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jueves, 12 de abril de 2018

REPERCUSIONES FÍSICAS DEL SUFRIMIENTO


Repercusiones físicas del sufrimiento.
Otro aspecto importante del sufrimiento crónico o prolongado fuera del contexto del paciente terminal, es la repercusión que tiene en el funcionamiento fisiológico de nuestro organismo. Somos algo unitario y cuando enfermamos lo hacemos de forma total. En el sufrimiento falla el impulso vital y, en consecuencia, falla la motivación por la que vivir, que en definitiva es un impulso psicológico; entonces, toda la vertiente física se resiente y se producen repercusiones físicas, que a veces pueden ser graves. Nuestra motivación o nuestra “cabeza”, como vulgarmente se dice, puede mucho para bien y para mal: lo mismo que nos sirve para conseguir metas positivas y costosas, también puede conducirnos a la desgracia y a la enfermedad. Sucede en estados depresivos reactivos graves, más o menos larvados.
Existen numerosos ejemplos. Todos hemos sido testigos de personas mayores muy dependientes el uno del otro, que cuando uno de los dos fallece el otro muere al poco tiempo. Conozco directamente casos de padres, que después del fallecimiento violento de un hijo con el que existían implicaciones especiales, fallecen al poco tiempo de un cáncer sumamente agresivo. Roussel en su libro citado por Bayes[i], hace referencia a varias investigaciones: Bartrob en una investigación realizada con 26 viudos, observó que, a las seis semanas de enviudar, sus organismos presentaban una depresión linfocitaria con una disminución de su capacidad de defensa contra distintos agentes agresivos, tanto infecciosos como tumorales. En Dinamarca, se compararon 3.660 mujeres embarazadas que sufrieron un impacto emocional intensamente traumático durante el embarazo, y los compararon con 20299 mujeres elegidas al azar que no sufrieron este impacto durante el embarazo; quedó demostrado que un fuerte impacto emocional, como la muerte de un hijo, puede causar malformaciones neurológicas en el feto. 39 homosexuales infectados por el virus del SIDA que habían perdido a sus parejas estables durante el último año, presentaron una evolución peor de la enfermedad que otro grupo que no habían sufrido esta circunstancia. El momento de la jubilación, es una fase de la vida especialmente vulnerable para la enfermedad: determinadas personas en las que el trabajo ha sido el motor de su vida, que se encuentran todavía en buenas condiciones y la sociedad por el hecho de cumplir los sesenta y cinco a años los aparta de la vida laboral, es frecuente que enfermen a veces de forma grave incluso irremediable.
El riesgo de repercusiones físicas del sufrimiento, aparece cuando no se ve ninguna solución a una situación, incluso cuando la persona se da por vencida y se deja arrastrar porque la considera irremediable sin asumirla. Sucede en la depresión reactiva, en la que se siente dicha realidad de forma subjetiva, aunque objetivamente no sea así. Se da cuando falla el espíritu de lucha. En estas circunstancias se produce probablemente una disminución de la inmunidad para que procesos, tal vez latentes, se desarrollen.
Resumiendo, el tratamiento del dolor es esencialmente bioquímico, con sustancias de las que actualmente se dispone de un nutrido arsenal, de eficacia contrastada y de utilización escalonada dependiendo de la intensidad. El tratamiento del padecimiento psicológico, requiere cambios profundos que puede aportar la psicoterapia, y se beneficia de forma muy importante del tratamiento con medicamentos: ansiolíticos, antidepresivos, etc. La comprensión, el afecto, la empatía son fundamentales en el tratamiento de cualquier problema de salud, mucho más en los de origen psicológico. El sufrimiento, se beneficia fundamentalmente de los afectos y del acompañamiento, en una actitud de sintonía con la situación, siendo capaces los sanitarios de empatizar y, si es posible, de dejarse llevar con el paciente para entender y sentir con él. También en el sufrimiento es fundamental calmarle el dolor, ayudarle a dormir y tranquilizarle con medicaciones; no es solo cuestión de psicoterapia y afectos.
...
 (Lo referido es solo un bosquejo. El tema es muy importante).
De mi libro "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. Salterrae.



[i] Bayes. Psicología de la muerte y del sufrimiento. Martinez Roca. Barcelona 2001. p 178

sábado, 21 de mayo de 2016

MI SOMBRA.

Mi sombra.

Ángel Cornago Sánchez

Era un día espléndido y luminoso. Había salido a hacer mi ruta al amanecer y, después de un rato de marcha, cuando el sol empezaba a calentar, tuve la sensación de que alguien seguía mis pasos inmediatamente detrás de mí. No atreviéndome a volver la cabeza, con el rabillo del ojo, en un pequeño recodo del camino pude percibir la silueta de una figura etérea y desgarbada parecida a un fantasma, que se arrastraba por el suelo pegada a mis talones.
Después de un trecho sin que la figura desistiera, desasosegado, pensé que tenía que despistarla; iba andando primero lento y parsimonioso, luego decidido y presuroso intentando escaparme de ella, pero era inútil; de vez en cuando volvía la cabeza y, en un escorzo, miraba la parte de atrás de mis pies con la esperanza de que se hubiese desprendido o de que, al menos, una de sus piernas hubiese quedado atrás; pero no, allí estaba como un guardaespaldas fiel e  implacable.
 A veces corría cuanto podía y, de repente, me paraba en seco con objeto de que por la inercia me adelantara y, aunque sólo fuese de forma testimonial, cogerla en un renuncio; pero ni por esas, ella asimismo paraba en seco no cometiendo el mínimo fallo.
 Otras veces, con la sensación de que en esta ocasión se lo ponía difícil, comenzaba a saltar de forma descoordinada y a dar volteretas sobre la hierba de la vega del río, mientras con el rabillo del ojo trataba de vislumbrar si allí seguía. La adivinaba descompuesta adoptando formas grotescas para poder seguirme. A veces, tenía la ilusión de que la había perdido y, después de todo un repertorio de ejercicios de despistaje, me volvía de forma repentina por lo menos para verla llegar tarde y apresurada. Pero no, siempre estaba allí llegando por las justas, lábil, y al mismo tiempo insoportablemente testaruda.
Al cabo de un tiempo llegué a no sentirla peligrosa, pero sí tremendamente incómoda. A veces me volvía de espaldas y andaba hacia atrás despacio y, observándola,  tenía la sensación de que se mofaba de mí.
Al mediodía se volvió más pequeña y se metió debajo de mis pies mostrando sólo una mínima parte de su silueta más deformada si cabe. Pensé que era el principio del triunfo y que iba a desaparecer definitivamente, pero fue un leve espejismo, por lo visto estaba tomando fuerza porque por la tarde, no contenta con seguirme, me adelantó y me precedía a todos los lugares adivinando mis movimientos sin el más mínimo fallo, de tal forma, que parecía que en esta ocasión era yo el que la perseguía como un esclavo obligado a hacer lo que ella hacía.
Al atardecer, con las primeras sombras, cuando me estaba dando por vencido resignado a cargar con ella para siempre, desapareció.

Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro, "Arraigos, melindres y acedías".