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sábado, 30 de enero de 2016

EL PAJAR.

EL PAJAR. (¿qué íbamos hacer si no teníamos ni apenas había coches?)

El pajar, además de ser el sitio para almacenar la paja, ha tenido siempre, sobre todo en el ambiente rural, connotaciones frívolas, pues era el lugar habitual donde nuestros padres y abuelos, allá en la primera mitad y parte de la segunda del siglo pasado, intentaban organizar y perpetuar sus juegos amorosos, y, realmente, debía de ser muy confortable siempre que se dispusiera, como mínimo, de una manta para hacer de barrera entre el cuerpo y la paja.
En aquel tiempo cuando se decía que se había ido con una chica a la chopera, se podía sobreentender que había habido intentos y juegos amorosos sin poder asegurar que se había conseguido romper todas sus resistencias llegando a un entendimiento amoroso completo; sin embargo, cuando trascendía que una chica había ido con un chico al pajar, se podía dar por sentado que su “honra” había sido mancillada. Incluso podía decirse que el pajar era el sitio de encuentro de los líos amorosos ya establecidos; las resistencias se rompían en otros lugares, pero una vez vencidas, el pajar, íntimo, confortable, cálido y acogedor, era el lugar ideal para solazarse y dar rienda suelta a los impulsos amorosos.
No tiene nada que ver con “el huerto”, que se ha utilizado posteriormente y que aún se utiliza para significar lo mismo; "el ribazo" ya solía ser un escalón más avanzado. Con mi cuadrilla de amigos adolescentes, en Los Fayos durante las fiestas patronales, a veces dormíamos en el pajar, pero siempre solos y para continuar la fiesta llevados por los efluvios del alcohol cuando ya no había ningún sitio a donde ir; allá, en voz alta, fantaseábamos sobre las hazañas sexuales que seríamos capaces de hacer con fulanita o menganita, cuando realmente lo único que habíamos hecho en aquella época con el sexo contrario era bailar "agarrado", y la proximidad de una chica un poco lanzada nos ponía los pelos de punta.
Ángel Cornago Sánchez.
De "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe.

lunes, 30 de marzo de 2015

LA CUESTA.



La cuesta.
Ángel Cornago Sánchez

La cuesta junto al otero, la que está a la salida del pueblo, la que lleva a la explanada desde donde se domina el valle donde voy a descansar muchos atardeceres en busca de paz y de distanciamiento de las miserias cotidianas, es una cuesta dura, de tierra y grava, con rodaderas marcadas por las ruedas de los carros que van al monte, y en las que cuando regresan cargados de leña  se hunden hasta los ejes.
Llevo muchos años subiendo esa pendiente. Cuando niño, con otros del pueblo, era el camino que tomábamos para dirigirnos al despeñadero, lugar a una hora caminando del pueblo,  donde el lecho del río se derrama pendiente abajo formando una balsa en su base que utilizábamos para bañarnos desnudos en las calurosas tardes de verano.
En mi adolescencia, melancólica, subía por la cuesta cuando regresaba del colegio en las vacaciones de verano con el libro de poemas apretado entre las manos, como si llevase un secreto del que fuese a gozar en solitario. Subía por la cuesta, después bajaba hacia el río y sentado en la hierba del soto, recostado en el tronco de un viejo chopo, saboreaba las rimas y leyendas de Bécquer, los poemas de Machado, los versos de Calderón, de Lópe, de Neruda... Era una sensación de gozo interior que entonces sentía con la lectura y que me ha costado años, después de muchos avatares, volver a revivir.
Más tarde, por esa cuesta subí cogido de la mano de mi primera novia. El destino era el mismo, las choperas al lado del río; al principio con la caída del sol iniciábamos el regreso, después recibíamos allí las penumbras y más tarde la oscuridad. Fueron las primeras experiencias de amor y de sexo, con lo de sublime que tienen ambas sensaciones cuando se experimentan juntas. De regreso, anochecido, la felicidad no cabía por la cuesta, y en vez de andar sobre el suelo parecía que lo hacíamos sobre algodones. Todavía si me esfuerzo logro imaginar con nostalgia, que no  reproducir, aquella sensación.
Durante estos años ha sido paso obligado de pastores que, de madrugada, salían al monte con sus rebaños y volvían al caer la tarde transportando en las alforjas o asidos de las patas delanteras los corderos recién paridos. De leñadores, que con sus tronzaderas y sus hachas, subidos en galeras, iban al bosque alto a talar y luego a limpiar y trocear los pinos en edad de derribo que luego acarreaban con largas reatas de mulas. De niños íbamos a verlos llegar al repecho de la umbría antes de encarar la cuesta, donde el tiro de mulas  se estiraba, clavaba las pezuñas en la tierra y a la voz de ánimo y con los juramentos de los carreteros abalanzados sobre las ruedas, trataban de arrastrar la galera cargada con los troncos. Subían a trompicones, haciendo pausas cada poco, piando las ruedas para que la carreta por el peso no se desprendiera pendiente abajo.
Los días de lluvia la cuesta recoge las aguas de la ladera de su derecha, donde convergen varios barrancos; toda ella se convierte en un rápido torrente que llega a arrastrar piedras y guijarros; como muestra, después de escampado, quedan pequeños montoncillos en la curva que precede la subida. Pasada la tormenta me gusta salir  allí a percibir el olor a tierra mojada, a romero y a tomillo, que lo invaden todo después de la lluvia, mientras las babosas y los caracoles, eufóricos y atolondrados inician escarceos suicidas por  el camino.
Arriba de la cuesta torciendo a la izquierda, serpentea un sendero escoltado de cipreses que va a parar al camposanto. Entramado de cruces y de nichos, de flores frescas y otras marchitas, goterones de cera, de silencios y de suspiros, de monólogos no respondidos, de excusas y arrepentimientos siempre aceptados, de lágrimas escapadas, de sollozos incontenidos.
Es la cuesta de mi pueblo, la que de momento me lleva a la era que domina el valle, donde respiro hondo, me distancio de mis preocupaciones cotidianas y me siento lleno de paz.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro "Arraigos, melindres y acedías".