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jueves, 21 de febrero de 2019

MÁS SOBRE LOS "GUAY"


MÁS SOBRE LOS GUAY

Alrededor de los guay de entonces, también había “babosines” que se arrimaban a la gente dirigente, no por convicción, pero si con convicción y conveniencia. Eran pelotas y oportunistas, a ver si caían migajas o su resplandor les alumbraba y les hacían parecer también gente guay; muchos renunciaban a sus orígenes, de los que se avergonzaban; intentaban mimetizarse con las clases dirigentes.
Hoy también sucede. Son otros los protagonistas, pero con la misma estructura psicológica. Buscan estar a la moda. La moda, en este momento, es ser “progre”, pero esta es una progresía desvirtuada. Hoy “progre” se identifica con personas de izquierdas, pero bastante a la izquierda, no pocas, sin haber reflexionado en profundidad sobre lo que defienden.
Hoy es guay, ser “progre”, pero progre desvirtuado. Es una moda, aunque no se tenga criterio propio y se sea solo manada, y sus comportamientos personales sean reaccionarios. En mi opinión ser “progresista”, es perseguir la justicia social, la igualdad de oportunidades, rechazar el capitalismo salvaje que se vive en los ámbitos de altos poderes económicos, el que la riqueza esté justamente distribuida, el no dejarse explotar por los poderosos, el que haya prestaciones sociales “para los que no puedan trabajar”, el que la justicia sea para todos igual, el no dejarse manipular por los medios de comunicación…Me identifico con esas ideas; me identifico con aquella progresía de la transición. No defiendo la violencia, ni los escraches, ni el “todo vale” para llegar al poder y, desde luego, estoy absolutamente en contra de las dictaduras de derechas, pero también de las de izquierdas que es lo que persiguen muchos de los que hoy están mimetizados en nuestra democracia. La estructura psicológica de los dictadores de izquierdas y los de derechas es muy similar. En los extremos ambas ideologías han coaccionado, han ocasionado mucho dolor, y muchas muertes, y no precisamente en el campo de batalla, sino en la población civil, no lo olvidemos.
Hay muchos acólitos y acólitas junto a esta gente de progresía caduca, que ha demostrado suficientemente su ineficacia. Muchos son personas que se califican así porque está de moda; son un grupo de advenedizos, de parásitos de los partidos.
Conozco a progres guay, que dicen ser “rojos” o “rojas”, a los que nunca les he conocido ninguna militancia, ni ninguna manifestación social, que su interés solo ha girado en torno a su persona, a su posición social, a sus apariencias.
En este país son muy precisas personas serias, reflexivas y honradas, con inquietudes e intereses en lograr un país más justo, más humano, donde prime el intentar conseguir para todos una vida buena, con todo lo que entraña este concepto de humanidad y justicia.
Ángel Cornago Sánchez
Reservados derechos.

jueves, 17 de mayo de 2018

SUPREMACISTA PALABRA DE MODA



“Supremacistas”, son aquellas personas que se sienten por encima del resto, en una vivencia subjetiva que se otorgan, basándose en títulos, ideologías, creencias, atributos, poderes, clase social, raza, nacionalidad, sexo, etc.
Los seres humanos, en dignidad, todos somos iguales: mujeres, hombres, raza, nacionalidad, clase social, etc. El tener una formación especial, una ideología, e incluso ser experto en algo, es para compartirlo con los otros, no para dominarlos. Es sólo un aspecto de nuestra personalidad. Los otros lo asumirán o no desde su libertad. Somos autónomos y como tal nos debemos respeto. Lo que más nos iguala además de la dignidad que se nos reconoce simplemente por ser seres humanos, es la “vulnerabilidad”; basta ser consciente de este concepto para bajar de la “nube”.
Los que se sienten superiores, les falta un punto de reflexión, de madurez, entre otras cosas. Se sienten aupados en podios por encima del resto; su desprecio suele ser más solapado y más selectivo hacia determinados grupos. Suelen ser personas también con otras carencias: prepotentes, sectarios, primitivos, a veces agresivos; no son rigurosos, ni honrados intelectualmente y generalmente poco inteligentes.
Los hay en muy diversos ámbitos, aunque su estructura psicológica suele ser similar: Los de clase social. Los de “pedigrí” de familia. Los de poder económico. Los de “poder”: pueden ser cargos políticos, jefes, etc. ¡Los de uniforme! (cuanto imbécil hay con uniforme, aunque hay que reconocer que cada vez menos). Los raciales. Los de determinadas nacionalidades. ¡Qué miserable es sentirse superior por el color de la piel, o por haber nacido en un lugar determinado! Los culturales. Los morales, etc.
Digo de antemano que, en general, me producen repulsa y algunos claramente desprecio, sobre todo los supremacistas de raza, nacionalidad, y los morales. Algunos, intentan imponer sus tesis sintiéndose “elegidos” y son capaces de las mayores tropelías. En nombre supremacía moral de religiones, ideologías de extrema derecha, de extrema izquierda, razas, nacionalismos extremos, se ha vertido mucha sangre. La historia es terca.
 Nadie somos más que nadie. Todos merecemos respeto, independientemente de raza, sexo, nacionalidad, clase social, religión, no creencias, etc.
 La consideración a nuestras opiniones, a la calidad de nuestro trabajo etc., nos las tenemos que ganar individualmente; en ese aspecto lógicamente no todos somos iguales, nos tenemos que ganar la consideración de los demás por nuestro comportamiento. Es un ámbito individual. Pero a nadie se puede despreciar, ni negar su dignidad como persona.

Ángel Cornago Sánchez. Derechos reservados
Fotografía. Ángel Cornago. Castillo de Loarre.

viernes, 13 de enero de 2017

PRÍNCIPES Y PRINCESAS

Príncipes y princesas.-
Hace muchos años, íbamos a celebrar una cena los compañeros de trabajo y, una de las chicas nos preguntó: ¿vais a traer a las princesas? En un primer momento los que allí estábamos nos quedamos un tanto extrañados; ella, al ver nuestras caras de extrañeza aclaró: “sí hombre, a vuestras mujeres”. Me hizo gracia la expresión y, sabiendo la forma de ser de aquella joven chica, capté perfectamente lo que quería decir. Ella estaba lejos de lo que representaban las mujeres de muchos de los que allí estaban, en general mujeres condicionadas por un status social determinado, mediatizadas por el vestir y el enjoyarse de determinada manera, en general petulantes, vacías y afectadas; desde entonces, de vez en cuando, suelo utilizar esa palabra porque creo que define con bastante exactitud cierto tipo de mujer que en una determinada época abundó, en general como consorte, y yo diría que todavía se ve aunque con menor frecuencia. A los hombres nos tocó hacer otro papel imbécil, el de supermanes, machitos, arrogantes,
pero ese es otro tema.
En tiempos de la dictadura las “princesitas” eran las niñas de papá, hijas de familias pudientes, o de pudientes venidas a menos pero que trataban de conservar a toda costa su status social. Se relacionaban entre ellas y se las distinguía fácilmente por su forma de vestir. Entonces las diferencias eran mucho más llamativas que las de hoy y, la ropa de calidad, sólo se la podían permitir las familias acomodadas; el resto si teníamos algo que estrenar lo hacíamos en días señalados. Heredábamos ropa de padres y hermanos, y nuestras madres eran verdaderas artesanas en el arte de zurcir pantalones, y sobre todo calcetines con aquel huevo de madera que con frecuencia servía de  objeto de nuestros juegos.
Aquellas niñas de mi infancia me parecían fascinantes, con sus caras lustrosas, siempre bien peinadas, sus trajes y zapatos a juego, sus lazos en la cintura y en las trenzas, su perfume, sus ostentosos juguetes. Creo que aquello me marcó desde muy niño y me dejó claro la clase social a la que pertenecía, a la que nunca he querido renunciar y en la que me siento cómodo. Me fascinaban en aquella edad por lo que tenían de belleza y, sobre todo, probablemente, por el aspecto de limpieza que transmitían. En mi casa no hubo bañera ni ducha hasta que fui muy mayor, creo que hasta bien entrada la adolescencia, y el aseo, que era semanal, lo hacía en invierno en un balde con agua que había calentado mi madre, y en verano bañándome en el Ebro.
 Muchas de estas chicas, conforme crecieron, se fueron reconvirtiendo y, a pesar de sus familias, tomaron una actitud normal; otras quedaron en ese limbo de supuesto privilegio e idiocia para siempre; fueron las princesas adultas, madres a su vez de futuras princesitas.
Pero llegó la democracia y subieron al poder los partidos democráticos, y aquí sí que aparecieron, de repente y de forma sorpresiva para mí, una nueva cohorte de princesas y príncipes. En general, ellas eran princesas consortes de sus más o menos influyentes maridos, aunque también había alguna protagonista que levitaba sola. Empezaron a pulular por la ciudad, generalmente en grupo, y a ocupar los mismos lugares, los mismos restaurantes, las mismas zonas de privilegio que habían ocupado los que antes ellos llamaban, con razón, reaccionarios. Era todo un espectáculo verlos dando la sensación de que habían superado muchas barreras, enseñarse, pavonearse en los lugares de moda y, relacionarse, además, con los reaccionarios, con los ricos de toda la vida, o con los nuevos ricos.
Realmente fue un espectáculo bochornoso que nos enseñó, nos hizo reflexionar y, por lo menos a mí llegar a la conclusión, de que las siglas de los partidos sirven de muy poco de cara a enjuiciar a las personas; que lo importante es valorarlas individualmente sin ideas preconcebidas, y que a veces, detrás de los partidos se esconden, con frecuencia, cuadrillas de necios, e incluso de desalmados, que cuando llegan al poder se creen con derecho a todo y muestran su verdadera catadura moral. Se suele decir que para valorar a una persona y ver de lo que realmente es capaz, hay que hacerlo cuando ostenta poder. También se suele decir que todo se acaba y que el tiempo coloca a cada cual en su lugar; esto no es del todo cierto, hay muchos que se mimetizan con la ideología del poder correspondiente con tal de seguir en la pomada.
Estos son los príncipes y princesas a los que me refiero en estas líneas,  los necios y las necias que se creen importantes porque tienen dinero o poder; los que piensan que el mundo es de ellos escondidos detrás de las siglas de los partidos; los que se creen con derecho a todo por su posición; los que necesitan a los demás sólo para ser punto de referencia de su singularidad y de su importancia; los que entienden de caridad pero no de justicia social, o los que dicen que entienden de justicia social y en su nombre son capaces de las mayores bellaquerías.
Ángel Cornago Sánchez



viernes, 10 de junio de 2016

PRÍNCIPES Y PRINCESAS. CAMBIAR DE CLASE.

Príncipes y princesas

Hace muchos años, íbamos a celebrar una cena los compañeros de trabajo y, una de las chicas nos preguntó: ¿vais a traer a las princesas? En un primer momento los que allí estábamos nos quedamos un tanto extrañados; ella, al ver nuestras caras de extrañeza aclaró: “sí hombre, a vuestras mujeres”. Me hizo gracia la expresión y, sabiendo la forma de ser de aquella joven chica, capté perfectamente lo que quería decir. Ella estaba lejos de lo que representaban las mujeres de muchos de los que allí estábamos, en general mujeres condicionadas por un estatus social determinado, mediatizadas por el vestir y el enjoyarse de determinada manera, en general petulantes, vacías y afectadas; desde entonces, de vez en cuando, suelo utilizar esa palabra porque creo que define con bastante exactitud cierto tipo de mujer que en una determinada época abundó, en general como consorte, y yo diría que todavía se ve aunque con menor frecuencia. A los hombres nos tocó hacer otro papel imbécil, el de supermanes, machitos, y también principitos, pero ese es otro tema.
En tiempos de la dictadura las “princesitas” eran las niñas de papá, hijas de familias pudientes, o de pudientes venidas a menos pero que trataban de conservar a toda costa su estatus social. Se relacionaban entre ellas y se las distinguía fácilmente por su forma de vestir. Entonces las diferencias eran mucho más llamativas que las de hoy y, la ropa de calidad, sólo se la podían permitir las familias acomodadas; el resto si teníamos algo que estrenar lo hacíamos en días señalados. Heredábamos ropa de padres y hermanos, y nuestras madres eran verdaderas artesanas en el arte de zurcir pantalones, y sobre todo calcetines con aquel huevo de madera que con frecuencia servía de  objeto de nuestros juegos.
Aquellas niñas de mi infancia me parecían fascinantes, con sus caras lustrosas, siempre bien peinadas, sus trajes y zapatos a juego, sus lazos en la cintura y en las trenzas, su perfume, sus ostentosos juguetes. Creo que aquello me marcó desde muy niño y me dejó claro la clase social a la que pertenecía, a la que nunca he querido renunciar y en la que me siento  cómodo. Me fascinaban en aquella edad por lo que tenían de belleza y, sobre todo, por el aspecto de limpieza que transmitían. En mi casa no hubo bañera ni ducha hasta que fui muy mayor, creo que hasta bien entrada la adolescencia, y el aseo, que era semanal, lo hacía en invierno en un balde con agua que había calentado mi madre, y en verano bañándome en el Ebro.
 Muchas de estas chicas, conforme crecieron, se fueron reconvirtiendo, y, a pesar de sus familias, tomaron una actitud normal; otras quedaron en ese limbo de supuesto privilegio e idiocia para siempre; fueron las princesas adultas, madres a su vez de futuras princesitas.
Pero llegó la democracia y subieron al poder los partidos democráticos, y  aparecieron de repente para mí de forma sorpresiva, una nueva cohorte de princesas y príncipes relacionados con el poder de turno. En general, ellas eran princesas consortes de sus más o menos influyentes maridos, aunque también había alguna protagonista que levitaba sola. Empezaron a pulular por la ciudad, generalmente en grupo, y a ocupar los mismos lugares, los mismos restaurantes, las mismas zonas de privilegio que habían ocupado los que antes ellos llamaban, con razón, reaccionarios. Era todo un espectáculo verlos dando la sensación de que habían superado muchas barreras, enseñarse, pavonearse en los lugares de moda y, relacionarse, además, con los reaccionarios y con los ricos de toda la vida, o con los nuevos ricos.
Realmente fue un espectáculo bochornoso que nos enseñó, nos hizo reflexionar y, por lo menos a mí llegar a la conclusión, de que las siglas de los partidos sirven de muy poco de cara a enjuiciar a las personas; que lo importante es valorarlas individualmente sin ideas preconcebidas, y que a veces, detrás de los partidos se esconden, con frecuencia, cuadrillas de necios, e incluso de desalmados, que cuando llegan al poder se creen con derecho a todo y muestran su verdadera catadura moral. Se suele decir que para valorar a una persona y ver de lo que realmente es capaz, hay que hacerlo cuando ostenta poder. También se suele decir que todo se acaba y que el tiempo coloca a cada cual en su lugar; esto no es del todo cierto, pero con frecuencia es así.
Estos son los príncipes y princesas a los que me refiero en estas líneas,  los necios y las necias que se creen importantes porque tienen dinero o poder; los que piensan que el mundo es de ellos escondidos detrás de las siglas de los partidos; los que se creen con derecho a todo por su posición; los que necesitan a los demás sólo para ser punto de referencia de su singularidad y de su importancia; los que entienden de caridad pero no de justicia social, o los que dicen que entienden de justicia social y en su nombre son capaces de las mayores bellaquerías.

 Angel Cornago Sánchez
De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe.