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martes, 2 de febrero de 2021

NADA HAY PURO COMO LA NIEVE (Texto breve de introspección personal)

 

NADA HAY PURO COMO LA NIEVE 

No me gusta el mar cuando me abraza, cuando formo parte de su paisaje, ya sea nadando, en una barquichuela, o aunque sea en un gran trasatlántico. Creo que en mis anteriores reencarnaciones y en la cadena de la evolución, nunca fui pez; tal vez pájaro, aunque también siento vértigo en los pisos altos y, en los aviones, me agarro a los asientos en una actitud irracional e idiota.

Seguramente antes fui gusano. Me gustan los espacios reducidos, con muchos pies en el suelo, incluso con las manos. Me siento cobijado y absorto por sensaciones sublimes de felicidad cuando estoy en una de esas pequeñas casetas en el monte en medio de una tormenta. En esos momentos entiendo mi pequeñez, y también mi grandeza íntima, similar a la de los otros humanos que bucean en su mundo interior.

Me gusta el calor, aunque sea intenso; me siento reforzado en energía. El frío helador me produce desolación, pero también impulsa mi fortaleza. El viento huracanado, expectación indolente. Con la lluvia persistente siento cierta tristeza sin visos de futuro. La nieve me inspira pureza, pero una pureza que no comprendo, porque no existe, aunque me gusta contemplarla ensimismado.

Los grandes espacios me apartan de mi mundo. Los espacios reducidos, por arcaicos y humildes que sean, me producen regusto en mi individualidad, aunque fuera el mundo se derrumbe. El fuego, una llama encendida en el suelo o en un hogar, además de calor, me provoca bienestar y sensación de íntima seguridad.

En el lujo me siento intruso, incómodo y zarrapastroso, aunque tampoco soporto a los que por su clase social o por sus puestos de relumbrón me miran por encima del hombro, algo que sufrí con frecuencia cuando era niño. Hay mucho imbécil de cuna, y, muchos, entre los que renuncian a sus orígenes. Me siento cómodo en la clase social en la que nací, con mi gente de siempre.

No sé nadar, ni volar, tampoco levitar. Prefiero pasar desapercibido cuando no tengo nada importante que decir. A veces siento el impulso, el deber de hablar y, tal vez con compulsión hiero en el tono y digo lo que pienso como un imperativo e ineludible deber. A veces me traiciono y me callo y, luego, me siento mal o me pongo excusas en las que no creo.

Me hastían los voceros de turno de tal o cual partido político, faltándonos al respeto; nos tratan como a ineptos lanzándonos consignas, frases, palabras, slogans, como si fueran marcas de detergentes, para que compremos su producto, en vez de explicarnos clara, seria y honradamente, sus ideas y proyectos. Sus puestas en escena, sus gestos, sus poses, ofenden a la inteligencia.

 Hay muchos imbéciles aupados a los púlpitos de poder y de podercitos, que se sienten ungidos y con derecho a impartir magisterio sobre los más diversos temas, aunque sean frívolos e incluso analfabetos funcionales. Su mérito: estar en “la pomada”, “el destino”, o más bien su “baboseo” con los diversos mandamases.

Todavía me parece más grave y despreciable, la actitud de los intelectuales vendidos, domesticados, o los que con la habilidad del camaleón se adaptan a todas las circunstancias de los poderes de turno por muy divergentes que sean, para seguir parasitando en post de sus intereses. En ocasiones, además de mediocres, son miserables.

Por eso, como he dicho, no sé nadar, volar, ni levitar; intento, aunque no siempre lo he conseguido, andar por el suelo, por la tierra, descalzo para percibir sus latidos, y marchar siempre recto para jalonar mi vida de cordura y honradez, aunque, es difícil, porque nada hay puro como la nieve.

Ángel Cornago Sánchez

 

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viernes, 22 de enero de 2021

EL SER HUMANO COMO GRUPO SOCIAL

 


EL SER HUMANO COMO GRUPO SOCIAL

 

El ser humano como grupo social no encontrará nunca un sistema estable, donde la justicia sea la regla, no haya competencia, y los valores humanos sean la forma habitual de relación. Es la antítesis de lo que somos. Somos envidiosos, egoístas, avariciosos, con ansia de poder, de dominio.

Somos capaces de ideales, pero discrepamos en la forma de llevarlos a cabo, de liderarlos, incluso en matices. La competencia es la regla. En las personas de a pie, que somos la mayoría, la competencia es a pequeña escala y no trastorna nuestras vidas. Muchos vivimos o intentamos vivir, sin dejarnos influir por lo fatuo, por lo frívolo, por los “floreros” de muy diversos tonos, ni por los cantos de sirena. Otros se motivan por las apariencias, por las formas, por la escala social. Otros, por no aceptar las limitaciones que a todos nos van llegando con el paso del tiempo. Algunos, se dejan arrastrar por envidias, por la competencia, por los celos, por la avaricia de tener más.

Pero, los verdaderos tiburones, están en la vida pública. Son los políticos, y los poderosos económicos. Son los que tratan de estar en la cresta de la ola, de estar en la pomada de los órganos de decisión. Los políticos se disfrazan de altruistas, de idealistas, cuando su finalidad, en muchos de ellos, es fundamentalmente egoísta. Hay pocos cuya motivación sean realmente ideales para servir a los ciudadanos. Además, hay una diferencia importante: tal como los gerifaltes de los poderes económicos o sus asesores, suelen ser la mayoría personas competentes, aunque muchos de ellos con pocos escrúpulos, los políticos, sobre todo en determinados momentos históricos como el actual, son incompetentes, avariciosos, incluso inmorales, motivados por ansia de poder, y, muchas veces, aupados por poderes económicos para manejarlos con facilidad.

Pero es la regla. El mundo es así, sobre todo en determinados momentos históricos, en el que los poderes políticos están casi copados por incompetentes y, a veces, también inmorales que solo persiguen su medro. Por supuesto que hay excepciones muy honrosas, pero casi siempre, estaremos y hemos estado, en manos de “tiburones”.

Fotografía propia. Camino del Ebro.

Ángel Cornago Sánchez

 

viernes, 30 de octubre de 2020

NUEVO ESTADO DE ALARMA

 

NUEVO ESTADO DE ALARMA

 


Vivimos momentos complicados. Por una parte, nos afecta una pandemia muy grave desde hace casi ocho meses, en la que han fallecido, probablemente, más de cincuenta mil compatriotas y que, no solo sigue activa, sino creciendo en una segunda ola que está de nuevo empezando a colapsar los servicios sanitarios, y sin signos de cuándo puede comenzar a decrecer y a desaparecer. Realmente nadie lo sabe.

Los ciudadanos estamos muy afectados, cada vez más, por el tipo de vida que llevamos desde hace meses por la situación. Hay personas que, en el primer confinamiento, el estar encerrados desencadenó o aceleró una demencia larvada, incluso algunas hubo que ingresarlas contrajeron el virus y murieron. Lo mismo, las personas de edad y las que padecen enfermedades crónicas, no pudieron hacer sus pequeños paseos diarios y el estar enclaustradas les ha afectado psicológicamente y físicamente, a algunas de forma severa. También por el duelo por los familiares que hemos perdido. Además, muchos están viendo mermados sus ingresos, y sus expectativas de futuro por la situación económica que se agrava por momentos.

Ante esta situación de tragedia nacional, echo en falta empatía con los ciudadanos por parte de nuestros gobernantes. Para ellos los muertos son números, no trasmiten pesadumbre ni dolor, hablan de números sin ser conscientes de que detrás hay personas, familias, y mucho sufrimiento, mucha tragedia. Sus puestas en escena, no son propias de personas que trasmiten empatía y comprensión.

Por último, se permiten declarar un nuevo “estado de alarma” durante seis meses más, sin tener datos objetivos para ello, cuando la población estamos sumidos en un clima de graves preocupaciones por la falta de expectativas de salud, económicas, y de calidad de vida. No digo que no vaya a durar ese tiempo la pandemia, pero, después de lo que llevamos pasado, es mucho más asumible ir renovando el estado de alarma si se precisa, cada mes, previa comparecencia de los máximos dirigentes, explicando al país de forma veraz la situación y las expectativas. Pienso que es una irresponsabilidad, una falta de respeto, y desde luego de empatía declarar el estado de alarma durante seis meses, sin tener datos seguros que lo justifiquen. En todo caso, los gobernantes en una democracia, tienen la obligación en situaciones de tragedia nacional como la actual, de comparecer periódicamente para explicarnos la situación y las medidas que se van tomando. La oposición tampoco está a la altura.

Poner encima de la mesa en este momento, la futura ley de eutanasia, cuando muchas personas han muerto por la propia pandemia y por una deficiente asistencia por falta de medios; cuando la mayoría de los que han fallecido son ancianos y enfermos crónicos, es, cuando menos inoportuna, y desde luego demuestra la frivolidad y falta de sensibilidad de las personas que nos gobiernan. Lo mismo que intentar colar de tapadillo, en estos momentos en que el interés y la preocupación general está en sobrevivir, otras leyes importantes.

Es un comportamiento, moralmente e incluso estéticamente, inaceptable de nuestros gobernantes.

Ángel Cornago Sánchez

 


viernes, 23 de octubre de 2020

LA POLÍTICA Y LOS APLAUDIDORES

 

LA POLÍTICA Y LOS APLAUDIDORES

 

Produce sonrojo la actuación de los líderes políticos y “su séquito”, cuando actúan ante las cámaras televisivas, ya sea en el Congreso o en entrevistas con la prensa.

Son escenas perfectamente planificadas, donde el gran líder, actúa, representa, explica una serie de mensajes que parecen ensayados en el espejo, con los gestos, la vestimenta y las faramallas que sus asesores consideran convenientes para vender bien su mercancía. El decorado de aplaudidores detrás de su amado líder, palmean con entusiasmo, muchas veces poco convincente y, otras, con aburrimiento mal disimulado. Hasta los tiempos en que prorrumpen en aplausos están preparados. A los que observamos la escena, al menos a mí, me producen vergüenza ajena. Pienso que tienen poca autoestima, o que la mayoría no saben o no quieren saber que solo están ahí para eso, para aplaudir: ¡Vaya destino!

Es en lo que ha caído la política, en representaciones vacuas, sin contenido, cuya finalidad es vendernos su mercancía sin explicarnos claramente la molla, a veces, obviando verdades y otras veces mintiéndonos descaradamente. Es pura estrategia faltándonos al respeto.

Los partidos y sobre todo sus líderes, tienen gran responsabilidad en la degradación de la vida política. Mienten, nos engañan, y cada vez lo hacen con más descaro e impunidad, para lo cual basan sus mensajes e incluso sus puestas en escena, fundamentalmente en estrategias, donde el coro de aplaudidores en el Congreso y en las presentaciones ante la prensa, son el decorado visual y sonoro habitual. Los del “coro” son simple manada, marionetas sin nada que aportar, solo ser el adorno del líder de turno para empezar a batir palmas a la orden prefijada; solo aplaudir y votar lo que les mandan.  Es el espectáculo degradante en que se ha convertido la política.


Ángel Cornago Sánchez

Fotografía: Zamora