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viernes, 18 de septiembre de 2020

LIBROS. Reflexión personal

 

LIBROS. Breve reflexión personal.  

 

Estoy rodeado de libros. ¿Para qué? Es como si en este decorado me sintiera elevado al altar de la sabiduría ¿O tal vez es solo pose? Aunque, creo que no es pose porque no lo enseño a nadie. Estoy en mi rincón. Tal vez es una aspiración, un ideal. Me gustaría ser “sabio”, pero yo en la penumbra. Para mí esta acepción la identifico con lo que me gustaría ser: una persona sabia en pragmática de la vida con un enfoque profundamente humano, empático, cercano, social, justo…, pero no solo para mí, sino para trascender humildemente, con mi grano de arena a personas que me lean, si les puedo ayudar a gozar su intimidad, y a intentar vivir un mundo fuera de la pura razón; más humano.

            ¿O tal vez es una meta? Pero yo ya no tengo meta externa, a no ser que mis escritos, si son aprovechables, lleguen a quienes les puedan transmitir sensaciones que los aparten de lo ordinario. La medicina a la que he dedicado toda mi vida, me ha permitido conocer registros de la vida que otros solo pueden imaginar. Estoy satisfecho; no me arrepiento; no se puede tener todo, aunque mi profesión no ha hecho desaparecer mi vocación de plasmar en escritos ideas, relatos y poemas. He intentado, como hago ahora humildemente, influir en la sociedad en la que vivo para hacer un mundo más humano.

            Estoy rodeado de libros para que me sirvan de cebo, porque en el fondo, sé que en ellos y en la reflexión de lo que leo, está la sabiduría personal, en definitiva, parte de mi felicidad. Porque leo para mí, para aumentar mi “bagaje”. No son conocimientos que se puedan conseguir en cualquier lugar. Es contenido sobre nosotros como seres humanos, sobre nuestra relación; sobre nuestro papel en el mundo. Es, contrastar con mis esquemas intelectuales continuamente en evolución y ávidos de aprender ideas, opiniones y saberes de autores que intento elegir y que pienso que me pueden aportar.

            Ese cultivo, la reflexión, bebiendo de autores que han sido o son ciudadanos del mundo con los ojos abiertos a temas fundamentales o creativos. Abierto al mundo, a nuestro universo infinito, a los seres vivos, sobre todo a los seres humanos con sus virtudes, con nuestras miserias. Con los afectos, con la capacidad de contemplar la belleza, las artes, ese inmenso derrame creativo de nuestra espiritualidad, donde está lo mejor que hay en nosotros y nos provoca momentos sublimes de felicidad.

            Eso me interesa. No para quedármelo y regocijarme, sino para compartirlo con otra gente y hacerle partícipe de mi goce y de mis reflexiones, en una actitud de compromiso.

            Soy muy viejo para todo esto. Pero me permite estar vivo.

 

            Ángel Cornago Sánchez

 Fotografía: El saber se cuece a fuego lento

 

 

lunes, 4 de septiembre de 2017

COMPROMISO. POSTURA EN LA VIDA.

COMPROMISO

Compromiso, supone una fuerza que nace desde dentro. Es una obligación moral que nos imponemos voluntariamente. A veces puede coincidir circunstancialmente con leyes, o grupos políticos, religiosos, pero no es lo mismo que obedecer sus dictados, y manteniendo siempre la independencia.
El compromiso nace de los más profundo, y supone asumir la lealtad con uno mismo. No es una obligación, que generalmente es impuesta por las circunstancias como puede ser el trabajo, normas de circulación, leyes, etc.
El compromiso es asumido mediante una reflexión y decidido con un convencimiento profundo. Cumplir sus dictados, produce sensación de conciencia limpia, sobre todo si se cumple “a pesar de”. Aumenta la autoestima y da razón de ser a la propia existencia y a nuestro proyecto de vida como seres individuales. Son esas obligaciones que nos imponemos y nos hace mejores. Son lealtades con nosotros, y con los otros, con ideas, con valores, con proyectos altruistas. Nos hace más humanos, más grandes.
En esta sociedad en crisis, es necesario un rearme moral y necesitamos crear compromisos, cada cual en su ámbito, para intentar hacer un mundo mejor, más justo, desterrando y denunciando la impostura, la mentira, las utilizaciones por los grupos de poder, no siendo cómplices.
Por supuesto que no estoy hablando de ser quijotes; me refiero a tomar posturas ante la vida, incluso contando con que no vamos a ser héroes y que vamos a cometer fallos. Pero, es imprescindible saber donde está el norte para mejorar la sociedad y el mundo que nos toca vivir.
Imprescindible, no estar sometidos a los dictados de grupos de poder, ya sea económicos o ideológicos. Hay intelectuales de uno y otro signo que son acólitos de sus grupos, propagadores de sus consignas, o que buscan su utilidad personal. Es la antítesis del compromiso.

Ángel Cornago Sánchez

miércoles, 22 de junio de 2016

EN EL CAMINO POR LA VIDA, NADA HAY PURO COMO LA NIEVE (Reflexión)

Nada hay puro como la nieve.

Ángel Cornago Sánchez

No me gusta el mar cuando me abraza, cuando formo parte de su paisaje, ya sea nadando (es un decir), en una barquichuela o, aunque sea en un gran trasatlántico. Creo que en mis anteriores reencarnaciones y en la cadena de la evolución, nunca fui pez; tal vez pájaro, aunque también siento vértigo en los pisos altos y, en los aviones, me agarro a los asientos en una actitud irracional e idiota.

Seguramente, antes fui gusano. Me gustan los espacios reducidos, con muchos pies en el suelo, incluso con las manos. Me siento cobijado y absorto por sensaciones sublimes de felicidad, cuando estoy en una de esas pequeñas casetas en el monte en medio de una tormenta. En esos momentos, entiendo mi pequeñez, mi intimidad.

Me gusta el calor, aunque sea intenso; me siento reforzado en energía. El frío helador me produce desolación, pero también impulsa mi fortaleza; el viento huracanado expectación indolente; con la lluvia persistente siento cierta tristeza sin visos de futuro. La nieve me inspira pureza, pero una pureza que no comprendo, porque no existe; me gusta contemplarla ensimismado.

Los grandes espacios me apartan de mi mundo. Los espacios reducidos, por arcaicos y humildes que sean, me producen regusto en mi individualidad, aunque fuera el mundo se derrumbe. El fuego, una llama encendida en el suelo o en un hogar, además de calor, me provoca bienestar y sensación de seguridad.

En el lujo me siento intruso, incómodo y zarrapastroso, aunque tampoco soporto a los que por su clase social o por sus puestos de relumbrón me miran por encima del hombro, algo que sufrí con frecuencia cuando era niño. Hay mucho imbécil de cuna, y muchos entre los que renuncian a sus orígenes. Me siento cómodo en la clase social en la que nací, con mi gente de siempre.

No sé nadar, ni volar; tampoco levitar. Prefiero pasar desapercibido cuando no tengo nada importante que decir. A veces siento el impulso, el deber de hablar y, tal vez con compulsión hiero en el tono, y digo lo que pienso como un imperativo e ineludible deber. A veces me traiciono y me callo y, luego, me siento mal o me pongo excusas en las que no creo.

Me hastían los voceros de turno de tal o cual partido político, faltándonos al respeto; nos tratan como a ineptos lanzándonos consignas, frases, palabras, slogans, como si fueran marcas de detergentes, para que compremos su producto, en vez de explicarnos clara, seria y honradamente sus ideas y proyectos. Sus puestas en escena, sus gestos, sus poses, ofenden a la inteligencia.

 Hay muchos imbéciles aupados a los púlpitos de poder, y de podercitos, que se sienten ungidos y con derecho a impartir magisterio sobre los más diversos temas, aunque sean frívolos e incluso analfabetos funcionales. Su mérito: estar en “la pomada”, “el destino”, o más bien su “baboseo” con los diversos mandamases.

Todavía me parece más grave y despreciable la actitud de los intelectuales vendidos, domesticados, o los que con la habilidad del camaleón se adaptan a todas las circunstancias de los poderes de turno por muy divergentes que sean, para seguir parasitando en pos de sus intereses. En ocasiones, además de mediocres, son miserables.

Por eso, como he dicho, no sé nadar, volar, ni levitar; intento andar por el suelo, por la tierra, descalzo para percibir sus latidos, y marchar siempre recto si es posible, para jalonar mi vida de cordura y honradez, aunque, es difícil, porque nada hay puro como la nieve.

Ángel Cornago Sánchez. Derechos reservados.