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sábado, 3 de noviembre de 2018

UN DÍA CUALQUIERA

lo cotidiano
UN DÍA CUALQUIERA

Cuando nos levantamos de la cama por las mañanas, es difícil que lo primero que percibamos sea sensación de bienestar. Lo normal es que nos sintamos somnolientos, con el cuerpo entumecido y con cierta resistencia a comenzar el nuevo día, cuando no, de mal humor. La reconfortante ducha y el café del desayuno, nos ponen en la tensión suficiente para afrontar el nuevo día con sus retos. Es la vida cotidiana, la que se presenta ante nosotros una jornada tras otra. Esporádicamente, habrá hechos puntuales que otorgarán a ese día un significado especial y nos producirán vivencias singulares, pero lo habitual, serán vivencias más o menos universales y rutinarias llevadas de forma subjetiva.
Los ámbitos en que nos desenvolvemos cada día, son para la mayoría de las personas los mismos: la familia, el trabajo, las aficiones…también lo sugerentemente prohibido (no me refiero a lo ilegal). En esos marcos nos vamos a sentir: vulnerables ante muchas circunstancias, reforzados y fuertes ante otras, felices, desgraciados, enamorados, traicionados, sujetos a poderes, ostentando poder, aunque solo sea sobre nuestros hijos. Nos vamos a sentir con salud, enfermos, vamos a sentir admiración, envidia, amor, odio... Nos vamos a sentir tristes o vamos a reír a carcajadas. Vamos a no creer en el más allá o vamos a buscar nuestra trascendencia en momentos de crisis.
De este mar de sensaciones, vamos a sentir probablemente todas en algún momento de nuestra vida, muchas de forma frecuente, la mayoría de forma cotidiana. Van a dominar más unas u otras, dependiendo de nuestra estructura psicológica potenciada por la educación sobre todo en la infancia. Después van a influir de forma determinante las circunstancias, que parte van a ser debidas al azar, pero otras las habremos buscado mas o menos conscientemente, dependiendofelicidad en definitiva, también, de nuestra forma de ser.
Después, durante nuestra vida, la forma de enfrentarnos a todo lo que nos toca vivir, las vivencias y las enseñanzas, junto con la reflexión, va hacer que vayamos acumulando un bagaje que con los años nos permita ser expertos en “pragmática de la vida”, y que tal vez permita que nos sintamos cada vez, si no más felices, más equilibrados, si hemos sabido asimilar y aceptar las circunstancias vividas, el proceso de declive y envejecimiento.

Ángel Cornago Sánchez. Reservados derechos
Fotografía: canal de Castilla


viernes, 12 de octubre de 2018

BREVE REFLEXIÓN SOBRE CONOCIMIENTO Y FELICIDAD



Cuando me refiero a intelectualización, aludo al cultivo de la mente, pero fuera del aprendizaje obligatorio de la escuela o de la universidad; fuera de los conocimientos meramente técnicos de las profesiones, que pueden establecer las bases, si no de la búsqueda individual de nuevas respuestas, de progresar en lo ya aprendido y experimentado, basado en una cultura humanista. También, como ciudadano comprometido y responsable, rastreando respuestas a los problemas del entorno social, a preguntas existenciales.
Puede ser la búsqueda del investigador; del artista; del profesional vocacional; del ciudadano que cultiva las artes, la técnica, las ciencias o, incluso, una afición, pero no como mero entretenimiento, sino como disfrute en busca de nuevos registros, con sosiego. «El artista ha sido siempre inquieto y apasionado, pero paciente. La paciencia es, como la valentía, una actitud indispensable para la actividad creadora».[1]
No es preciso que sean descubrimientos nuevos ni importantes para la sociedad, basta que lo sean para cada cual, y que con eso el individuo se sienta satisfecho.
Si busca el reconocimiento del entorno, el tema tiene otros matices. A veces podrá ser, pero otras no. Lo mejor es que no esté sujeto a esta circunstancia; aunque, en determinadas actividades, por ejemplo en las artes, se precisa el mensaje de retorno. La felicidad que produce es de alto rango.  No se trata de llegar a una meta, sino el cultivo en sí. Produce etapas muy frecuentes de lo que Seligman llama fluidez, es decir, de estados de conciencia en que no se es consciente de que el tiempo transcurre.
La meditación desde la espiritualidad, o desde la religión, es otro camino para conseguirlo. Lo hacen el budismo, el cristianismo, los yoguis, y cualquier persona en busca de su individualidad.
El registro está fuera de los conocimientos técnicos. Se puede ser titulado en una carrera universitaria, y ser un buen técnico, pero ser analfabeto funcional en temas que atañen a las relaciones humanas o al humanismo en general. (humanismoespiritualidad)



[1] MARINA, J. A., Ética para náufragos, Anagrama, 1995, p.182 


Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro "Salud y felicidad" Edt. SalTerrae.
Fofografía. Ángel Cornago.


lunes, 23 de julio de 2018

PROYECTO DE VIDA Y FELICIDAD (Resumen)


            PROYECTO DE VIDA Y FELICIDAD

No tiene relación, necesariamente, con la religión, ni tampoco con la trascendencia. En este caso se trata de «vivir por algo». Tener un objetivo que justifique la trayectoria en la vida. Puede ser el caso de las profesiones vocacionales, como la medicina, la judicatura, la escritura o el arte en cualquier rama, la educación, la de los científicos e investigadores, u otro trabajo que se intente hacer con la máxima calidad. A veces en determinados es difícil por el tipo de ocupación u otras circunstancias, pero hay que intentar, al memos, hacer el "trabajo bien hecho". Y también objetivos individuales, que no necesariamente tengan que ser profesionales o de trabajo como: aficiones, pertenencias a grupos de carácter lúdico, altruistas, etcétera, o cualquier otro que haga sentir la vida plena. Escribe J.A. Marina: «Quien no aspira a nada nunca puede ser defraudado […] La carencia de deseos nos lleva a la abulia. La proliferación de deseos a la insatisfacción permanente».[1]
Por sí mismos estos proyectos de vida son capaces de compensar muchas infelicidades, y de conseguir mucha felicidad; y en todo caso de darle sentido a la existencia. Hay otros muchos factores que influyen en la felicidad.
De mi libro "Salud y felicidad". Edt. SalTerrae


[1] MARINA, J.A., El laberinto sentimental, Anagrama, 1996, p.224.

lunes, 12 de febrero de 2018

LUCHA POR LA SUPERVIVENCIA Y FELICIDAD (APUNTES)

PROCESO DE SUPERVIVENCIA Y FELICIDAD (APUNTES)
Las motivaciones, que en un principio eran la subsistencia, tal vez la defensa o el conocimiento, se tornaron con el tiempo en sed de dominio, de conquista, de poder. Se pasó de la lucha por lo necesario, que producía felicidad con cada logro, a la lucha por lo superfluo, por privilegios, objetivos contaminados por egoísmos, avaricias. Para conseguirlos, se utilizó el engaño, sobre todo con los más vulnerables, la violencia, el manejo, la mentira, etc. En definitiva, se tornó a un sistema, en que ni los objetivos ni los medios empleados producen felicidad, antes al contrario, suelen ocasionar infelicidad y mala conciencia a la larga. Eran grupos minoritarios que, en general, lograban sus fines, a veces en competencia con grupos similares.
Para recrear y analizar el camino, debemos imaginarnos el escenario que le tocó vivir al hombre primitivo. En una primera fase, si escasea lo necesario, la lucha es salvaje, incluso fratricida. El primer objetivo es la subsistencia. Si la escasez no es importante, y tampoco vislumbramos la posibilidad de distinguirnos, de acaparar, de conseguir poder, somos solidarios; nos ayudamos mutuamente para sobrevivir, que es el objetivo primero. Una vez conseguido lo preciso, si percibimos la posibilidad de tener más, de asegurar el futuro, comenzamos a disiparnos por otros intereses cuya posesión nos van hacer singulares; nos vamos a poder distinguir de los otros y crearnos un estatus que podamos "enseñar". Ser más o tener más, y algunos, también dominar. En general, dejaremos de ser solidarios, y lucharemos por bienes superfluos. «En los animales sociales buena parte de los incidentes cotidianos dependen de la lucha por el estatus».[1]
El grupo más numeroso se dejará llevar por los que se han aupado a lugares de privilegio, los cuales emplearan medios de engaño, la manipulación, incluso la fuerza. Unos van a conseguir poder, privilegios, manejando y explotando al resto. Los otros se van a dejar arrastrar, creyendo que asumen su destino y que no hay otras alternativas. Son la mayoría, generalmente poco concienciada, resignada.
 Algunos de los sometidos, más concienciados, van a organizarse para hacer frente a los dominadores –tarea dura y complicada que obliga, en no pocas ocasiones, para ser eficaces, a renunciar a sus principios, si es que alguna vez los tuvieron–. Se van a contaminar con métodos e intereses también inmorales, por motivos similares en el fondo, a los que pretender suplantar; pero en este caso bajo el lema de: «el fin justifica los medios». En un proceso de degradación y, con el tiempo, pueden ser capaces de acciones tan deleznables como los dominantes. En teoría es un proceso justo, pero la dificultad de conseguir sus fines y, en muchos casos, dirigidos por líderes mesiánicos, que caen en los mismos métodos y errores que los que intentan combatir, llevan a nuevos sufrimientos a los históricamente sometidos, a la mayoría silenciosa, que seguirán siendo «carne de cañón», dejándose arrastrar por unos u otros. Fernando Arrabal, con agudo análisis, escribe: «¡Qué droga el poder! A medida que pasan los años, los que gobiernan (aunque solo sea una federación), se vuelven escépticos y dedican toda su energía a permanecer en el puesto. ¡Cómo eliminan a los opuestos! ¡Con qué saña persiguen a los candidatos a la sucesión! Pero Séneca dijo a Nerón: ‘Cualquiera que sea el número de personas que mates, tu sucesor no estará entre ellos’».[2]
Por el contrario, habrá un grupo de visionarios que se preocupará de seguir siendo solidarios; de cultivar las relaciones humanas, la espiritualidad; de organizar una sociedad justa; de potenciar una educación en valores. Son el grupo que se adapta lo suficiente para vivir, sin ceder, con sentido crítico, librepensamiento, rigor y honradez intelectual, ejerciendo la consecuencia, con la vista puesta en cambiar la sociedad; que lucha sin quemarse, porque sabe que la eficacia está en el grano de arena que pueden aportar unido a otros similares para cambiar el mundo. En definitiva, a puro de conseguir muchas personas honradas y con contenido. Como dice F. Savater: «La tarea de quienes desean transformar positivamente nuestra condición, o la sociedad, no consiste en reinventar a los hombres, sino en colaborar con los mejores de ellos y respetar la dignidad de todos».[3] Es una utopía, pero es el camino al que hay que aproximarse. Tanto los explotadores, los revanchistas, como los salvadores, solo han causado ineficacia, dolor, y a veces sangre. La historia lo ha demostrado sobrada y repetidamente. Son más de lo mismo.
La mayoría de los candidatos a los distintos poderes no son las personas más capaces y honradas. El perfil de la mayoría de ellos no es precisamente altruista y de fiar. Como dice Adolf Tobeña:
La biología humana impone que en el trayecto para alcanzar cotas altas de poder político, resulten primados quienes reúnen condiciones para el bandidaje parasitario y embriagador. Los individuos astutos, dominantes, crueles, persuasivos, falsos, manipuladores y audaces son óptimos candidatos, para situarse en posiciones de ventaja en la lucha por el poder.[4]
Y continúa en otro párrafo:
Entre los políticos de relumbrón, y también entre los de segunda y tercera fila, hay una desmesurada proporción de delincuentes y para delincuentes estupendamente disfrazados de servidores de la comunidad.[5]
[…]
El juego del poder selecciona a sujetos que ya llevan, de por sí, unos rasgos que les predisponen a servirse del esfuerzo y entusiasmo ajenos en provecho propio…Por eso, es tan importante ir creando mecanismos, en democracia, que atenúen la tendencia natural a la fagocitación del gobierno, por parte de diversos tahúres de distinto pelaje y sus compinches.[6]
Por supuesto que hay personas honradas e idealistas, muchas de las cuales no están dispuestas a quemarse y a competir por el poder político contra los del perfil rastrero que hemos comentando. Entre otras cosas, porque no son capaces de utilizar los medios y mecanismos arteros, ilegales y corruptos que suelen utilizar los que pululan alrededor del poder político para intentar servirse de él. No son capaces del navajeo. Solo tienen opción en momentos de crisis, cuando todos abandonan el barco, porque no hay nada que ganar; además de que son en general incompetentes para resolver problemas.

Podemos concluir que para ser felices el marco es hostil, también para sobrevivir y conservar la salud: De hecho, vamos a enfermar y morir.  En cuanto a ser felices, también va a influir negativamente. No existe un lugar idílico que nos asegure la felicidad y, desde el nacimiento, va a ser una lucha permanente: primero, focalizada en las necesidades primarias; después, en aspectos subjetivos, sin una dirección clara que nos ilumine sobre cómo se alcanza dicha sensación. Incluso, no se garantiza que logremos un marco ideal para conseguirlo. Lo deberemos construir individualmente. Habrá circunstancias que lo van a favorecer, pero ninguna lo garantiza. Conseguirla es, fundamentalmente, una búsqueda personal que puede ser más o menos dificultosa, basada en cuestiones que analizaremos más adelante. El ser humano, pues, está inmerso en un marco en el que es esencialmente vulnerable.
De mi libro "Salud y felicidad". Edt.  Salterrae





[1] TOBEÑA, Adolf, Cerebro y poder, Madrid, La Esfera de los Libros, 2008, p. 37.
[2] ARRABAL, Fernando, La dudosa luz del día, Madrid, Espasa Calpe, 1994, p.193
[3] SAVATER, Fernando, Sin contemplaciones, Madrid, Ediciones Libertarias, 1993, p. 39
[4] TOBEÑA, Adolf, Cerebro y poder, Madrid, La Esfera de los Libros, p. 247
[5] Ibidem, p. 248
[6] Ibidem, p. 249

lunes, 29 de enero de 2018

PROCESO DE INDIVIDUALIZACIÓN (Resumen)

Después del nacimiento formamos un núcleo con la familia, indivisible, por la dependencia absoluta que tenemos de los padres. Conforme cumplimos años, y ya desde la infancia, necesitamos encontrar nuestro yo diferenciado del de nuestros progenitores. Va a ser un proceso, hasta que en la adolescencia y primera juventud, sintamos la necesidad de autonomía en todo su poder.
La individualización es fundamental en el desarrollo para buscar cada cual su proyecto vital y, por ende, su búsqueda de felicidad. Es compatible con estar integrado en la sociedad. Somos animales sociales y, para bien y para mal, el entorno va a influir en nosotros. Es necesario tener en cuenta que en las sociedades van a existir movimientos de grupos para intentar dominarla y manejarla para sus fines, que pueden ser religiosos, económicos, pero, en definitiva, de poder. Una sociedad perfecta estaría en continua evolución por la aportación de sus hombres y mujeres libres intelectualmente, y honrados.
Ser independiente requiere un proceso intelectual que no tiene por qué ser traumático, aunque habrá desapegos y conflictos más o menos graves, porque los grupos a los que pertenecemos, dígase familia, grupo político, trabajo, etc., van a intentar que no despeguemos demasiado. Las opiniones sociales dominantes tienden a conservar lo establecido.
Es importante compartir inquietudes, sobre todo con personas que tengan la misma actitud de libertad ante la vida. El proceso de individualización y su aportación es progreso. Este es necesario para alcanzar la felicidad. Implica romper con las dependencias, lo que no quiere decir aislamiento, ni renunciar a la sociabilidad, necesaria para el propio desarrollo. Como dice J. A. Marina:
El hombre necesita conocer la realidad y entenderse con los demás, para lo cual tiene que abandonar el seno cómodo y protector de las evidencias privadas. Sopesar las evidencias ajenas, criticar todas, las propias y las extrañas, abre el camino a una búsqueda siempre abierta de una verdad y de unos valores más firmes, claros y mejor justificados.[1]
Si queremos progresar no debemos estar anclados en nuestras verdades y postulados. La búsqueda debe ser permanente.
De mi libro "Salud y felicidad". Edt. SalTerrae





[1] MARINA, J.A., Ética para náufragos, Anagrama, 1996, p. 133.

martes, 23 de enero de 2018

INDIVIDUALIZACIÓN Y FELICIDAD

INDIVIDUALIZACIÓN Y FELICIDAD
Es necesario pasar de la dependencia absoluta que experimentamos en la infancia, en la que estamos sometidos a los adultos, sobre todo a los padres, a la máxima individualización, sabiendo que nunca va a ser total, fundamentalmente porque somos seres sociales.
Refiriéndonos a la dependencia social, necesitamos de los otros para la procreación, que dará lugar al primer grupo, el núcleo familiar formado por la pareja y los hijos. Precisaremos de las otras familias, de los otros pequeños grupos sociales elementales, para asegurar nuestra subsistencia con la producción de alimentos, para la defensa, para ayudarnos en la adversidad. Así se formaron los primeros poblados. Desde ese momento, ya fueron necesarias normas, que obligaran a todos, para organizar y regular la convivencia, y resolver los conflictos. Se erigieron los primeros líderes para la coordinar, interpretar y hacer cumplir las normas y leyes que se habían dado. Así, en sentido ascendente, se formaron los pueblos, las ciudades, las regiones, las naciones, las organizaciones supranacionales, etc.
También somos sociales porque precisamos de los otros para reconocernos. Precisamos ser valorados, ser admitidos en el grupo social; también, ser queridos. Algunos, en una deriva patológica, aunque frecuente en la especie humana, precisan ser temidos; pero aun en las valoraciones negativas nos reconocemos; no podemos vivir si somos invisibles para los demás. De ahí, en una interpretación subjetiva, que a veces no coincide con la objetiva, extraemos datos para conformar nuestra autoestima.
El ser seres sociales, necesario para la procreación, para la organización comunitaria, lleva consigo la necesidad de dependencias. Algunas son el tributo que debemos pagar para organizarnos y permitirnos vivir con determinadas ventajas (defensa, comercio, sanidad, educación, leyes, etc.); otras nos las imponemos de forma consciente o inconscientemente. Las dependencias van a ser lastres que nos van a dificultar volar hacia la individualización teórica, y, en definitiva, van a influir positiva y negativamente en la felicidad subjetiva.
Las vicisitudes positivas y negativas en el trabajo, en la salud y en otros aspectos importantes, son irremediables; también con las personas que tratamos, con las que queremos. Van a ocasionar luces y sombras, y en consecuencia sensaciones positivas y negativas. En este sentido es imposible el proceso de individualización, hasta el punto de que no influyan. Llevado al extremo nos abocaría a una vida sin sentimientos, lo cual sería negativo. Es uno de los artefactos de la felicidad. No necesariamente el afecto debe ser correspondido en la misma medida.
Pero la individualización es un proceso necesario, aunque difícil. Todo va a tender a que seamos dependientes, a que no seamos libres. Los padres educan en valores, pero, en general, sin ser conscientes, tratan de proteger en exceso, a veces, de domesticar, a los hijos para que sean compatibles con la corriente que toca vivir. Que no sean conflictivos. Que se adapten a la sociedad para que no tengan problemas. En general, no educan para ser hombres y mujeres libres. Es una grave equivocación. Se debe educar en librepensamiento, precisamente para evitar la dependencia; potenciando las cualidades; inculcando valores; mirando hacia nuevos horizontes si así lo desean; formando individuos reflexivos, pero autónomos.
Es una formación no convencional que puede salirse de lo establecido y puede ocasionar problemas, pero también muchos beneficios. Los hombres y mujeres grandes en el mundo, que lo han cambiado o han ayudado a hacerlo mejor, han sido personas que no se han movido dentro de las líneas culturales, profesionales e, incluso, sociales de lo establecido. El mismo defecto, con frecuencia, cometen los educadores en los colegios, cuando su finalidad debería ser formar personas que utilicen sus potencialidades para buscar su proyecto de vida personal, y para influir en la sociedad en la que vive y mejorarla.
En la sociedad actual, se ponen trabas para la individualización, porque interesan personas manejables, que sigan el dictado y las corrientes pautadas por las clases dominantes, y también por los poderes en la sombra.
(Continuará)


De mi libro "Salud y felicidad". Edt. SalTerrae


lunes, 1 de enero de 2018

AÑO NUEVO, ¿VIDA NUEVA?

Año nuevo

El final de año, en un ejercicio que tiene mucho de banal y un tanto de ingenuo, suele ser el momento en que nos planteamos que, a partir de las doce campanadas del día treinta y uno del año que se acaba, las circunstancias del año venidero van a ser distintas para bien, y que nuestra “suerte” va a cambiar. Como si el calendario en un escorzo casi mágico colocase los astros de tal forma que, irremediablemente, fueran a influir sobre nuestro destino, nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, de forma favorable.
Si lo razonamos, no tiene ninguna lógica, pues el día uno de enero no tiene por qué ser distinto del treinta y uno, y en realidad no lo suele ser; puede hacer más o menos frío, llover, nevar etc., nada distinto de lo que puede suceder cualquier otro día. Sin embargo, se parece al “día año nuevo” del año anterior, en la resaca que tal vez nos han dejado los excesos de la celebración de la “noche vieja”, y en los buenos momentos vividos con nuestros familiares y amigos. Generalmente empezamos el año, relajados, felices y con resaca.
A pesar de estos razonamientos, sin embargo, estos momentos de catarsis colectiva, son muy positivos. Seguro que ni los astros ni el calendario van a cambiar nuestra vida, pero la podemos cambiar nosotros con esa actitud y esa esperanza de futuro, que con cada campanada y con cada una de las doce uvas, proyectamos sobre el futuro. Es como sin con las doce uvas estuviéramos ingiriendo, amuletos de felicidad futura.
Inmediatamente después, lo celebramos como si lo hubiéramos conseguido. Es como si con el año viejo hubiésemos sacudido las sandalias del polvo del camino, dejando lo negativo, disponiéndonos a afrontar el trecho del nuevo año con nuevo ímpetu, con fuerzas renovadas, y con esperanza.
Es muy positiva la celebración, por la reunión con familiares y amigos en un ambiente de alegría, de esperanza, de desmadre colectivo. De alguna forma nos conjuramos con el destino para atraer las fuerzas positivas.
En el plano personal, realmente el año próximo puede ser distinto, puede ser mejor, hay que proyectarlo así; para conseguir algo hay que quererlo desde lo más profundo, siempre que sea razonable. Hay que tener esperanza.
En lo social, no dejar de reivindicar y trabajar para hacer de nuestra sociedad un espacio más justo, exigiendo a nuestros políticos, implicación, honradez intelectual y moral en sus actuaciones. Que en nuestro paso por la vida, cada uno en su ámbito, aportemos nuestro grano de arena para hacer una sociedad mejor, basada en valores.
Mi solidaridad y afecto para las personas que el año que dejamos haya sido duro, hayan sufrido desgracias, o les haya dejado heridas difíciles de cicatrizar.
Que tengáis un buen año 2018.


Ángel Cornago Sánchez

jueves, 28 de diciembre de 2017

JUBILACIÓN Y CRISIS DE PAREJA.

JUBILACIÓN Y CRISIS DE PAREJA

                La jubilación es un momento especial en la vida personal, pero también en la relación de pareja como tal. Por una parte, supone un cambio sustancial del ritmo de vida de cada uno de los miembros que puede provocar vivencias psicológicas dispares: sensación de libertad y de tener tiempo libre, por fin, para dedicarse a esas aficiones que se han tenido abandonadas durante tantos años; en tal caso, produce liberación y comienzo de una vida que puede ser muy gratificante. También, si no se tienen aficiones, proyectos, ocupaciones, son unos años que se pueden vivir con aburrimiento, hastío, y la creencia de que ya no se sirve para nada. Por supuesto hay vivencias mixtas.
Para las personas que tienen pareja, es una prueba de fuego. Si los dos están jubilados, van a pasar de tener cada uno su “parcela” individual, de trabajo, de compañeros, de tiempo gestionado de forma personal, de diferentes encuadres, relaciones, intereses, preocupaciones, etc., a compartir casi todas las horas del día y de la noche, renunciando a esa vida independiente que cada cual disfrutaba. Si la relación es excelente, no van a surgir problemas especiales. Pero…, relaciones excelentes hay pocas. En muchos casos se van a descompensar las que estaban más o menos en equilibrio inestable, que son muchas, por ese compartir tanto tiempo, y la carencia del que anteriormente utilizaban individualmente.
Vivir en pareja no quiere decir que las aficiones, las opiniones, las ideas etc., sean comunes; ese aforismo de que “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, es una falacia; habrá algunos casos, y desde luego no es positivo. Es fundamental, como durante los años ya vividos, para ambos miembros, seguir su proyecto de vida, y que esta sea respetada por el otro. En mi opinión, es la mejor de forma de vivir en pareja de forma digna.
La relación de pareja en la jubilación, sufre una prueba de fuego, aunque no suele tener consecuencias mayores, porque la mayoría de hombres y mujeres se resignan, sabiendo que la “suerte está echada”, y que la alternativa a esa edad de vivir solos, o buscar otra pareja es complicada y poco sugerente, por lo que habitualmente se opta por la resignación. Hay casos en que en un arranque de coraje y dignidad deciden separarse, con la convicción de que es algo que debían haber hecho hace muchos años; aunque no es frecuente.
En todo momento, en pareja, es importante tener la sensación de que se convive con alguien que te quiere, que se preocupa por ti, que te es leal, fiel, y no me refiero a la fidelidad en el ámbito físico, creo que hay frecuentes infidelidades entre las parejas que no son físicas, no se les da demasiada importancia y que son tan graves o más, como son la deslealtad en los apoyos psicológicos, o en las carencias, en las confidencias que a veces se utilizan como agresión en momentos de tensión, en intentar hacer daño en los desencuentros sin reparar en medios…etc. Estos mecanismos perversos de relación no son extraños y se recrudecen en los momentos de crisis.
La vida de pareja siempre es difícil y tiene sus momentos críticos, uno de ellos es el de la jubilación. A esa edad, es lógico que se hayan ya producido los ajustes, y que incluso la necesidad del otro miembro sea más intensa que en épocas anteriores. La pareja vivida de forma madura, respetándose mutuamente la individualidad, es una garantía para la vida en los últimos años.

Ángel Cornago Sánchez

miércoles, 23 de agosto de 2017

SALUD Y PROYECTO DE VIDA

SALUD Y PROYECTO DE VIDA.

El informe del Hastings Center[i] define la salud, como “la experiencia de bienestar e integridad del cuerpo y de la mente, caracterizada por una aceptable ausencia de condiciones patológicas y, consecuentemente, por la capacidad de la persona para perseguir sus metas vitales y para funcionar en su contexto social y laboral habitual”. Es una definición mucho más realista que la de la OMS ya que matiza: “una aceptable ausencia de condiciones patológicas”, a diferencia de la definición de la OMS que hablaba “de completo bienestar...”, lo cual es una utopía.
 El concepto de salud aún tiene un matiz que me parece muy importante para definirla. Salud no es sólo encontrarse bien físicamente, estar sereno psicológicamente, no tener problemas espirituales ni sociales, ni incluso tener una capacidad aceptable para perseguir las metas vitales. Salud es vivir movido por “un impulso vital”, tener un “proyecto de vida” por el que moverse y al que dirigirse. No de forma compulsiva, pues la compulsión, además de producir angustia, hace desaparecer el resto de los factores de la vida que son  importantes; por eso hay que perseguirlo de forma equilibrada.
El impulso debe ir dirigido, a un proyecto de vida proporcionado a lo que uno es y a las aptitudes individuales. No se puede pretender ser un buen profesional de una actividad determinada si no se tiene aptitudes para ella. Tampoco se puede pretender ser de los mejores futbolistas del mundo, aunque se tengan buenas aptitudes, pues el llegar a determinadas cotas, supone la convergencia de otros factores que no dependen de uno mismo. Además, es conveniente contar con la posibilidad de que se puede fracasar. Son aspectos que conviene tener en cuenta para no frustrarse y sentirse fracasado.
Un impulso desproporcionado, lo más probable es que sea motivo de infelicidad. Sin embargo, el impulso vital si es adecuado y proporcionado, permite que alguna de las otras facetas del sentirse con salud, no sean todo lo saludables que debieran, cosa por otra parte frecuente, pues es una utopía que nos encontremos siempre bien, física, psicológica, espiritual y socialmente. Estos determinados sinsabores se pueden, de alguna forma, compensar con el impulso vital, que no debe funcionar como tal mecanismo como primera finalidad, pues en este caso sería un refugio, que puede servir, pero no entraría dentro del concepto de plenitud de salud. Una persona puede tener una incapacidad física, pero tener una rica vida  intelectual que le permite compensar su deficiencia.
Este impulso vital  tendrá más fuerza si es por algo no material, aunque no necesariamente trascendente. El impulso vital, es algo por lo que merece la pena vivir. No es una predestinación que la pueden sentir los fanáticos, sino unas vivencias que el individuo las siente “como que llenan su vida” y le compensan, al menos en parte, del resto de los aspectos negativos. Esta vivencia, por supuesto, es muy individualizada y cada persona puede tener la suya. Pueden ser ideales humanistas, políticos, religiosos, profesionales, de trabajo, aficiones, afectos, incluso, perseguir dinero o poder de forma equilibrada. No es saludable dejar pasar los días sin esperar ni buscar nada; hay que vivir por algo. Esta actitud, permite sobrellevar las alteraciones en los otros aspectos que hacen que no nos sintamos con plena salud. De hecho, muchas personas enferman o aparece la enfermedad, al dejar de “vivir por algo”.
Ángel Cornago Sánchez
 De mi libro "Salud y felicidad". Edt. Salterrae.






[i]The Goals of Medicine:Setting New Priorities.The Hastings Center Report 1996.Tradcc Rodriguez Pozo

sábado, 19 de noviembre de 2016

VEJEZ, ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

VEJEZ,  ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

Cuando se es joven, se ve la vejez como algo lejano, que no tiene relación con nosotros o, en el mejor de los casos, algo de lo que se habla, se entiende que va a llegar, pero se tiene la sensación de que no nos atañe.
Conforme se van cumpliendo años, llega un momento en que hay que asumir que se ha dejado de ser joven, y que el camino irremediable es la vejez.
Este planteamiento se puede hacer desde la sensación de pérdida, con tristeza, con melancolía por lo que se deja, o desde la aceptación de que es algo que forma parte de la vida, lo mismo que el resto de las etapas, e incluso tiene aspectos positivos. Seguramente la visión de la vida en la vejez es mucho más rica que en edades más tempranas, siempre que se haya ido madurando adecuadamente.
La vejez, la involución física y psicológica, y la muerte, son circunstancias claves de nuestra vida que nos iguala a todos los seres vivos; son las únicas características de nuestra existencia en que el destino o quien haya creado el origen de la vida, hace justicia con todos los seres humanos; el resto de nuestro paso por el mundo está caracterizado por luchas, desigualdades, miseria y sufrimientos para unos, y éxito, honores y abundancia para otros. Sin embargo, el paso del tiempo a todos afecta, todos vamos cumpliendo años, envejeciendo y, al final del camino, siempre está la muerte para todos.
En la vejez, la importancia de las cosas va tomando su justa medida; la escala de valores cambia respecto a otras épocas. Por eso la vejez, y sobre todo la madurez, cuando las facultades físicas y psicológicas están todavía en buenas condiciones, son épocas en las que se puede ser especialmente feliz, por habernos ido despojando de ese enfoque enfatizado de la vida sobre aspectos que está claro no nos han permitido sentirnos felices. La felicidad está dentro de uno mismo, no hay que buscarla en riquezas ni bienes materiales, que son necesarias para cubrir las necesidades. 
Cuando somos jóvenes somos soberbios con los viejos. A veces se les trata como a niños. Se tiene en cuenta todo lo negativo que representan, como la falta de fuerza, de iniciativa, de belleza, en definitiva, de cualidades por las que se mueve el momento histórico que vivimos, y no valoramos su experiencia, su sabiduría, virtudes mucho más importantes que fueron valoradas en otros momentos de la historia.
Yo diría que muchos viejos de hoy asumen ese papel de minusvalía intelectual, o tal vez lo simulan; es frecuente, incluso en círculos próximos, que al viejo lo releguen en opiniones y en decisiones, y que la relación con él se torne paternalista que, como toda relación así etiquetada, es teóricamente protectora, pero que en realidad entraña falta real de respeto a su autonomía. El viejo, a veces se infantiliza y es cómplice de esta situación para ser aceptado.
Esta falta de valoración del anciano es fruto de la falta de valoración de otros muchos aspectos fundamentales en el momento que vivimos.
Ángel Cornago Sánchez.  


sábado, 14 de mayo de 2016

AMOR Y PAREJA. ALGUNAS CONSIDERACIONES.

AMOR Y PAREJA.
Ángel Cornago Sánchez

Vivir en pareja es el estado ideal para la vida del ser humano. Seligman refiere en su libro “La auténtica felicidad”, que las personas con pareja estable y duradera, disfrutan de un alto grado de felicidad y tienen menos riesgo de padecer depresiones, seguidas de los que nunca se han casado, y después de los divorciados una o varias veces. Se puede sacar la conclusión que, “mejor con pareja estable” para ser feliz, pero también, “mejor sólo que mal acompañado”, pues en grado de felicidad, inmediatamente después de los de pareja estable, están los que nunca la han tenido (estable). La relación de pareja no es fácil. Y requiere mucha madurez por ambas partes. Brevemente dos aspectos: el enamoramiento y la comunicación.
El enamoramiento es ese estado idealizado que sucede a partir de los primeros encuentros, cuando se siente que se ha encontrado a esa persona maravillosa,  que va a condicionar nuestra vida positivamente. Se vive como algo esencial en nuestro destino que va a garantizar gran parte de la felicidad que podamos conseguir. La atracción en los primeros encuentros es física, no necesariamente sexual; enseguida intervienen otros factores como la comunicación que en un comienzo suele ser superficial y sesgada; tal vez también, influyen aspectos hormonales que no controlamos.
En ese momento, existe una sobrevaloración de las virtudes y una infravaloración de los defectos. Produce un estado especial, como si nos hubiéramos metido un “chute” de ilusión, que nos hace ver la realidad mejor de lo que es. Esa fase no es buena para tomar decisiones trascendentes, como casarse, tener un hijo, vivir juntos, porque no es fiable, hay que esperar a que los efluvios pasen para hacer la valoración en sus justos términos.
El enamoramiento es el primer paso, pero luego hay que “aterrizar”. Lo ideal es que persista el enamoramiento pero sin la “espuma”, y que se vayan consolidando los lazos entre ambos, para lo cual además de lo anterior, es indispensable una actitud de entrega, comunicación, y de respeto exquisito a la individualidad del otro.
La relación de pareja debe ser real. Es el medio, tal vez el único, donde nos despojamos de todos los accesorios de carácter que empleamos inconscientemente en la vida ordinaria. Con la pareja nos debemos mostrar tal como somos, con nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestras preocupaciones. Debe ser una comunicación íntima, veraz, continuada, no sólo puntualmente; que sirva de consuelo, de apoyo en los momentos malos, y también en los buenos para perseguir proyectos y conseguir metas. Un hombro donde descansar, unos brazos que acojan y cobijen. Cariño incondicional. Lealtad inquebrantable. Considero que la comunicación real es el requisito básico, y también fundamental para la pareja estable y para alcanzar felicidad.
 Hay personas que todavía buscan en sus parejas las falacias que les habían inculcado en la infancia y juventud: mujeres-madres, serviles, o figurines frívolos, u hombres machos y duros, que no lloren, que no sientan.
Ángel Cornago Sánchez




domingo, 6 de marzo de 2016

LA MUERTE

La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo” Edt. Salterrae







[2]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.

domingo, 21 de febrero de 2016

EL SILENCIO

SILENCIO


¿El silencio no es nada?
Es la forma de aplacar
nuestra conciencia
cuando está sobresaltada y aturdida.
Como tantas veces,
los ruidos y artefactos del vivir
alborotan las entrañas
formando sobresaltos angustiosos.
Busco el silencio, la soledad,
línea plana sin fin,
respirar hondo,
músculos y facciones relajados.
Búsqueda del cosmos.
En el silencio reposa
nuestra calma
y aparece de nuevo la paz,
que poco a poco apaga
los ruidos que profanan
la conciencia.

Ángel Cornago Sánchez.
De mi poemario "El mundo en el que habito". Eds. Trabe.

viernes, 10 de julio de 2015

LA APARIENCIA PERSONAL

Apariencia y realidad
Ángel Cornago Sánchez
Es algo consustancial al ser humano revestirnos de artefactos, adoptar formas, poses y actitudes que tienen por finalidad trasmitir una imagen determinada a las personas de nuestro entorno y, en definitiva, comunicar una serie de características de nuestra personalidad reales o no, que el sujeto en cuestión pretende que sean conocidas por los demás. Es una forma de comunicación no verbal que ocupa un lugar preeminente dentro de las formas de comunicarnos.
Esta forma de relacionarnos ha existido siempre, e incluso la utilizan también los animales. Algunos de ellos, como el gato y el jabalí, erizan su pelo cuando están en actitud agresiva, el pavo real extiende su cola para atraer a la hembra, el camaleón cambia de color cuando se siente en peligro, el león ruge para hacer notar su  poderío, etc. Los pueblos primitivos se sirven de adornos y de pinturas para distinguir al jefe, al hechicero o a los guerreros. En la sociedad actual existen una serie de profesiones que matizan sus funciones y sus rangos por medio de signos; como más representativos, los militares con el uniforme, los jueces con la toga, y los miembros de las religiones  con los hábitos y ornamentos. En definitiva, existen en el ser humano y en los animales una serie de mecanismos de comportamiento que tienen por finalidad mostrar su rango, u otras más concretas como la defensa del territorio, de la vida o el mantenimiento de la especie.
El objeto de este revestimiento en las personas, es arrogarse unas características determinadas que pretenden que los demás le reconozcan que, en general, son de dominio, de poder, de status social privilegiado, de belleza, de juventud, aunque existen también individuos que les interesa pasar desapercibidos y no se revisten de nada, en definitiva este no revestirse, también es una forma de comunicar que, al menos externamente, desean pasar inadvertidos.
Estas actitudes, en los animales se corresponden con lo que en realidad son, o sólo las adoptan en momentos determinados para fines concretos. Algunas personas tratan de mostrar aspectos de su personalidad que no se corresponden con lo real. Mantener un estatus determinado basado en conseguir signos externos valorados socialmente, puede ser la finalidad básica de muchas familias que llegan a sacrificar aspectos importantes. Para determinadas personas, el tener un abrigo de visón o un coche ostentoso, en el ambiente que frecuentan, puede ser muy importante y utilizan todas sus energías para conseguir esos fines, incluso si su economía no está en relación con esas necesidades sacrifican otras más básicas para obtener dichos fines. Mostrar un aspecto físico elegante, impecable se convierte a veces en una forma de vivir obsesiva, lo mismo que no aceptar el proceso de envejecimiento e intentar por medio de intervenciones más o menos agresivas, paliar el proceso natural.
Esto lleva a que haya una discrepancia entre lo que se es y lo que se quiere aparentar; se convierte en una actitud crónica por motivos vacíos que pueden no tener ninguna recompensa. Viven una existencia superficial condicionada por uno y mil factores sin contenido de los que llegan a sentirse esclavos. Esta forma de vida esta llena de insatisfacciones y es fuente de frustración y hastío.
Aunque el refranero español es sabio y dice que “el hábito no hace al monje”, en la sociedad actual parece que impera la creencia de que el hábito sí que hace al monje. Esto lo saben muy bien las empresas de consumo, que intentan vendernos sus productos basando su publicidad en lo accesorio y no en lo fundamental, casi no nos hablan del producto en cuestión, pero nos lo presentan asociado a mujeres bellas y jóvenes, coches ostentosos, marcos paradisíacos o personas valoradas socialmente
Respecto a las vivencias personales, el que exista una disociación traumática entre lo que se es y lo que nos gustaría ser,REALIDAD lleva a una permanente frustración y, por tanto, a una permanente infelicidad.
Aceptarnos como somos y llenar de contenido nuestra vida, es algo imprescindible para conseguir cotas de felicidad.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías” Ed. Trabe.



jueves, 19 de marzo de 2015

VIDA COTIDIANA EN LOS AÑOS SESENTA

Vida cotidiana en la Tudela de los sesenta.

Buscando una vía de conexión con el pasado, de mi primera infancia, recuerdo en invierno el olor a carbón de piedra que mi madre quemaba en la cocinilla que llamaban “económica”; servía para cocinar y calentaba la única estancia en la que en aquellos meses se podía estar con cierta sensación de bienestar, en el resto de la casa, se padecía casi la temperatura ambiente, circunstancia que era especialmente dura en el momento de ir a la cama; desnudarse y meterse entre las sábanas gélidas y húmedas, era un momento casi heroico que intentábamos paliar con una botella de las de gaseosa llena de agua caliente, con un ladrillo calentado previamente en el horno de la cocinilla, y los más pudientes con un calentador o una bolsa de "goma" que vendían en las farmacias para tal menester; desde la cama la respiración exhalaba un vaho que parecía que estábamos en la calle y, en verdad, no creo que hubiese mucha diferencia de temperatura entre mi habitación y la calle de La Rua donde se abría mi balcón. Sobre la chapa no sé por qué, había siempre una perola con agua hirviendo que vaporizaba humidificando el ambiente, cosa saludable para nuestras vías respiratorias, aunque el motivo seguramente no era ese. El carbón se guardaba debajo de la encimera de baldosa blanca, en un cubículo de donde se recogía con el badil para echarlo directamente al fuego; en este cubículo situado generalmente al lado del que estaba debajo de la fregadera, solían ser habitantes habituales grandes cucarachas de entrañas blanquecinas, e incluso, algún ratón que cuando aparecía de forma inopinada, se daba la voz de alarma y se organizaba el estrapalucio correspondiente, mi madre y mi hermana haciendo aspavientos, yo haciéndome el valiente pero quieto, y mi padre escoba en ristre dando escobazos a diestro y siniestro hasta que, por lo general, el ratón lograba burlarnos a todos y desaparecía por algún pequeño agujero; esa misma noche se establecían estrategias de caza que consistían en poner cepos con queso y tapar los agujeros con yeso y cristales.
Fuera del piso, en la escalera, había un cuarto oscuro donde se guardaba el saco de carbón, la leña, además de otros trastos y enseres inservibles. Este era el lugar en el que amenazaban con encerrarme por mis comportamientos traviesos y, en alguna ocasión, recuerdo que llegué a experimentarlo; aquel olor fuerte a carbón y a moho en la oscuridad, con la sensación de estar rodeado de grandes ratas, lo identifico con sensaciones de abandono y de indefensión más absoluta. Me imagino que vivencias similares deben de experimentar los presos en las celdas de castigo.
Recuerdo como olía el colchón de borra que mi hermana, de menos edad que yo, orinaba casi a diario y que mi madre acercaba a la cocinilla por las mañanas para que se secara para la noche. Es de las sensaciones junto con el olor característico de mis padres y el de mi hogar, que hoy identificaría con el concepto de mi tribu o de mi clan familiar, y que como en el medio animal es una vía básica de unión y reconocimiento entre sus miembros.
Hace años, y aun hoy en el medio rural, los hornos eran de leña, y al pasar por sus aledaños se percibía el olor a leña quemada y a pan recién hecho; ese olor me sigue produciendo una sensación agradable y me araña placenteramente el estómago cuando lo percibo. De niño desde mi ventana recibía sensaciones similares que provenían del patio de la panadería situada inmediatamente debajo de mi casa. A veces veía a los panaderos cubiertos de sudor y harina con el torso descubierto, que salían al patio a por algún utensilio de trabajo o a fumar haciendo un alto en su labor; me parecían gente atareada y muy apresurada, seguramente debido a que el objeto de su trabajo es el alimento más madrugador en cualquier mesa por modesta que sea.
Recuerdo las tertulias de mis padres con mis abuelos y mis vecinos en las noches de invierno, todos agolpados en la cocina en torno a la mesa camilla, hablando de temas que debían de ser muy interesantes; tenían lugar en un ambiente que emanaba comunicación, camaradería y buena relación; yo percibía y sentía con ellos las vivencias de la conversación aun sin entenderla, pero de forma mucho más sublime, pues sin comprender, reía con ellos si reían, o me ponía serio cuando los veía trascendentes simplemente observando sus caras, de tal forma que el peor disgusto que me podían dar era mandarme a la cama privándome de aquella comunicación sensorial e irracional para mí, pero que me hacía participar y sentirme tremendamente feliz.
Como positivo, recuerdo el olor de mis abuelos, incluso el que impregnaba la entrada de sus casas, cada uno característico, y van unidos a sensaciones de seguridad, de ser querido y aceptado sin la severidad que acompaña generalmente la relación con los padres. Los abuelos, en general, son unos padres maduros despojados de los mecanismos proyectivos y de las limitaciones propias de edades más tempranas, por eso la relación con ellos suele ser favorecedora. También es cierto que dicha relación esta desprovista de la responsabilidad que tienen los padres al educar a sus hijos, de ser severos en ocasiones e incluso de llegar a imponer castigos.
Recuerdo el olor indefinido a sexo de mis primeros escarceos siendo todavía un niño, jugando a “médicos” o a “papas y mamas” con las niñas de la calle.
Más tarde recuerdo el olor de mi primera novia, y no puedo menos que sentir una profunda nostalgia por aquel cariño al principio inmenso, doloroso y posesivo por temor a perderla; después, como suele suceder con los amores adolescentes que habitualmente se rompen por uno u otro motivo, confundí la rutina con el desamor pensando que el amor debía estar siempre en la cresta de la ola; me di cuenta tarde cuando ya todo era irremediable. Revivo las noches de angustia de después con el cuerpo cubierto de sudor frío y viscoso, la sensación de vacío en el pecho y de tremenda y fría soledad.
Recuerdo los primeros años de mi infancia jugando en la calle libre de peligros; los únicos vehículos que circulaban eran bicicletas, algunas de ellas con remolque, y las caballerías, a veces con jinete o con carga y otras enganchadas a carros o galeras. Mi madre, como las de la mayoría de los que entonces éramos niños, cuando llegaba la hora de recogernos se asomaba al balcón y a voz en grito me llamaba por mi nombre, de tal forma, que su llamada se oía en todo el barrio; aun hoy, cuando paseo por la parte vieja de mi ciudad y paso por delante de la que fue mi casa, me parece ver a mi madre en el balcón gritando llamándome a pleno pulmón.

En aquella casa que hoy existe remozada viví hasta bien entrada la adolescencia. Se entraba por la calle del Juicio y el portal siempre abierto servía de lechería a mis vecinos del tercero; en el verano, al entrar en el portal se percibía un olor ácido y era frecuente ver un acumulo de moscas reunidas en círculos en torno a residuales gotas de leche; a veces nos entreteníamos compitiendo a ver cuantas éramos capaz de cazar de un sólo puñado. Cada piso estaba dividido en dos por un amplio pasillo que formaba parte del hueco de escalera; en una parte estaba la cocina, el retrete y una habitación, y en la otra el comedor y otra habitación; yo dormía en la que daba a la calle de la Rua. Era una casa humilde como muchas en Tudela.
De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías.