equivalía tanto como llevarla al pajar, aunque yo creo que no era para tanto. Nosotros fuimos una generación de presumir mucho y hacer poco; la generación de nuestros padres que fue la del pajar, seguramente fueron mucho más discretos y efectivos.

El “Prao” no sólo se utilizaba en verano, también en todo tiempo, incluso en invierno; entonces, como he dicho, la mayoría no disponíamos de coche y había que capear el temporal como se podía. Todavía recuerdo divertido, como en pleno invierno, algunas parejas se metían en la oscuridad del paseo a paso ligero como quien va a una urgencia o a un deber que corre prisa y con el que hay que cumplir a pesar de la inclemencias del tiempo; luego se les veía salir con la misma prisa porque iban a dar las diez y la chica tenía que estar en casa para esa hora. ¡Eran cosas de la naturaleza!

“El Prao” era un lugar aceptado para tales menesteres, y nadie se extrañaba de que parejas de novios ya consolidadas frecuentasen el paseo; el que lo hiciesen parejas primerizas, sobre todo si iban “agarrados”, era señal de relación con visos de estabilidad, y si no llegaba a ser así la honra de la chica podía quedar dañada. Había parejas sin compromiso que iban charlando con aparente indiferencia, incluso comiendo pipas, como si fuesen paseando por los lugares más céntricos y que hubiesen llegado allí despistados; en cuanto se introducían en la zona oscura, las pipas dejaban de ser el motivo de atención para centrarse en otros goces más agradables y perentorios hasta entonces disimulado con la sal de las pipas, aunque, según dicen, había alguna chica que seguía comiéndolas mientras realizaba los juegos amorosos. (Nicolás Fernández de Moratín relata en uno de sus libros, que había una chica en Madrid que solía comer cerezas y escupía los huesos intentando llegar al techo, mientras estaba en tales menesteres). Cuando volvían a salir de la zona, sacaban de nuevo la bolsa de pipas del bolsillo y, como si tal cosa, se reintegraban a la zona habitual de paseos inocentes. A veces, algún destrozo en el cardado del pelo, el rimel corrido, algún rastro de pintalabios, o algún botón desabrochado o mal abrochado, hacían sospechar que algo más que comer pipas habían estado haciendo.

A pesar de todo, aquella fue una época de una muy fuerte represión sexual que nos impidió acercarnos al sexo contrario con naturalidad, y eso dio origen a no pocas alteraciones en el comportamiento y, en todo caso, a vivir estas sensaciones con culpabilidad.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías"