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miércoles, 26 de julio de 2017

REFLEXIONES SOBRE LA TOLERANCIA

           Breves reflexiones sobre la tolerancia

Tolerancia, es una actitud, una obligación moral que, como ciudadanos de un mundo plural, debemos tener con las personas que piensan de forma distinta, tienen distintas costumbres, distinta cultura, lengua, religión, etc. Cuando hablamos de tolerancia, estamos dando por hecho, que es algo que aceptamos voluntariamente, que lo hacemos como un acto positivo, voluntario, aunque sujeto al imperativo moral de respeto a la diversidad.
La tolerancia es fundamental para vivir en cualquier situación. Nace de la necesidad que tenemos como seres individuales, y al mismo tiempo sociales que precisamos convivir en paz, sobre todo en este mundo globalizado donde las idiosincrasias son tan diversas. La tolerancia siempre es imprescindible para convivir, ya sea en la familia, en un grupo social, en el trabajo, etc. Debe ser una actitud en la vida, reflexiva, razonada, que no está reñida con tener convicciones firmes y defenderlas. No hay que razonar mucho para entender que todos los seres humanos independientemente de su raza, lengua, color de su piel, etc. merecemos el mismo respeto; conceptualmente nadie es más que nadie.
¿Dónde están los límites de la tolerancia? Considero que, en no aceptar a los intolerantes, a los que no respetan la pluralidad, a los que quieren manejarnos para sus fines. A los que no respetan las reglas tácitas de convivencia, a los que no respetan las leyes que nos hemos dado. Ese clima de tolerancia, sana psicológicamente, humanamente, socialmente, hay que defenderla con uñas y dientes contra los que tratan de romperla para imponernos sus opiniones, sus leyes, sus costumbres. Estas actitudes son conceptualmente fascistas, se tiñan con el color que se tiñan.
Hay métodos solapados de manejo de opiniones, de imposición de ideas y de criterios, de decisiones, cuyo fondo es igualmente totalitario. Este tipo de poderes, no las imponen por la fuerza porque las reglas de juego democrático se lo impiden. Con este tipo de gente, ni un paso atrás. En este tiempo, hay muchos fascistas disfrazados de “corderos”.
Ángel Cornago Sánchez

jueves, 22 de junio de 2017

BREVES REFLEXIONES SOBRE LA TOLERANCIA

         TOLERANCIA

Tolerancia, es una actitud, una obligación moral que, como ciudadanos de un mundo plural, debemos tener con las personas que piensan de forma distinta, tienen distintas costumbres, distinta cultura, lengua, religión, etc. Cuando hablamos de tolerancia, estamos dando por hecho, que es algo que aceptamos voluntariamente, que lo hacemos como un acto positivo, voluntario, aunque sujeto al imperativo moral de respeto a la diversidad.
Obligación no es lo mismo que tolerancia, aunque a veces coinciden. De las obligaciones no nos podemos evadir; como son el respeto a la vida de los otros, a su intimidad, etc. Las recogen las leyes.
La tolerancia es fundamental para vivir en cualquier situación. Nace de la necesidad que tenemos como seres individuales, y al mismo tiempo sociales que precisamos convivir en paz, sobre todo en este mundo globalizado donde las idiosincrasias son tan diversas. La tolerancia siempre es imprescindible para convivir, ya sea en la familia, en un grupo social, en el trabajo, etc.Tolerancia Debe ser una actitud en la vida, reflexiva, razonada, que no está reñida con tener convicciones firmes y defenderlas. No hay que razonar mucho para entender que todos los seres humanos independientemente de su raza, lengua, color de su piel, etc. merecemos el mismo respeto; conceptualmente nadie es más que nadie. Puede que la opinión social dominante no lo haga y se deje llevar por vericuetos perversos, pero es algo que la gente de bien debemos defender.
¿Dónde están los límites de la tolerancia? Considero que, en no aceptar a los intolerantes, a los que no respetan la pluralidad, a los que quieren manejarnos para sus fines. A los que no respetan las reglas tácitas de convivencia, a los que no respetan las leyes que nos hemos dado. Ese clima de tolerancia, sana psicológicamente, humanamente, socialmente, hay que defenderla con uñas y dientes contra los que tratan de romperla para imponernos sus opiniones, sus leyes, sus costumbres. Estas actitudes son conceptualmente fascistas, se tiñan con el color que se tiñan.
También, hay métodos solapados de manejo de opiniones, de imposición de ideas y de criterios, de decisiones, cuyo fondo es igualmente totalitario. Este tipo de poderes, no las imponen por la fuerza, porque las reglas de juego democrático se lo impiden. Con este tipo de gente, ni un paso atrás. En este tiempo, hay muchos totalitarios disfrazados de “corderos”.

Ángel Cornago Sánchez



viernes, 24 de abril de 2015

LA GENERACIÓN DE LAS POSGUERRA

LA GENERACIÓN DE LAS POSGUERRA 
Ángel Cornago Sánchez
“Los que no vivimos la guerra civil y nacimos en los años posteriores a su terminación,  hemos sido una generación marcada por intensos cambios, tanto a nivel político, como religiosos y humanos. Fuimos educados en unas estrictas y puritanas reglas morales, en unas verdades religiosas incuestionables y en unas ideas políticas de verdades absolutas; luego, en nuestra evolución posterior, tuvimos que recomponer, cuando no destruir, todo el andamiaje con que nos habían formado para, en el mejor de los casos, construir otro que nos sirviera, con lo traumático que todo el proceso conlleva, quedando no pocas veces, mucho tiempo a la deriva, y algunos tal vez para siempre.
Nuestros padres casi todos hicieron la guerra en un bando o en otro, la mayoría sin elegirlo, y en general, los que nacimos de los que no tuvieron problemas de exilio ni de clandestinidad, habían pertenecido al bando nacional donde habían luchado de forma más o menos entusiasta. En los años posteriores unos se sentían vencedores y se comportaban con la arrogancia de tales, sabiéndose en posesión de un poder que creían haberse ganado. Otros trataban de olvidar a toda costa los años pasados y de reintegrarse a la vida civil. Los críticos con el régimen, o estaban en la clandestinidad, o se cuidaban mucho de hablar en público y casi ni en privado de sus ideas. Fue una página trágica de nuestra historia que había que olvidar lo más rápido posible. Había otros que habían perdido familiares en el frente para los que el olvido era doloroso y nada fácil. Por último había no pocos que habían perdido familiares directos fusilados en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, para los que el olvido era casi imposible.
Las mujeres habían vivido las mismas sensaciones, pero en la retaguardia con menos implicación política que los hombres, pero sufriendo por padres, hermanos y familiares en el frente y con las mismas sensaciones de dolor y de rencores.
Estos fueron nuestros padres, hombres y mujeres que les había tocado vivir un momento histórico trágico que, de alguna forma, se iba a reflejar en nosotros como hijos. A todos les había tocado vivir una situación límite, unos en las trincheras y otros en la retaguardia, y como toda situación límite les había puesto a prueba y les había marcado para siempre. Muchos, al menos en su fuero interno, sabían si  eran héroes, cobardes o culpables, y esta vivencia no la iban a olvidar en toda su vida. De alguna forma, todos íbamos a participar de aquella experiencia que iba a conformar nuestra forma de ser, pues mi generación vivimos nuestra infancia en los años posteriores a la guerra cuando las actitudes estaban todavía vigentes y las heridas abiertas.
Aprendimos a vivir silencios y cuchicheos en torno a determinados temas que no entendíamos, a adivinar tragedias o noticias preocupantes mirando a las caras de nuestros padres cuando daban en la radio las noticias en el parte de las dos y media, a tenerle miedo a la autoridad representada en los uniformes, y sobre todo a la guardia civil, a mirar con recelo a determinadas personas que según decían de forma muy queda habían ejecutado a gente en la carretera, a comer pan negro, a las cartillas de racionamiento, a tomar leche aguada.
A los muchachos nos inculcaron que había que ser muy machos, no había que llorar, todo lo que sonase a sensibilidad sonaba a mariconería; a muchos padres no les importaba que sus hijos bebiesen alcohol o fumasen, pues era un signo de hombría, lo mismo que el irse de putas o ser mujeriego. Las mujeres sin embargo debían de ser pías, a poder ser “hijas de María”, vírgenes hasta el matrimonio, aunque fuesen imbéciles en otros aspectos de su personalidad, a poder ser sin experiencias sentimentales previas y lo más sumisas al servicio del hombre.
Esto fue lo que conformó nuestras primeras experiencias infantiles, lo que formó nuestro andamiaje psicológico. Luego vino la reacción individual a todo aquello, el oír radio España Independiente o radio París de noche con muchas interferencias, pero nos enterábamos de otro mundo que a nosotros nos estaba vedado; las primeras reuniones clandestinas para conspirar, las primeras manifestaciones en la universidad, y en general un proceso de concienciación que no hubiéramos tenido sin nuestro pasado histórico.
Nuestra generación tuvo como circunstancias positivas el que fuimos educados en la exigencia y en el esfuerzo, necesario para cualquier empresa que se pretenda; tanto los que nos dedicamos a estudiar como los que lo hicieron a trabajar, sabíamos que había que hacerlo con ahínco. Estábamos deseando independizarnos de nuestros padres, tener nuestra autonomía y nuestra libertad.
Como reacción al sistema político que vivimos, creímos en unos ideales que muchas veces antepusimos a los materiales, aunque posteriormente nos hayan decepcionado, no los ideales en sí, sino las personas que se han erigido en portadoras; eso nos ha llevado a ser mucho más realistas e incluso escépticos.
Fue una educación poco humana, rígida, extremista, totalitaria; la forma de enjuiciar las cosas, bueno-malo, blanco-negro, poder-sumisión, nos marcó tal vez para siempre y nos hizo ver la vida desde perspectivas extremas: virtud-pecado, triunfo-fracaso, belleza-fealdad, juventud-vejez… La educación religiosa llena de pecados e hipocresías, tan poco humana, tan poco social; la Iglesia estaba con los ricos y con los poderosos; era más grave un pensamiento lujurioso que no ser solidario o ser injusto con los semejantes. Esta educación, centrada en el sexto mandamiento, era mucho más estricta y machacona en los seminarios, donde muchos ante la falta de recursos y el deseo de salir de la pobreza, tuvieron que ingresar para poder estudiar, a costa de ceder sus conciencias, desde muy jóvenes, a censores que las moldearon en aras a unos valores religiosos, que resultaron inhumanos, puritanos y muchos de ellos falsos. Por estos planteamientos aprendidos en la niñez, muchos nos pasamos la adolescencia, la juventud  y tal vez gran parte de la vida, luchando con y contra nuestras fantasías, contra nuestras limitaciones, en definitiva intentando desmontar el andamiaje psicológico que nos habían montado en la niñez y en la adolescencia.

Algunos, como mi amigo Juan, e incluso en algunos aspectos yo mismo, nunca lo conseguimos”.
Ángel Cornago Sánchez. Prólogo de mi novela: "Las sombras de la luna"