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lunes, 6 de abril de 2015

EL CURA DE MI PUEBLO

El cura de mi pueblo.             Nota: lo relatado aquí, era frecuente entre los curas del siglo pasado. Ahora creo que no es así. El relato es imaginario. Se podría aplicar a muchos pueblos.
           
           Ángel Cornago Sánchez
La plaza de mi pueblo era pequeña, cuadrada y rústica. Entonces, el suelo era un empedrado que haciendo dibujos convergían en el centro. A la derecha estaba la iglesia a la que se accedía por unas escaleras largas y empinadas, como si para llegar a Dios primero hubiera habido que ganárselo trepando por aquellos peldaños torcidos, desiguales, hechos de bloques de piedra, alguno de los cuales se había desencajado y amenazaba con desprenderse. En lo alto de la escalinata estaba la puerta de la iglesia y, en ella, los domingos antes de revestirse para celebrar misa, Don Tomas el párroco, que como severo centinela, con su larga y raída sotana aspecto tosco y malencarado, llevaba cuenta de quien entraba o no a misa.
 Sus sermones eran apocalípticos; subido en el púlpito alzaba la voz y con el dedo acusador nos auguraba a todos que nos consumiríamos en el fuego eterno del infierno; a veces tanto se reclinaba sobre el púlpito, que parecía que se iba a lanzar desde él a darnos el castigo previo a la condenación eterna. Después de oírle, salíamos con la sensación de que éramos viles como gusanos, y que el fuego del infierno era nuestro destino inevitable; casi lo teníamos asumido y, yo diría, que estábamos incluso resignados a nuestra suerte.
De vez en cuando se subía al campanario y desde allí vigilaba la huerta por si alguien osaba trabajar en domingo. Era nuestra conciencia personal y colectiva, el ángel que velaba por nuestras almas, el defensor de las grandes virtudes del pueblo. Si se enteraba que alguien trabajaba en día de fiesta se lo comunicaba a la guardia civil para que le pusiera la correspondiente multa. Entonces se preocupaban de nuestra salvación tanto el clero como la guardia civil, es como si trabajasen en equipo; !si no hubiera sido por ellos…¡
En la iglesia estábamos separados los chicos de las chicas; las chicas delante y los chicos detrás; los sexos debían estar separados, hasta para rezar. Cuando salía a pasear por la carretera y nos veía en grupo, juntos, nos miraba de forma severa y cuando íbamos a casa ya sabíamos que íbamos a tener reprimenda, porque había ido a nuestros respectivos padres a recordarles su falta de responsabilidad.
Sus alegatos contra el sexto mandamiento hacían temblar los cimientos de la iglesia; nos íbamos a condenar irremediablemente en un lugar del infierno, al parecer especialmente terrible, dedicado a los pecadores lujuriosos, mucho más terrible que el dedicado a asesinos, ladrones, explotadores, etc.; en ese sitio los sufrimientos iban a ser insoportables; yo en mi fantasía me imaginaba a unos demonios dándonos golpes con hierros rusientes en los genitales. Recuerdo que un día se lo pregunté y, no me dijo que no, incluso se sintió orgulloso de que hubiese captado tan bien los sufrimientos que nos quería trasmitir.
 Lo que él llamaba “el vicio solitario” le traía obsesionado. Nos decía que si caíamos en tan horrible pecado, además de ir irremediablemente a ese sitio tan especial en el infierno, se nos iba a secar la médula, el cerebro, y se nos iban a poner los ojos vidriosos. A veces preocupado me miraba en el espejo con insistencia creyendo adivinar que mi mirada comenzaba a tomar un aspecto parecido a la del tío Constancio, un señor muy viejo de vida disoluta en su juventud, y que andaba con una gayata porque casi no veía; después supe que padecía de cataratas. En todo caso, también teníamos asumido que para cuando llegásemos a la edad de ir a la mili no lo íbamos a poder hacer, porque estaríamos decrépitos, encorvados, y necesitaríamos bastón para andar. Al lo menos nos libraríamos de jugar a soldaditos; no hay mal que por bien no venga, pensaba yo.
 Era una lucha dura, por un lado los primeros y fogosos requerimientos de  nuestras hormonas reclamando poderosamente su función, y por otra nuestro estricto y bien aprendido código religioso exigiendo una virtud a ultranza. Era una cadena de  ponzoñosas culpas y enfervorizados arrepentimientos.
Se me olvidaba decir unos datos que creo pueden tener alguna relevancia: los amigos del pío Don Tomas eran las  fuerzas vivas del pueblo: el médico, el boticario, los cuatro ricos y la guardia civil; vivía con una señora que le llamaban “el ama” y que decía era sobrina suya; luego supimos que había tenido un hijo con ella y que lo abandonaron en la inclusa; nunca quisieron saber nada de él, y cuando fallecieron dejaron todos sus bienes a un convento para misas, supongo que para comprar su salvación o un sitio de privilegio en el cielo.
Así recuerdo a Don Tomás, el cura de mi pueblo.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías” Eds. Trabe.curaspecado