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sábado, 4 de marzo de 2017

ASÍ NOS EDUCARON


ASÍ NOS EDUCARON

Estaba roto, harto de corregir el gesto, de mostrar en el rostro sensaciones que no se correspondían con el momento que en realidad estaba viviendo.
Con códigos inconscientes, nos habían educado para ser amables, educados, correctos, cariñosos y…, sumisos con el poderoso; había que dar una imagen de afabilidad, discreción, docilidad, nunca de competencia; al poderoso no le gustan las personas seguras de sí mismas, con criterios propios, las perciben como amenazantes para su estatus.
Al mismo tiempo nos habían educado para ser agresivos, audaces, seguros, altivos, soberbios..., con el débil. Con el débil había que dar una imagen de seguridad, de suficiencia, de poder, aunque todo ello, eso sí, impregnado en un halo de moralina paternalista. La relación con el débil es muy importante porque nos confirma nuestro propio valer; es la referencia que nos permite reafirmarnos en nuestro estatus de superiores. Si el débil osaba contradecirme, sentía una sensación de rabia contenida y contestaba con una agresividad desproporcionada. !Estaría bueno¡
No había más estatus. Nos habían educado a tener la sensación que en los intercambios relacionales, a las personas había que colocarlas por encima o por debajo, sólo había que mantenerlas a nivel el tiempo justo de medirlas.
Era una lucha sin cuartel de actitudes vacías, sumisas o altivas. Mientras, yo, sin mirarme en el espejo, sin dibujar mis contornos, sin matizar mi silueta, desorientado, con el regusto amargo de estar vacío, crispaba y adaptaba el gesto adecuándolo al momento que parecía estaba viviendo.
Un buen día en que el sol brillaba con más fuerza, di un corte de mangas a la “fábrica de códigos”, y con las manos en los bolsillos, despeinado, la figura descompuesta, saltando de forma descoordinada, emitiendo gritos de placer e impregnado de una gozosa sensación de libertad, di la espalda al pasado y, respirando hondo, me fui por la senda que lleva al horizonte blanco y azul.
Y..., aquí estoy. Actualmente dudo, río, lloro, pero me miro en el espejo y me percibo, toco mi silueta y sé que soy yo, hablo con la gente y sé que son iguales... Muchas veces, me siento en el suelo para sentir en las posaderas mi propio peso, mientras con las palmas de mis manos trato de percibir el latido de la tierra.
Y este latido, me dice cada día que sigo vivo, porque me enervo por las injusticias, por la utilización perversa de los poderes, por los razonamientos sectarios, y…, por otras muchas cosas más, a las que espero no acomodarme nunca.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”.


sábado, 19 de noviembre de 2016

VEJEZ, ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

VEJEZ,  ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

Cuando se es joven, se ve la vejez como algo lejano, que no tiene relación con nosotros o, en el mejor de los casos, algo de lo que se habla, se entiende que va a llegar, pero se tiene la sensación de que no nos atañe.
Conforme se van cumpliendo años, llega un momento en que hay que asumir que se ha dejado de ser joven, y que el camino irremediable es la vejez.
Este planteamiento se puede hacer desde la sensación de pérdida, con tristeza, con melancolía por lo que se deja, o desde la aceptación de que es algo que forma parte de la vida, lo mismo que el resto de las etapas, e incluso tiene aspectos positivos. Seguramente la visión de la vida en la vejez es mucho más rica que en edades más tempranas, siempre que se haya ido madurando adecuadamente.
La vejez, la involución física y psicológica, y la muerte, son circunstancias claves de nuestra vida que nos iguala a todos los seres vivos; son las únicas características de nuestra existencia en que el destino o quien haya creado el origen de la vida, hace justicia con todos los seres humanos; el resto de nuestro paso por el mundo está caracterizado por luchas, desigualdades, miseria y sufrimientos para unos, y éxito, honores y abundancia para otros. Sin embargo, el paso del tiempo a todos afecta, todos vamos cumpliendo años, envejeciendo y, al final del camino, siempre está la muerte para todos.
En la vejez, la importancia de las cosas va tomando su justa medida; la escala de valores cambia respecto a otras épocas. Por eso la vejez, y sobre todo la madurez, cuando las facultades físicas y psicológicas están todavía en buenas condiciones, son épocas en las que se puede ser especialmente feliz, por habernos ido despojando de ese enfoque enfatizado de la vida sobre aspectos que está claro no nos han permitido sentirnos felices. La felicidad está dentro de uno mismo, no hay que buscarla en riquezas ni bienes materiales, que son necesarias para cubrir las necesidades. 
Cuando somos jóvenes somos soberbios con los viejos. A veces se les trata como a niños. Se tiene en cuenta todo lo negativo que representan, como la falta de fuerza, de iniciativa, de belleza, en definitiva, de cualidades por las que se mueve el momento histórico que vivimos, y no valoramos su experiencia, su sabiduría, virtudes mucho más importantes que fueron valoradas en otros momentos de la historia.
Yo diría que muchos viejos de hoy asumen ese papel de minusvalía intelectual, o tal vez lo simulan; es frecuente, incluso en círculos próximos, que al viejo lo releguen en opiniones y en decisiones, y que la relación con él se torne paternalista que, como toda relación así etiquetada, es teóricamente protectora, pero que en realidad entraña falta real de respeto a su autonomía. El viejo, a veces se infantiliza y es cómplice de esta situación para ser aceptado.
Esta falta de valoración del anciano es fruto de la falta de valoración de otros muchos aspectos fundamentales en el momento que vivimos.
Ángel Cornago Sánchez.