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viernes, 12 de mayo de 2017

EL SUICIDA

El suicida.

Una tarde de otoño, ya muchachos, estábamos en el “paseo de invierno” y alguien vino apresurado diciendo: "!Un hombre se ha echado al tren¡" En Tudela, los suicidas se echaban al Ebro, al tren, o se ahorcaban, aunque las formas más frecuentes eran las dos primeras, y sobre todo la primera. Supongo que el Ebro desde el nacimiento de Tudela a sus orillas, fue una fuerza natural importante que se veía como peligrosa y amenazante y, por tanto, fácil para el que pretendiera entregarse a su corriente para quitarse la vida. De hecho, entre las familias de Tudela de siempre, cuando alguien estaba muy desesperado amenazaba con “tirarse a Ebro”. Con la llegada del progreso, el tren supuso un sistema más expeditivo, lo mismo que los edificios de altura.
 Con cierta frecuencia sucedían hechos de este tipo que enseguida se extendían como noticia y estremecían a toda la ciudad.
Había ocurrido muy cerca de donde estábamos, inmediatamente detrás del teatro Gaztambide por donde discurren las vías que tienen como destino y origen las ciudades del norte. Impresionados, pero picados por la curiosidad, decidimos acercarnos hasta el lugar del suceso. Había allí varias personas y varios alguaciles; pudimos acercarnos hasta pocos metros. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, vestido con mono de color azul fuerte; estaba boca abajo con el brazo derecho flexionado como queriendo proteger la cabeza; las ruedas del tren literalmente le habían partido en dos a nivel de la cintura, unidas ambas partes por un estrecho jirón del mono azul visible cuando lo recogieron de la vía para meterlo en la caja.
Nos quedamos impresionados. En otras ocasiones habíamos oído hablar de suicidios, pero nunca habíamos visto una persona que se hubiera quitado la vida de forma tan brutal.
A pesar de que los curas decían entonces que los suicidas no podían entrar en el cielo, e incluso se les enterraba en un recinto no sagrado al lado del cementerio, tuve la seguridad de que aquello no podía ser así. Aquel hombre tenía que estar desesperado para matarse, para buscar voluntariamente la muerte como alivio a sus sufrimientos. Sentí una profunda pena por él y, no sólo por su muerte, sino sobre todo por lo desgraciada que debía de haber sido su vida.

Desde entonces, cuando estoy en una estación y veo llegar o salir el tren, miro sus enormes, resolutas, contundentes e imperiosas ruedas, y no puedo menos que estremecerme y dar un paso hacia atrás. Con frecuencia me acuerdo de aquel pobre desgraciado cuya vida debía de ser un infierno para buscar la muerte de una forma tan cruel e inapelable.

De "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe.