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viernes, 27 de abril de 2018

DOLOR FÍSICO. FACTORES QUE INFLUYEN.


El dolor físico tiene unas características determinadas:
El grado es muy variable, desde sensación ligera de malestar, a dolores intensísimos. En general, los producidos por procesos en órganos que no se distienden fácilmente son muy intensos. Así, los dolores producidos por problemas expansivos o inflamatorios en la cavidad craneal, en senos, huesos y retroperitoneo se soportan muy mal. También los que se producen por implicación de terminaciones nerviosas, como el herpes, los dolores dentales y las neuralgias.
La gravedad de la enfermedad no está relacionada con la intensidad del dolor. Hay dolores ligeros, que pueden estar producidos por problemas graves que pueden comprometer la vida (muchos tumores malignos producen molestias leves, sobre todo al comienzo). Hay dolores intensos que son muy molestos pero que no suponen gravedad, como la fisura de ano.
La vivencia de dolor es subjetiva. Hay personas que, ante un problema físico, manifiestan sensación de dolor intensa; mientras que otras, con el mismo problema o más grave, apenas se quejan y da la impresión de que casi pasa desapercibido, por lo menos a los ojos de los demás.
            La vivencia va a depender de diversas variables:
a) Hay personas más sensibles que otras. Se dice que el umbral del dolor es variable, pero, realmente, el umbral de cada uno depende en gran parte de su estructura psicológica. Hay personas en las que pequeños estímulos dolorosos les hacen trasmitir quejas de forma muy llamativa, y otras que viven en silencio dolores intensos.
b) Depende del momento psicológico que se esté viviendo. Un estado de tristeza, de depresión, hace vivir el dolor de forma más acusada. Lo mismo sucede en un estado de ansiedad. La incertidumbre por la causa que origina el dolor da lugar a una percepción más aguda. Suele suceder que, una vez conocido el origen, se soporta mejor.
c) Del grado de atención. Hay personas que se autobservan, y no es raro que perciban sensaciones de incomodidad que, habitualmente, pasan desapercibidas. Si además tienen un componente hipocondríaco, la hiperatención y la interpretación tremendista de las molestias les puede hacer vivir situaciones banales, como verdaderamente graves y angustiosas.
El extremo opuesto también se da: dolores teóricamente intensos pasan desapercibidos durante un tiempo en que la atención está fijada en algo que, en ese momento, es el foco de interés. Se da en las heridas de guerra, que empiezan a doler después de la refriega, e incluso en los partidos de fútbol en que, después de un golpe, la recuperación es inmediata, aunque a las horas el dolor sea intenso.
d) El dolor tiene oscilaciones y variaciones de un momento a otro, aunque la lesión sea la misma. Depende de la evolución del proceso patológico y de los factores antedichos.
Es falso que aguantar el dolor sea positivo. Es un concepto que probablemente tiene sus orígenes en creencias religiosas, que inculcaban que el sufrimiento en esta vida abría las puertas del paraíso o que, al menos, era un mérito para la vida del más allá. Como escribe Jhon D. Loeser:[1]
En muchas sociedades primitivas se consideraba que el dolor se debía a la invasión del cuerpo por espíritus y demonios. En el mundo occidental, en la Época Clásica y en la Edad Media, el dolor y el sufrimiento se atribuían a transgresiones o a pecados previos. Se mantenía el control social mediante esta visión del mundo. Se consideraba que las personas nacían con el demonio, y necesitaban el dolor y el sufrimiento para convertirse en respetables. A los que manifestaban una conducta desviada, se les sometía al dolor y al sufrimiento en un intento de llevarles de nuevo al buen camino. La cristiandad primitiva hizo uso profusamente del dolor y el sufrimiento como lo atestigua la Biblia.
En definitiva, se trataba de tener controlada, por medio de la culpa, a la población. Si padecían dolor, era una forma de purgar sus pecados. También es posible que, en tiempos pretéritos, a falta de sustancias que calmaran el dolor, se utilizaran estos mecanismos de sublimación para mejor sobrellevarlo.
            En todo caso, hoy día disponemos de sustancias potentes y eficaces que pueden calmarlo. Es una negligencia no utilizarlas cuando el paciente las necesita, las demanda y las acepta. Muchos profesionales de la sanidad todavía tienen reticencias con esta filosofía. En realidad, los organismos gestores, hasta hace unos años, han sido remisos en sus protocolos de formar a los profesionales en el manejo del dolor. La consecuencia era un tratamiento insuficiente e inadecuado. En las universidades se trataba el tema de pasada y, en la formación de los MIR, no estaba incluido de forma específica hasta hace pocos años, teniendo en cuenta que va a ser una de las principales tareas durante el ejercicio profesional. Detrás de este desinterés generalizado, tal vez late todavía la idea de que algo tenemos que pagar por nuestras culpas.
El dolor es algo consustancial a la existencia humana; es un mecanismo que es parte de la forma de reaccionar de nuestro organismo ante distintas alteraciones en su funcionamiento o estructura. Nunca podremos conseguir que desaparezca. La función de los sanitarios es calmarlo, sin olvidar interpretarlo para descubrir su origen. También puede dar datos sobre la evolución del proceso. Cuando el diagnóstico está confirmado y, sobre todo, en enfermos terminales, el tratamiento debe ser anticipatorio, es necesario que se paute la medicación para evitar que aparezca. En estos casos, no va a aportar ningún dato que pueda beneficiar al paciente.
Ángel Cornago Sánchez
 De mi libro: "Salud y Felicidad". Edt. Salterrae.


[1] LOESER, J. D., Dolor crónico: un dilema en los cuidados de salud en nuestro tiempo, Monografías Humanitas, Nº 2., p, 101.

martes, 3 de abril de 2018

EL SUFRIMIENTO, UNA FORMA ESPECIAL DE PADECER. Primera parte.


EL SUFRIMIENTO UNA FORMA ESPECIAL DE PADECER
Primera parte

Es una palabra con un significado especial, no fácil de definir. Es un concepto que trata de trasmitir una vivencia profunda y compleja. Se trata de un intenso malestar que afecta a todo el ser. No es solo dolor físico, ni solo tristeza, ni solo angustia ni ansiedad. Es un disconfor intenso que suele ser también físico, pero que fundamentalmente es psicológico y que afecta a los resortes sensitivos más profundos de la persona. La característica y el matiz especial y fundamental es: que es sin esperanza. Además, no sirve para nada, “no tiene ningún fin”. El dolor de un postoperatorio, aunque intenso, se sabe que pasará y que en todo caso es algo temporal para llegar a un bien, que es la finalidad para la que ha sido programada la intervención.
Incluso, es algo admitido por la mayoría: todavía nos encontramos muchos enfermos que cuando les explicamos de una exploración que va a ser molesta e incluso dolorosa, nos dicen, “para hacer un bien hay que hacer un mal”. Cassel define el sufrimiento como “el estado de malestar inducido por la amenaza de la pérdida de integridad o desintegración de la persona, con independencia de su causa”. Chapman y Cravin definen el sufrimiento como “un estado afectivo, cognitivo y negativo complejo, caracterizado por la sensación que experimenta la persona de encontrarse amenazada en su integridad, por su sentimiento de impotencia para hacer frente a esta amenaza y por el agotamiento de los recursos personales y psicosociales que le permitirían afrontarla”[i]. En ambos casos incluyen “la amenaza” como causa de sufrimiento.
Considero que “la amenaza” no es la causa fundamental de lo que estamos considerando como “sufrimiento”, sino que su característica principal es “la falta de esperanza”, sin ver salida de ningún tipo. La amenaza incluye por sí misma la posibilidad de que no se lleve a cabo y por tanto de cierta esperanza. Podrá provocar angustia, intenso estrés, pero no sufrimiento, según el concepto referido. Además de la falta de esperanza, va acompañado de sensación de indefensión, de imposibilidad de hacer frente a todo lo que se avecina. En todo caso, la sensación es subjetiva. El prototipo de sufrimiento es el que se da en el paciente terminal: dolor físico, dolor psicológico y la seguridad de la muerte próxima.
También se pueden catalogar de sufrimiento los padecimientos en el síndrome depresivo grave, en el que paciente siente una tristeza inmensa; en ocasiones percibe síntomas físicos que pueden semejarse a los del terminal, no tiene ninguna perspectiva de futuro, le da igual morir, incluso un diez por ciento de ellos se suicidan. La diferencia radica en que las depresiones no siempre son graves como para presentar toda la sintomatología referida y, además, en que existen medicaciones muy eficaces que conducen a la curación, y en poco tiempo las expectativas y los esquemas pueden cambiar radicalmente. También se experimenta sufrimiento cuando se acompaña a un ser querido durante la enfermedad terminal en su camino hacia la muerte. En el paciente terminal la “no esperanza” lo domina todo y además de soportar los padecimientos físicos, están sumidos en un estado de desánimo reactivo a su situación: dolores, proximidad de la muerte, apartarse de sus seres queridos... La no-solución lo invade todo.
La representación gráfica del sufrimiento, podría ser la imagen de un ser humano encorvado por la imposibilidad de soportar el peso de la situación, ante un horizonte infinito, anocheciendo, con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos caídos y rodeado de una total soledad. El sufrimiento no tiene foco, afecta a todo el ser, se sufre en conjunto, físicamente y psicológicamente, siendo imposible de discernir. Si se intenta calmar sólo el dolor físico, lo habitual es que no se consiga; en todo caso puede aparecer el sopor y tal vez el sueño por agotamiento; es necesario influir también en la vertiente psicológica para mejorar su situación.
El sufrimiento en ocasiones es fuente de enseñanza. En la antigüedad la gente sabía que, a veces, nuestras lecciones más importantes se hallan en los momentos de mayor sufrimiento[ii]. Lo que no quiere decir que haya que buscarlo o regodearse en el. Hay que evitarlo… pero no siempre se puede. Hay hechos en nuestra vida que escapan a nuestro control y producen sufrimiento. En esos momentos, en ocasiones, se descubren aspectos en nosotros o en los demás, que nunca hubiéramos descubierto sin esa circunstancia. Escribe Kübler-Ross [iii] “Cuando nos enfrentamos a lo peor que nos puede ocurrir en cualquier situación, crecemos. En lo más terrible de las circunstancias, descubrimos lo mejor que hay en nosotros. Cuando damos con el verdadero significado de estas lecciones, descubrimos también vidas felices, llenas de sentido. No perfectas, pero auténticas. Podemos vivir la vida profundamente... Cuando se observa a los que luchan contra la enfermedad se percibe claramente que, para ver quienes somos, debemos deshacernos de todo lo que no es auténticamente nosotros”. El sufrimiento en el paciente terminal es alienante, y la actitud de los sanitarios debe ser intentar calmarlo o paliarlo.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro: "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. Salterrae.






[i] Citados por Bayes. Psicología del sufrimiento y de la muerte. Martinez Roca 2001. p: 58 y 60
[ii] Kübler-Ross.. Kessler D. “Lecciones de vida”. Edc: Luciérnaga. Barcelona 2001 p: 17
[iii]  Kubler Ross. Lecciones de vida...      p:26, 27

lunes, 19 de febrero de 2018

LO PSICOLÓGICO EN LA ENFERMEDAD

           Dentro de las causas que provocan enfermedad, unas son muy concretas, otras, aunque desconocidas, nadie duda de que el paciente está enfermo por los síntomas y lesiones que presenta, pero existen otras, en las que ni los síntomas tienen entidad clínica, ni se acompañan de alteraciones demostrables. Me parece importante resaltar esta forma de enfermar. En la práctica clínica nos encontramos, con frecuencia, después de diversos y a veces numerosos estudios, con el diagnóstico de enfermedad psicosomática.

          Tienen como características: a) El ser de difícil diagnóstico, al que generalmente se llega por exclusión de un trastorno orgánico después de múltiples exploraciones. b) El ser consideradas por los médicos como de poca entidad, a pesar de que hacen sufrir mucho a los pacientes. c) Éstos a su vez, a menudo, las identifican con “no tener nada”, tal vez por falta de las adecuadas explicaciones; en consecuencia, se sienten incomprendidos al no encontrar justificación a sus síntomas. d) Además, son de tratamiento difícil.

Existen discrepancias sobre el concepto de enfermedad psicosomática: desde los que consideran que enfermedades psicosomáticas son todas, ya que cuando el ser humano enferma lo hace de forma unitaria, sufriendo su psique y su soma, hasta los que consideran, en mi opinión erróneamente, que estas enfermedades son imaginarias. Habitualmente entendemos por tales, aquellas que se manifiestan por síntomas que son vividos como físicos pero cuya causa es psicológica. Esta situación, mantenida, según muchos autores puede llegar a ocasionar lesiones orgánicas.

Otras características importantes: 1) Son muy frecuentes. 2) Se manifiestan por síntomas físicos sin poder demostrar una alteración estructural o bioquímica que los justifique. 3) Se acompañan de trastornos psicológicos a veces muy difíciles de verificar. 4) Generalmente el paciente no es consciente de que padece un problema psicológico sino físico, por lo que acude al especialista organicista correspondiente.

 Los propios pacientes se niegan frecuentemente a admitir una causa psicológica, pues la somatización, al fin y al cabo, es un mecanismo de defensa. Produce menos sufrimiento presentar un dolor pseudorgánico, que enfrentarse a un conflicto psicológico de difícil solución.

Debemos dejar claro que el trastorno psicosomático “se siente”: el paciente no se imagina los síntomas, sino que los percibe del mismo modo que los orgánicos. Las lesiones de las estructuras son las que diagnosticamos con cierta facilidad, teniendo muchos más problemas para diagnosticar las enfermedades psicosomáticas.

También es cierto que, a veces, enfermedades graves se pueden manifestar al principio por síntomas psicosomáticos. En la práctica clínica es muy importante hacer una muy buena medicina orgánica, con buena preparación de los profesionales, utilizando los medios diagnósticos necesarios, teniendo en cuenta las vivencias psicológicas del paciente y teniendo empatía y comprensión con sus vivencias y sus temores. En toda enfermedad, aunque sea fundamentalmente orgánica, hay un componente psicológico que los sanitarios no debemos dejar de valorar y tratar.



Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Para comprender al enfermo”



miércoles, 16 de agosto de 2017

EL MULO (AMOR A LOS ANIMALES)

El mulo.

A propósito del cariño que se tiene a los animales, recuerdo un verano allí en Los Fayos, que el mulo de un vecino llamado Pedro se había roto una pata y, por lo visto, no se le podía curar; lo que se hacía en aquellos casos era venderlo a una fábrica de chorizos cercana o matarlos en un descampado. Los niños nos enteramos de que iban a matar al mulo cuando vimos la comitiva en la que Pedro, el dueño del mulo, lo llevaba del ramal, desnudo, sin aparejos, cojeando ostentosamente, apoyándose sólo en tres patas, seguido por otro hombre del pueblo con una escopeta de cartucho colgada del hombro y un pitillo entre los labios. Caminaban todos lentamente, los hombres cabizbajos y en silencio, y el mulo dócil y confiado detrás de su amo; tomaron el camino de la salida del pueblo y luego el del barranco de “la revuelta”. A los niños a partir de allí no nos dejaron seguir. Pasado un rato en el que todos estuvimos en silencio como mascando la tragedia, oímos dos estampidos secos casi seguidos; nos quedamos sobrecogidos.
Al rato apareció Pedro con el cabezal y el ramal del mulo en la mano, llorando a lágrima viva, seguido unos pasos atrás por el hombre de la escopeta que parecía más liberado por haber pasado ya aquel trance; tomaron el camino del pueblo. Algunos niños subieron hasta el lugar donde le habían matado; yo no quise hacerlo, pues me había impresionado suficientemente el drama del pobre mulo, y el de su dueño, aun sin llegar a entender que queriéndolo tanto hubiese tenido que matarlo;  entonces pensé que eran cosas de esa tarea tan ardua que a veces les tocaba hacer a los adultos. Durante varios días vimos sobrevolar a los buitres por encima del barranco, y no podía quitarme de la cabeza la imagen del mulo cojeando, confiado, cuesta arriba a la salida del pueblo.
Años después mandé sacrificar a un perro que tuve durante varios años; era un pastor alemán precioso que con el tiempo resultó ser muy peligroso, ya que atacó y mordió a varias personas, entre ellas a mi hijo; tuve miedo de que un día sucediera una desgracia mayor. A pesar de que tuve claro que debía hacerlo, sentí una terrible pesadumbre; el ser responsable de segar de forma repentina la vida en un cuerpo que minutos antes estaba lleno de vida, es una tragedia real que a poca sensibilidad que se tenga se siente muy adentro. Los individuos que tienen el valor de matar a otro ser humano a sangre fría, tienen que ser unos desalmados y estar haciéndose lavados de cerebro permanentemente, pues a poca lucidez que se tenga, cuando se den cuenta de las barbaridades que han cometido, deberían sentir una desesperación y unos remordimientos sin límite.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe




domingo, 2 de julio de 2017

EL EQUILIBRIO HABITUAL ES MUY DIFÍCIL


Equilibrio.

Aquella tarde estaba triste, algo se había roto en mí. Sin saber por qué, fui encontrándome cada vez más apesadumbrado. Motivos aparentes, cercanos, recientes, no parecían de entidad; más lejanos en el tiempo y más profundos en el alma, probablemente muchos, pero no había sucedido nada que hiciera presumir que los hubiera desempolvado aun sin querer. Una vida cuando se lleva vivida, tiene mucho contenido acumulado y, entre ese contenido, hay mucho de negativo y doloroso.
Cuando pienso en esto me doy cuenta de que, en muchas ocasiones, tal vez, no son las circunstancias externas las que traen los momentos dolorosos, sino que están dentro de uno mismo, en nuestra forma de ser, en nuestra historia. Pero... ¿hemos podido ser de otra manera? Estamos acostumbrados a idealizar que nuestra trayectoria en la vida hubiera sido muy otra si no hubiera ocurrido tal o cual circunstancia, poniendo como argumento sólo nuestras posibles virtudes y los acontecimientos positivos. Sin embargo, debemos tener en cuenta, que somos no solo lo positivo que hay en nosotros, también lo negativo y, como tal, debemos aceptarlo, aunque esa parte nuestra sea la causa de que no hayamos llegado a cotas más altas de aceptación personal o de felicidad.
Probablemente, cuando llega esa tristeza inopinada, de aparente sinsentido, algo se ha removido en el fondo de nuestros sentimientos, de nuestros recuerdos o de nuestras frustraciones, que hace que revivamos de nuevo circunstancias que antes nos causaron dolor. Fue porque algo deseado no tuvimos o porque después de tenerlo lo perdimos; ese “algo” que nos produce infelicidad no suelen ser cosas materiales, sino más bien ideales o personas. La infelicidad siempre nace de la sensación de carencia de algo.
No todos los días estamos igual, los hay en que las mismas circunstancias nos pasan desapercibidas, y otros, sin embargo, tambalean nuestra estabilidad estímulos menos manifiestos. Somos frágiles e influyen en nosotros muchas circunstancias que no controlamos; incluso el tiempo, la temperatura y la presión atmosférica producen cambios que acusamos.
Básicamente, lo que más influye, es nuestra estructura psicológica conformada por nuestro código genético, y las circunstancias vividas en los primeros años que han condicionado nuestro desarrollo psicológico, y que han hecho que esas aptitudes o defectos gravados en nuestros genes hayan desarrollado o aminorado sus potencialidades. Después, en la edad adulta, cambiar radicalmente el trayecto tomado es laborioso. Otro factor son las circunstancias que nos toca vivir de adultos, que van a ponernos a prueba en muchas ocasiones, y a las que nos vamos a enfrentar con esa estructura que tenemos conformada.
Por eso, hay días en que me siento triste y no sé por qué, al menos no sé por qué, de repente, soy mucho más sensible a carencias o frustraciones que en otras ocasiones me parecía haber superado. Lo cierto es que, habitualmente, después de la tempestad viene la calma, y hace presumir que, a lo mejor mañana, será otro día y me encontraré de nuevo tranquilo y relajado, pero con la seguridad de que, tarde, o más bien temprano, aparecerá otro u otros días de tempestad.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Arraigos, melindres y acedías”.

domingo, 22 de enero de 2017

JUANITO. UN PACIENTE MAL INFORMADO

       
      Juanito era un hombre rubicundo, obeso, pequeño de estatura y de carácter abierto. Era alegre, dicharachero, amigo de sus amigos y tremendamente emprendedor. Cuando joven, hizo la mili en África y, al vestir el uniforme, empezó a ser patente para todos lo que hasta entonces sólo habían apreciado las personas de su círculo más íntimo. En los desfiles, llevaba el fusil como si fuera el palo de una fregona con la que fuese a hacer las tareas de la casa.
- Me estropeas todos los desfiles -le decía el sargento-. Visto desde atrás, mientras todos los cañones de los fusiles llevan un ritmo y un compás, el tuyo parece que va marcando un vals.
- Mi sargento -le decía Juanito-, lo hago lo mejor que sé, lo que pasa es que no me sale... no sé hacerlo de otra forma.
- Juanito... -proseguía el sargento- yo creo que eres mariquita, por no decir otra cosa, porque esos andares que sacas con el fusil al hombro, parecen andares de pasarela.
- A lo mejor tiene razón mi sargento, esto de las armas y de los militares nunca me ha gustado
El sargento un hombre mayor, a punto de jubilarse y pasado del ejército y de toda su parafernalia, entendía lo que le sucedía a Juanito.
- ¿Te gustan las mujeres? ¿Te gustaba jugar con muñecas cuando eras niño? -le preguntaba.
- La vedad es que me gustaba jugar con las muñecas de mis hermanas, pero yo creía que era porque siempre he estado rodeado de mujeres; mi madre se quedó viuda cuando yo era muy niño y me crié con ella y tres hermanas. Y respecto a las mujeres... las chicas, la verdad es que no me atraen demasiado. Me llaman más la atención los compañeros fuertes y musculosos, tal vez porque me gustaría parecerme a ellos.
- Juanito..., fijo que eres mariquita -le dijo el sargento-. En cuanto acabemos la instrucción te voy a poner en la cocina, allí se te notará menos.
Desde aquel momento, aunque antes lo había sospechado muchas veces, asumió que sus inclinaciones sexuales correspondían a su propio sexo, y si hasta entonces lo había reprimido o había barajado esa posibilidad con miedo, desde entonces lo asumió con la mayor naturalidad. Tuvo varios amantes, uno de ellos el sargento, y después de licenciarse, convivió con varias parejas diferentes.
Cuando tenía cuarenta años, estaba trabajando de censor de cuentas en una empresa de auditorías, y comenzó a encontrarse mal. En un principio no le dio demasiada importancia, pero los síntomas fueron en aumento y, enseguida, sospechó lo peor. La vida de crápula que había llevado, con una promiscuidad sexual en su caso manifiesta, la iba a pagar de la forma que desde los estamentos religiosos, les decían que era como una maldición divina para los de su condición: el SIDA. Fue al médico convencido de que estaba afectado por dicha enfermedad y, desde los primeros momentos de la entrevista, le dijo que era homosexual, antes de que el médico le preguntara nada. Don Servando, un médico joven, calvo y estirado, cuando Juanito le dijo que era gay le miró con frialdad y le pareció apreciar que con desprecio. Le pidió unos análisis y le citó una semana después para el resultado. Cuando acudió a la cita, Don Servando con un tono que parecía decepcionado, le dijo que no tenía SIDA, pero que tenía una anemia que había que estudiar, y que por eso le derivaba al internista del hospital.
Cuando le llegó la cita, habían pasado cuarenta días. En ese tiempo, Juanito había adelgazado ocho kilos, y tenía en el estómago molestias cada vez mayores. El médico le exploró y le dijo que era conveniente ingresarlo para completar estudio. Juanito le pidió que le explicara la causa de por qué debía ingresar; la única explicación fue, que era necesario estudiarlo para saber qué tenía. Le hicieron diversas pruebas: más análisis, gastroscopia, ecografía y escáner. Durante su ingreso nadie le decía nada, ni el porqué de las pruebas ni los resultados de ellas, a pesar de que él preguntaba con insistencia. Siempre le daban largas. Después de todos los estudios, un día entró el doctor y le dijo que era conveniente operarle del estómago porque tenía una úlcera peligrosa.
- ¿Qué quiere decir, “peligrosa” doctor, que tengo cáncer?
- ¡No, no es eso! Es una ulcerilla complicada que nos puede traer problemas -dijo el médico trasmitiendo que no existía excesiva gravedad.
- Doctor yo quiero saber la verdad -insistió Juanito-. He visto morir a compañeros míos y quiero saber a qué atenerme en cada momento.
- Usted debe confiar en nosotros le dijo el médico -dando la conversación por cerrada-.
Cuando salió de la habitación, llamó a las hermanas de Juanito y les dijo que tenía un cáncer de estómago de aspecto evolucionado y que iban a intentar operarle. Las hermanas insistieron en que no le dijeran nada, pues había sido siempre “muy blando” y se iba a derrumbar. La intervención fue un fracaso, pues cuando le abrieron pudieron comprobar que todo estaba invadido; no le pudieron hacer nada, sólo “abrir y cerrar”. Cuando les preguntó a los cirujanos qué tal había ido la intervención, le dijeron que bien, que había quedado muy bien, pero que era conveniente que llevara un tratamiento de quimioterapia para asegurar el resultado. Cuando Juanito vio que le pasaban a oncología y que iba a llevar tratamiento con quimioterapia, volvió a preguntar si tenía cáncer. Le dijeron que era una úlcera malignizada en uno de los bordes, pero que con la intervención y la quimioterapia iría todo bien.
 Al contrario de lo que le decían, se fue encontrando cada vez peor. Se le cayó el pelo. El verse así, le hacía sufrir mucho. Cada vez que se miraba en el espejo se deprimía, por una parte, por el aspecto tan deplorable que tenía, pero sobre todo porque había perdido aquella melena rizada de la que se sentía tan orgulloso. Tenía intensos dolores que no llegaban a calmar con los medicamentos que le administraban. Se fue deteriorando cada vez más. Se sentía aislado, no podía hablar con nadie de sus inquietudes y de sus miedos; sospechaba que le estaban engañando, aunque a veces, le surgía la esperanza, diciéndose a sí mismo que era mal pensado, que seguramente le estaban diciendo la verdad y que debía tener más paciencia.
Los síntomas fueron cada vez a más y llegó un momento en que se dio cuenta de que se moría. Pensó que no merecía ya la pena hablar del tema ni con los médicos ni con sus hermanas. Únicamente se volvió todavía menos locuaz; tenía claro que no se podía comunicar con la gente que le rodeaba y decidió seguirles el juego. Cuando le decían que tenía que tener paciencia, que el proceso era lento y que se pondría bien, asentía convencido de lo contrario. Murió en el hospital. Los últimos días fueron de unos dolores insoportables que no acertaban a calmar suficientemente; bueno... más bien ponían poco interés en calmarle, al fin y al cabo, era un paciente terminal y no había nada que hacer. Seguramente el que fuera homosexual hizo sentir a algún sanitario que se lo tenía merecido. La noche que falleció se había quedado sólo, como casi todas; sus hermanas tenían su familia y no podían quedarse a cuidarle durante la noche. Cuando entró la enfermera de madrugada a dar vuelta le encontró muerto, ya frío.

Juanito tuvo una información deficiente, engañosa y casi nula, de la que los médicos y sus hermanas fueron cómplices. La actitud de las hermanas, es frecuente en los familiares de los pacientes terminales en un intento de acallar su propia angustia. En los médicos que le atendieron, es imperdonable; debían haberle informado del diagnóstico, mucho más, teniendo en cuenta que Juanito lo demandó. Tenía derecho a saber que no se le había podido operar, tenía derecho a saber si la quimioterapia le iba a ofrecer algo o sólo sufrimientos, como así fue. Tenía, además, derecho a que le calmaran los dolores, a no sentirse sólo en los momentos finales, a poder comunicarse. Hay casos similares al de Juanito, aunque cada vez menos.
Estos casos felizmente hoy son raros. Hace años se daban con frecuencia. Hoy los sanitarios tienden a informar a sus pacientes con veracidad, aunque depende quien, no con delicadeza. También los protocolos de tratamiento del dolor y la sedación han mejorado mucho la calidad de vida en la fase terminal. También, felizmente, la condición sexual no es una circunstancia negativa para la mayoría de los sanitarios.
De mi libro “El paciente terminal y sus vivencias”. Edt. SalTerrae.

jueves, 5 de enero de 2017

EL SUFRIMIENTO

EL SUFRIMIENTO

Es una palabra con un significado especial, no fácil de definir. Es un concepto que trata de trasmitir una vivencia profunda y compleja. Se trata de un intenso malestar que afecta a todo el ser. No es solo dolor físico, ni solo tristeza, ni solo angustia, ni ansiedad. Es un disconfort intenso que suele ser también físico, pero que fundamentalmente es psicológico y que afecta a los resortes sensitivos más profundos de la persona. La característica y el matiz especial y fundamental es: que es sin esperanza. Además, no sirve para nada, “no tiene ningún fin”. El dolor de un postoperatorio, aunque intenso, se sabe que pasará y que en todo caso es algo temporal para llegar a un bien, que es la finalidad para la que ha sido programada la intervención. Incluso, es algo admitido por la mayoría: todavía nos encontramos muchos enfermos que cuando les explicamos de una exploración que va a ser molesta e incluso dolorosa, nos dicen, “para hacer un bien hay que hacer un mal”.
El prototipo de sufrimiento es el que se da en el paciente terminal: dolor físico, dolor psicológico y la seguridad de la muerte próxima. También se pueden catalogar de sufrimiento los padecimientos en el síndrome depresivo grave, en el que paciente siente una tristeza inmensa; en ocasiones percibe síntomas físicos que pueden semejarse a los del terminal, no tiene ninguna perspectiva de futuro, le da igual morir, incluso un diez por ciento de ellos se suicidan. La diferencia radica en que las depresiones no siempre son graves como para presentar toda la sintomatología referida y, además, en que existen medicaciones muy eficaces que conducen a la curación, y en poco tiempo las expectativas y los esquemas pueden cambiar radicalmente. También se experimenta sufrimiento cuando se acompaña a un ser querido durante la enfermedad terminal en su camino hacia la muerte. En el paciente terminal la “no esperanza” lo domina todo, y además de soportar los padecimientos físicos, están sumidos en un estado de desánimo reactivo a su situación: dolores, proximidad de la muerte, apartarse de sus seres queridos... La no-solución lo invade todo.
La representación gráfica del sufrimiento, podría ser la imagen de un ser humano encorvado por la imposibilidad de soportar el peso de la situación, ante un horizonte infinito, anocheciendo, con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos caídos y rodeado de una total soledad. El sufrimiento no tiene foco, afecta a todo el ser, se sufre en conjunto, físicamente y psicológicamente, siendo imposible de discernir. Si se intenta calmar sólo el dolor físico, lo habitual es que no se consiga; en todo caso puede aparecer el sopor y tal vez el sueño por agotamiento; es necesario influir también en la vertiente psicológica para mejorar su situación.
El sufrimiento en ocasiones es fuente de enseñanza. En la antigüedad la gente sabía que, a veces, nuestras lecciones más importantes se hallan en los momentos de mayor sufrimiento. Lo que no quiere decir que haya que buscarlo o regodearse en el. Hay que evitarlo… pero no siempre se puede. Hay hechos en nuestra vida que escapan a nuestro control y producen sufrimiento. En esos momentos, en ocasiones, se descubren aspectos en nosotros o en los demás, que nunca hubiéramos descubierto sin esa circunstancia. Escribe Kübler-Ross  “Cuando nos enfrentamos a lo peor que nos puede ocurrir en cualquier situación, crecemos. En lo más terrible de las circunstancias, descubrimos lo mejor que hay en nosotros. Cuando damos con el verdadero significado de estas lecciones, descubrimos también vidas felices, llenas de sentido. No perfectas, pero auténticas. Podemos vivir la vida profundamente... Cuando se observa a los que luchan contra la enfermedad se percibe claramente que, para ver quienes somos, debemos deshacernos de todo lo que no es autenticamente nosotros”. El sufrimiento en el paciente terminal es alienante, y la actitud de los sanitarios debe ser intentar calmarlo y controlarlo. Fundamental, la relación humana de acompañamiento...
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. SalTerrae.






domingo, 6 de marzo de 2016

LA MUERTE

La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo” Edt. Salterrae







[2]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.

lunes, 25 de mayo de 2015

EL SUFRIMIENTO.

EL SUFRIMIENTO
Ángel Cornago Sánchez

Es una palabra con un significado especial, no fácil de definir. Es un concepto que trata de trasmitir una vivencia profunda y compleja. Se trata de un intenso malestar que afecta a todo el ser. No es solo dolor físico, ni solo tristeza,  ni solo angustia ni ansiedad. Es un disconfort intenso que suele ser también físico, pero que fundamentalmente es psicológico y que afecta a los resortes sensitivos más profundos de la persona. La característica y el matiz especial y fundamental es: que es sin esperanza. Además, no sirve para nada, “no tiene ningún fin”. El dolor de un postoperatorio, aunque intenso, se sabe que pasará y que en todo caso es algo temporal para llegar a un bien, que es la finalidad para la que ha sido programada la intervención. Incluso, es algo admitido por la mayoría: todavía nos encontramos muchos enfermos que cuando les explicamos de una exploración que va a ser molesta e incluso dolorosa, nos dicen, “para hacer un bien hay que hacer un mal”. Cassel define el sufrimiento como “el estado de malestar inducido por la amenaza de la pérdida de integridad o desintegración de la persona, con independencia de su causa”. Chapman y Cravin definen el sufrimiento como “un estado afectivo, cognitivo y negativo complejo, caracterizado por la sensación que experimenta la persona de encontrarse amenazada en su integridad, por su sentimiento de impotencia para hacer frente a esta amenaza y por el agotamiento de los recursos personales y psicosociales que le permitirían afrontarla”[i]. En ambos casos incluyen “la amenaza” como causa de sufrimiento. Considero que “la amenaza” no es la causa fundamental de lo que estamos considerando como “sufrimiento”, sino que su característica principal es “la falta de esperanza”, sin ver salida de ningún tipo. La amenaza incluye por sí misma la posibilidad de que no se lleve a cabo y por tanto de cierta esperanza. Podrá provocar angustia, intenso estrés, pero no sufrimiento, según el concepto referido. Además de la falta de esperanza, va acompañado de sensación de indefensión, de imposibilidad de hacer frente a todo lo que se avecina. En todo caso, la sensación es subjetiva.
El prototipo de sufrimiento es el que se da en el paciente terminal: dolor físico, dolor psicológico y la seguridad de la muerte próxima. También se pueden catalogar de sufrimiento los padecimientos en el síndrome depresivo grave, en el que paciente siente una tristeza inmensa; en ocasiones percibe síntomas físicos que pueden semejarse a los del terminal, no tiene ninguna perspectiva de futuro, le da igual morir, incluso un diez por ciento de ellos se suicidan. La diferencia radica en que las depresiones no siempre son graves como para presentar toda la sintomatología referida y, además, en que existen medicaciones muy eficaces que conducen a la curación, y en poco tiempo las expectativas y los esquemas pueden cambiar radicalmente. También se experimenta sufrimiento cuando se acompaña a un ser querido durante la enfermedad terminal en su camino hacia la muerte. En el paciente terminal la “no esperanza” lo domina todo y además de soportar los padecimientos físicos, están sumidos en un estado de desánimo reactivo a su situación: dolores, proximidad de la muerte, apartarse de sus seres queridos... La no-solución lo invade todo.
La representación gráfica del sufrimiento, podría ser la imagen de un ser humano encorvado por la imposibilidad de soportar el peso de la situación, ante un horizonte infinito, anocheciendo, con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos caídos y rodeado de una total soledad. El sufrimiento no tiene foco, afecta a todo el ser, se sufre en conjunto, físicamente y psicológicamente, siendo imposible de discernir. Si se intenta calmar sólo el dolor físico, lo habitual es que no se consiga; en todo caso puede aparecer el sopor y tal vez el sueño por agotamiento; es necesario influir también en la vertiente psicológica para mejorar su situación.
El sufrimiento en ocasiones es fuente de enseñanza. En la antigüedad la gente sabía que, a veces, nuestras lecciones más importantes se hallan en los momentos de mayor sufrimiento[ii]. Lo que no quiere decir que haya que buscarlo o regodearse en el. Hay que evitarlo… pero no siempre se puede. Hay hechos en nuestra vida que escapan a nuestro control y producen sufrimiento. En esos momentos, en ocasiones, se descubren aspectos en nosotros o en los demás, que nunca hubiéramos descubierto sin esa circunstancia. Escribe Kübler-Ross [iii] “Cuando nos enfrentamos a lo peor que nos puede ocurrir en cualquier situación, crecemos. En lo más terrible de las circunstancias, descubrimos lo mejor que hay en nosotros. Cuando damos con el verdadero significado de estas lecciones, descubrimos también vidas felices, llenas de sentido. No perfectas, pero auténticas. Podemos vivir la vida profundamente... Cuando se observa a los que luchan contra la enfermedad se percibe claramente que, para ver quienes somos, debemos deshacernos de todo lo que no es auténticamente nosotros”. El sufrimiento en el paciente terminal es alienante, y la actitud de los sanitarios debe ser intentar calmarlo o paliarlo.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro, "El paciente terminal y sus vivencias". Edit. SalTerrae



[i] Citados por Bayes. Psicología del sufrimiento y de la muerte. Martinez Roca 2001. p: 58 y 60
[ii] Kübler-Ross.. Kessler D. “Lecciones de vida”. Edc: Luciérnaga. Barcelona 2001 p: 17
[iii]  Kubler Ross. Lecciones de vida...      p:26, 27

lunes, 18 de mayo de 2015

LO PSICOSOMÁTICO, UNA FORMA DE ENFERMAR.

.LO PSICOSOMÁTICO, UNA FORMA DE ENFERMAR.

Ángel Cornago Sánchez

Dentro de las causas que provocan enfermedad,  unas son muy concretas, otras, aunque desconocidas, nadie duda de que el paciente está enfermo por los síntomas y lesiones que presenta, pero existen otras, en las que ni los síntomas tienen entidad clínica, ni se acompañan de alteraciones demostrables. Me parece importante resaltar esta forma de enfermar. En la práctica clínica nos encontramos, con frecuencia, después de diversos y a veces numerosos estudios, con el diagnóstico de enfermedad psicosomática.
Tienen como característica: a) El ser de difícil diagnóstico, al que generalmente se llega por exclusión de un trastorno orgánico después de múltiples exploraciones. b) El ser consideradas por los médicos como de poca entidad, a pesar de que hacen sufrir mucho a los pacientes. c) Éstos a su vez, a menudo, las identifican con “no tener nada”, tal vez por falta de las adecuadas explicaciones; en consecuencia, se sienten incomprendidos al no encontrar justificación a sus síntomas. d) Además, son de tratamiento difícil.
Existen discrepancias sobre el concepto de enfermedad psicosomática: desde los que consideran que enfermedades psicosomáticas son todas, ya que cuando el ser humano enferma lo hace de forma unitaria, sufriendo su psique y su soma, hasta los que consideran, en mi opinión erróneamente, que estas enfermedades son imaginarias. Habitualmente entendemos por tales, aquellas que se manifiestan por síntomas que son vividos como físicos pero cuya causa es psicológica. Esta situación, mantenida, según muchos autores puede llegar a ocasionar lesiones orgánicas.
Tienen como características más importantes: 1) Que son muy frecuentes. 2) Que se manifiestan por síntomas físicos sin poder demostrar una alteración estructural o bioquímica que los justifique. 3) Que se acompañan de trastornos psicológicos a veces muy difíciles de verificar. 4) Que generalmente el paciente no es consciente de que padece un problema psicológico sino físico, por lo que acude al especialista organicista correspondiente.
 Los propios pacientes se niegan frecuentemente a admitir una causa psicológica, pues la somatización, al fin y al cabo, es un mecanismo de defensa. Produce menos sufrimiento presentar un dolor pseudorgánico, que enfrentarse a un conflicto psicológico de difícil solución.
La incidencia es alta.  Según A. Haynal.- W. Pasini[i]: Del 20 al 50 % de las consultas de un médico de medicina general o de un especialista en Medicina Interna son pacientes psicosomáticos. Según la O.M.S., el 10 % de los pacientes que se ven en las consultas de Medicina General, son enfermos depresivos; esta proporción parece ir en aumento. Sólo un 5-10% de los problemas de salud mental, son vistos por especialistas (psicólogos o psiquiatras.) El resto acude al médico de Medicina General o recibe ayuda profana (Guimon 1983.)
Vemos pues, la gran proporción de enfermos con trastornos vividos como físicos cuya causa es psicológica, que acuden a pedir ayuda a profesionales sólo preparados en medicina orgánica y que, en general, no son capaces de tratarlos de forma eficaz.
Debemos dejar claro que tanto el trastorno psicosomático “se siente”: el paciente no se imagina los síntomas, sino que los percibe del mismo modo que los orgánicos. Las lesiones de las estructuras son las que diagnosticamos con cierta facilidad, teniendo muchos más problemas para diagnosticar las enfermedades psicosomáticas.
También es cierto que, a veces,  enfermedades graves se pueden manifestar al principio por síntomas psicológicos. En la práctica clínica es muy importante hacer una muy buena medicina orgánica, con buena preparación de los profesionales utilizando los medios diagnósticos necesarios, teniendo en cuenta las vivencias psicológicas del paciente y teniendo empatía y comprensión con sus vivencias y sus temores. En toda enfermedad, aunque sea fundamentalmente orgánica, hay un componente psicológico que los sanitarios no debemos dejar de valorar y tratar.
enfermedad psicosomática
Es un somero acercamiento al tema.


Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Comprender al enfermo” Ed. SalTerrae