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viernes, 9 de octubre de 2020

DESLEIDO

 

DESLEIDO

 

A veces la visión de la realidad es desleída; no sé si desleída, desteñida, o más bien desenfocada. El estar demasiado orientado no es bueno. El ser cabal, correcto, seguir por el surco, con la manada y, además, voluntariamente, sin que te azoten, no tiene nada de saludable, es el último paso, ya no tienes solución, o al menos tienes mala solución.

            Solo te queda ser gregario, con ojos de mirada bovina, humilde, inocente, bueno. Más que inocente y bueno, idiota y resignado, aunque no sabes cuál va a ser tu suerte; no sabes nada, solo vives una vida tan superficial que, casi vuelas, pero en un vuelo ridículo, arrastrando las pezuñas por el suelo, y además, sonriendo con sonrisa de lelo. ¡Vaya papelón!

            No hay que desteñirse. Continuamente nos rocían con lejías para desteñirnos y que todos seamos uniformes, gregarios, que es lo que pretenden los poderes. Nunca hemos sido tan manipulados como en el momento histórico que vivimos. Vivimos en democracias manipuladas por los diversos y distintos poderes. Nos manejan para el consumo. También para ser dominados y ellos sentirse grandes mirándose en nosotros. Lo podemos asumir, pero siendo conscientes de que así es. No importa demasiado el partido político. Todos lo intentan.

            Los poderes políticos no durarían si no tuvieran detrás poderes económicos que los sustentan y los empujan según sus intereses disfrazándolos de ideologías.

            Su pedagogía se basa en la “estrategia”. Estrategia para intentar que seamos manada dócil con el poder político correspondiente. Para conseguirlo utilizan una sofisticada maquinaria social, en la que las figuras principales son los gurús, es decir, los expertos en la manipulación de los ciudadanos. No se trata de expertos para que entendamos mejor sus propuestas, sino todo lo contrario, expertos para ocultar sus verdaderas intenciones y vendernos lo que queremos oír, aunque no se parezca en nada a sus intenciones verdaderas.

            Por supuesto, para trasmitir esa estrategia es preciso contar con medios de comunicación “comprados”, literalmente, para extenderla adecuadamente y que los ciudadanos engullamos lo que pretenden. Se sienten tan impunes que no ocultan los óbolos a dichos medios de comunicación.

            Los ciudadanos, estamos cada vez más desleídos, más uniformes, más desteñidos, y, también “desleídos”, pero en la acepción de “poco leídos”, algo imprescindible para la fácil manipulación y para darnos gato por liebre. De hecho, desde la antigüedad, siempre, e incluso en el siglo pasado, los dictadores quemaban las bibliotecas, e incluso prohibían determinadas lecturas. No les interesan las personas formadas e informadas, con criterio propio.

            Luchar contra un rey feudal, contra una dictadura, era fácil en el sentido de reconocer al enemigo y motivarse en la lucha; se reconocía fácilmente al opresor, y era una motivación de justicia defender la libertad y la justicia. Actualmente los opresores van disfrazados, están rodeados de una guardia pretoriana, de acólitos cortitos pero miserables, y de una red de informadores que es muy difícil desbancar.

            Los ciudadanos, seguiremos siendo manada, con nuestra libertad secuestrada, viviendo del pan y del circo de nuestros tiempos, como “sálvame”, futbol, apuestas, porno duro… para no pensar demasiado y darle una emoción similar a las drogas duras, y poder sobrellevar nuestra vulgar cotidianidad.

 

Ángel Cornago Sánchez

 

jueves, 16 de abril de 2020

IDEALES Y PRAXIS


IDEALES Y PRAXIS

Vivir con y por ideales, es dar sentido a la vida, llenarla de contenido. Tener la sensación de que merece la pena vivir a pesar de los contratiempos que siempre nos vamos a encontrar en el camino. Pero con ideales, es más fácil sobrellevar todo, aunque también tiene sus costes a pesar de sublimar lo negativo.
Los ideales no necesariamente tienen que ser con mayúsculas; se pueden reducir a la vida que a cada cual nos toca vivir, en el ámbito que nos toca vivir. Pero los ideales merecen trascender del ámbito individual, para que, en nuestro paso por el mundo hayamos contribuido, aunque solo sea con un grano de arena, a que este mundo sea un poco mejor. Habrá personas que buscarán una influencia mayor y que, por tanto, tendrán más repercusión social, y también, mayor responsabilidad. Son los que han sido capaces de dar un marchamo a este mundo y por los que el género humano se dignifica y ha ido progresando en valores, a pesar de los tiburones que solo se mueven por intereses. Algunos, incluso han dado su vida por ideales.
Ideales, son “ideas”, en este caso sociales, que llevándolas a la práctica tratan de mejorar la sociedad. Mejorar la sociedad con justicia, para que todos los ciudadanos, o una gran mayoría posible, puedan vivir una “vida buena”. Una vida en la que no falte lo necesario, entendiendo por tal lo preciso para vivir con dignidad; tener libertades, y en la que se pueda disfrutar de algo más que valores meramente materiales, como la amistad, el amor, la pareja, la realización en un trabajo bien hecho, la naturaleza, el arte, la sensación de pertenecer a grupos cohesionados, de no estar sometidos a poderes y amenazas, defender valores humanistas. Realmente en eso se basa la felicidad buena.
Cuando hablamos de vivir con ideales, estoy intentando trasmitir que deben guiar nuestra praxis, no como un planteamiento moral que en cada momento haya que dilucidar. Deben formar parte de nosotros, de nuestra rutina, no como un acto de voluntad
Ideales no quiere decir que no vaya a haber contratiempos. Es la esencia del vivir, que también cohabita con incertidumbres de salud y con la muerte. Todo lo demás, en una sociedad ideal lo podríamos controlar; la enfermedad y la muerte no, aunque sí una asistencia sanitaria digna. Debemos tener en cuenta que no somos inmortales y, aceptar que la enfermedad y la muerte, forma parte de vivir una vida consciente. No aceptarlo es causa de sufrimiento.
El mayor peligro para la sociedad, son los “salvadores”, los totalitarios, que se consideran a sí mismos en posesión de una “supremacía moral” que les permite justificar y defender actitudes y conceptos éticamente deplorables, pero que ellos sí los pueden poner en práctica en aras a conseguir una sociedad idílica. Así, no dudan en coartar libertades, manejar los medios de comunicación, comportamientos corruptos, a veces justificar la violencia, incluso el asesinato. Tratan de imponer sus postulados, acotando libertades e imponiendo sus verdades. Sin embargo, los “salvadores”, en dichas sociedades, aunque no todos, consideran que se merecen premio: suelen ocupar las cúspides de la opulencia y viven como lo han hecho los poderosos de todos los tiempos. Los sufridores siempre los ciudadanos. La historia es terca.

Ángel Cornago Sánchez  Derechos reservados
Fofografía: Camino de Loarre.