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viernes, 17 de marzo de 2017

LA SOLEDAD. UNA FORMA DE SUFRIMIENTO

La soledad


Tal vez la soledad es una de las mayores circunstancias de sufrimiento. Soledad es una sensación psicológica, en la que la persona se siente desconectada del mundo que le rodea, y su ámbito psicológico se mueve en su propio mundo. La soledad se puede buscar y, en ese caso, suele ser positiva, incluso, es psicológicamente saludable buscar de vez en cuando el estar solos, para ayudarnos a poner en orden nuestro mundo interior. En todo caso son soledades durante un lapso de tiempo, en general, no muy dilatado. En otras ocasiones, las soledades se padecen. Habitualmente se deben a incapacidad psicológica para comunicarse con el entorno, lo cual constituye una enfermedad, o porque las circunstancias sociales o familiares lleven al aislamiento, que es el caso de muchas personas.
Se puede estar rodeado de gente y estar solo, incluso conviviendo con la pareja y con los hijos. De hecho, es frecuente que, en la convivencia entre personas, la comunicación se reduzca a frases estereotipadas, incluso a silencios más o menos intencionados; es una forma de vivir en soledad. La soledad aparece cuando no te puedes comunicar con las personas que te rodean a un nivel más íntimo, a un nivel más profundo, de tal forma que puedas compartir tus preocupaciones, tus miedos, tus angustias, mostrar tus debilidades... Es la característica fundamental. Ocurre en muchas parejas que, aunque no discutan ni tengan enfrentamientos, tampoco se comunican a un nivel profundo. Algo se puede paliar con los afectos, pero al fin y al cabo el afecto es una forma importante de comunicación. Aunque, incluso la comunicación intrascendente, es mejor que la falta de comunicación, pues detrás de las palabras, existen consideraciones, afectos, respeto... que de alguna forma es percibido de forma positiva. Aunque detrás de los silencios también puede haber desprecio e incluso agresividad. En definitiva, el requisito importante y básico para no estar solos, es comunicarnos.
Es frecuente que personas que viven solas tengan una mascota con la que hablan y trasmiten afectos que, de alguna forma, viene a paliar, a veces de forma importante, su soledad; las mascotas en algunos casos llegan a representar algo simbólico, dándoles tanta importancia o más que a los seres humanos.
El anciano padece con frecuencia sensación de soledad. Por una parte porque en realidad viven solos y sus posibilidades de comunicación y transmisión de afectos están muy limitadas. Por otra parte, el anciano en la sociedad actual carece de interés para los que les rodean: representa lo caduco, lo débil, lo enfermo, incluso se siente rechazado desde lo físico. En definitiva, representa la muerte y la próxima finitud de la vida, y eso la sociedad actual no lo digiere.
La soledad ocasiona ensimismamiento en el propio mundo, sobre todo pasado, melancolía, tristeza, depresión, sufrimiento. También es un factor de riesgo para padecer dolencias físicas, al mismo nivel que la hipercolesterolemia, la obesidad o la hipertensión arterial como publicó la revista Science. La socióloga Mª Teresa Bazo[i] en un trabajo muy interesante, descubre que la variable fundamental para determinar el grado de salud percibida, es el sentimiento de soledad. De los resultados obtenidos se desprende, que varones y mujeres se sienten en mejor estado de salud cuando no experimentan soledad, y las personas de menor edad pero solitarias, se sienten tan enfermas como las de mayor edad.

De mi libro "Para comprender al enfermo". Edt. Sal Terrae.





[i] Citado por Bayes. Psicología del sufrimiento y de la muerte. Martinez Roca. Barcelona 2001. p: 100 

lunes, 19 de diciembre de 2016

AGAPITO. CORTO RELATO DE NAVIDAD

AGAPITO


Agapito era un hombre de aspecto entrado en años, aunque de edad indefinida. De mediana estatura, porte abarquillado, grandes y huesudas manos, y pies enormes. De penetrantes ojos negros, cuando fijaba su mirada por debajo de sus pobladas y enmarañadas cejas, de niño, me sobrecogía. Su rostro era cetrino y arrugado, de nariz grande y aguileña, cubierto por una poblada barba de pelo entrecano que le llagaba casi a la cintura. La cabeza siempre cubierta por una boina mugrienta, debajo de la cual, sobresalían unas greñas que se extendían por el cuello y se confundían con la barba.
Su atuendo era original y chapucero: una roída gabardina que se adivinaba había sido en sus tiempos vestimenta militar por los botones dorados que todavía le quedaban, y por unos galones, al parecer de sargento, que persistían en sus hombreras; estaba adornada con brillos y lustres, y salpicada de manchas de muy diversos colores y procedencia. Los pantalones hechos de uno y mil pedazos, se embutían en piales calzados en albarcas grandes y desproporcionadas. De su hombro colgaba la alforja de la que sobresalía, al parecer para tenerla siempre a mano, una bota de vino de inusitado tamaño. Todo él despedía un olor especial: soso, con efluvios a humo y a estiércol.
Llegaba al pueblo periódicamente. Su itinerario eran los pueblos de la falda del Moncayo por los que se desplazaba, siguiendo siempre el mismo itinerario; en cada uno pasaba seis o siete días viviendo de la caridad de los vecinos que compartían con él lo poco que tenían. Nadie sabía de donde procedía, pero llevaba por aquellos lugares más de veinte años.
De muy niños, nuestros padres y abuelos nos amenazaban con que nos iba a llevar “el Agapito” si nos portábamos mal. Ya de más edad nos dimos cuenta de que era inofensivo y, más tarde, por su mirada apacible, de que era un buen hombre; nunca nadie tuvo quejas de él; incluso en sus borracheras era comedido, solo se adivinaban por el tiempo que pasaba aletargado en su refugio; lo hacía sobre un lecho de paja en la “casa de los pobres”, local del Ayuntamiento que únicamente constaba de una estancia con un pequeño hogar árabe en el suelo.
Aquel invierno fue especialmente duro. Era Noche Buena y la nieve había caído con insistencia durante todo el día. Agapito había llegado al atardecer, como siempre por el camino de Queiles siendo fiel a su ruta. Venía jadeante, mojado, a paso lento apoyado en su gayata, con su gran nariz y los bordes de sus orejas amoratadas por el frío. Varios vecinos le llevaron leña para que hiciera fuego, se secara y se calentara, y comida para que, al menos aquella noche, tuviera una buena cena.
Todos celebramos la “noche buena”, como siempre, en familia.
A la mañana siguiente le encontraron muerto junto a los rescoldos de la lumbre. Le habíamos dado lo que nos pareció necesario; pero no pudimos o no supimos cambiar su soledad, aunque, probablemente, tampoco le importó.
Se enterró en nuestro cementerio, ya que nadie reclamó su cadáver, acompañado por casi todos los vecinos, al fin y al cabo, representaba uno de los roles que en todas comunidades pequeñas son habituales: el tonto, el borracho, la casquivana, etc.; el fue en la ruleta de vida el “pobre”, el desgraciado. Es el papel que le tocó representar a Agapito, aunque…, cuando recuerdo la expresión de paz en su mirada, dudo que fuera tan desgraciado como nos parecía.

Feliz Navidad. 

Ángel Cornago Sánchez                                      

                                                                                


miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA MUERTE

       La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

     La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando.
     Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
     La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte.
     En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto.
      En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
     ¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado.
     
En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[1].
     La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”





[1]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.






viernes, 17 de junio de 2016




    ILUSIÓN
    Figura estilizada
    esculpida en el viento y en la nada.
    Imagen deslumbrante...
    reina de mi imaginación y mi zozobra.
    Siento esperanza y gozo
    cuando te siento conmigo compañera.
    Cuando desapareces,
    quedo indefenso, embriagado de frío,
    soledad, tristeza y hambre de ti.

    Ángel Cornago Sánchez.

    De mi poemario "El mundo en el que habito". Eds. Trabe.

      


martes, 3 de mayo de 2016

LA SOLEDAD. CAUSA DE SUFRIMIENTO.


La soledad


Tal vez la soledad es una de las mayores circunstancias de sufrimiento. Soledad es una sensación psicológica, en la que la persona se siente desconectada del mundo que le rodea, y su ámbito psicológico se mueve en su propio mundo. La soledad se puede buscar y, en ese caso, suele ser positiva, incluso, es psicológicamente saludable buscar de vez en cuando el estar solos, para ayudarnos a poner en orden nuestro mundo interior. En todo caso son soledades durante un lapso de tiempo, en general, no muy dilatado. En otras ocasiones, las soledades se padecen. Habitualmente se deben, a incapacidad psicológica para comunicarse con el entorno, lo cual constituye una enfermedad, o porque las circunstancias sociales o familiares lleven al aislamiento, que es el caso de muchas personas.
Se puede estar rodeado de gente y estar solo, incluso conviviendo con la pareja y con los hijos. De hecho, es frecuente que, en la convivencia entre personas, la comunicación se reduzca a frases estereotipadas, incluso a silencios más o menos intencionados; es una forma de vivir en soledad. La sensación de soledad, aparece cuando no te puedes comunicar con las personas que te rodean a un nivel más íntimo, a un nivel más profundo, de tal forma que puedas compartir tus preocupaciones, tus miedos, tus angustias, mostrar tus debilidades... Es la característica fundamental. Ocurre en muchas parejas que, aunque no discutan ni tengan enfrentamientos, tampoco se comunican a un nivel profundo. Algo se puede paliar con los afectos, pero al fin y al cabo el afecto es una forma importante de comunicación. Aunque, incluso la comunicación intrascendente, es mejor que la falta de comunicación, pues detrás de las palabras, existen consideraciones, afectos, respeto... que de alguna forma es percibido de forma positiva. Aunque detrás de los silencios también puede haber desprecio e incluso agresividad. En definitiva, el requisito importante y básico es comunicarnos a nivel más o menos profundo.
Es frecuente que personas que viven solas tengan una mascota con la que hablan y trasmiten afectos que, de alguna forma, viene a paliar, a veces de forma importante, su soledad; las mascotas en algunos casos llegan a representar algo simbólico, dándoles tanta importancia o más que a los seres humanos.
El anciano padece con frecuencia sensación de soledad. Por una parte porque en realidad viven solos y sus posibilidades de comunicación y transmisión de afectos están muy limitadas. Por otra parte, el anciano en la sociedad actual carece de interés para los que les rodean: representa lo caduco, lo débil, lo enfermo, incluso se siente rechazado desde lo físico. En definitiva, representa la muerte y la próxima finitud de la vida, y eso la sociedad actual no lo digiere.
La soledad ocasiona ensimismamiento en el propio mundo, sobre todo pasado, melancolía, tristeza, depresión, sufrimiento. También es un factor de riesgo para padecer dolencias físicas, al mismo nivel que la hipercolesterolemia, la obesidad o la hipertensión arterial, como publicó la revista Science. La socióloga Mª Teresa Bazo[i] en un trabajo muy interesante, descubre que la variable fundamental para determinar el grado de salud percibida, es el sentimiento de soledad. De los resultados obtenidos se desprende, que varones y mujeres se sienten en mejor estado de salud cuando no experimentan soledad, y las personas de menor edad pero solitarias, se sienten tan enfermas como las de mayor edad.
Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro "Comprender al enfermo". Edt. Salterrae 




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domingo, 6 de marzo de 2016

LA MUERTE

La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo” Edt. Salterrae







[2]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.

domingo, 2 de noviembre de 2014

CONSIDERACIONES SOBRE LA MUERTE

La muerte.

MUERTETANATORIOSOLEDADÁngel Cornago Sánchez
La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”






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domingo, 22 de diciembre de 2013

Cuento navideño


Agapito.

 Agapito era un hombre entrado en años, aunque de edad indefinida. De pequeña estatura, porte abarquillado, grandes y huesudas manos, y pies enormes. De penetrantes ojos negros, cuando fijaba su mirada por debajo de sus pobladas y enmarañadas cejas, de niño, me sobrecogía. Su rostro era cetrino y arrugado, de nariz grande y aguileña, cubierto por una poblada barba de pelo entrecano que le llagaba casi hasta la cintura. La cabeza siempre cubierta por una boina mugrienta, debajo de la cual, sobresalían unas greñas que se extendían por el cuello y se confundían con la barba. Su atuendo era original y chapucero: una roída gabardina que se adivinaba había sido en sus tiempos vestimenta militar por los botones dorados que todavía le quedaban, y por unos galones, al parecer de sargento, que persistían en sus hombreras; estaba adornada con brillos y lustres, y salpicada de manchas de muy diversos colores y procedencia. Los pantalones hechos de uno y mil pedazos, se embutían en piales calzados en albarcas grandes y desproporcionadas. De su hombro colgaba la alforja de la que sobresalía, al parecer para tenerla a mano, una bota de vino de inusitado tamaño. Todo él despedía un olor especial: soso, con efluvios a humo y a estiércol.
Llegaba al pueblo periódicamente. Su itinerario eran los pueblos de la falda del Moncayo por los que se desplazaba, siempre, siguiendo el mismo itinerario; en cada uno pasaba seis o siete días viviendo de la caridad de los vecinos, que compartían con él lo poco que les sobraba. Nadie sabía de donde procedía, pero llevaba por aquellos lugares más de veinte años. De muy niños, nuestros padres y abuelos nos amenazaban con que nos iba a llevar “el Agapito” si nos portábamos mal. Ya de más edad nos dimos cuenta que era inofensivo y, más tarde, por su mirada apacible, de que era un buen hombre; nunca nadie tuvo quejas de él. Incluso en sus borracheras era comedido, solo se adivinaban por el tiempo que pasaba dormido en su cubil; lo hacía sobre un lecho de paja en la “casa de los pobres”, local del Ayuntamiento que únicamente constaba de una estancia con un pequeño hogar árabe en el suelo.
Aquel invierno fue especialmente duro. Era Noche Buena y la nieve había caído con insistencia durante todo el día. Agapito había llegado al atardecer, como siempre, por el camino de Queiles siendo fiel a su ruta. Venía jadeante, mojado, a paso lento apoyado en su gayata, con su gran nariz y los bordes de sus orejas amoratadas por el frío. Varios vecinos le llevaron leña para que hiciera fuego, se secara y se calentara, y comida para que, al menos aquella noche, tuviera una buena cena.
Todos celebramos la “noche buena”, como siempre, en familia.
A la mañana siguiente le encontraron muerto junto a los rescoldos de la lumbre. Le habíamos dado lo que nos pareció necesario. No pudimos cambiar su soledad, aunque, probablemente tampoco le importó.
Se enterró en nuestro cementerio, ya que nadie reclamó su cadáver, acompañado por casi todos los vecinos, al fin y al cabo, representaba uno de los roles que en todas comunidades son habituales: el tonto, el borracho,  la casquivana…, el desgraciado. Es el papel que en su vida le tocó representar a Agapito, aunque…, cuando recuerdo la expresión de paz en su mirada, dudo que fuera tan desgraciado como nos parecía.

Feliz Navidad y mis mejores deseos para 2014.
 Que este país regenere sus institucones y,
 entre todos, busquemos la justicia .                                               

Ángel Cornago Sánchez