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jueves, 3 de agosto de 2017

LAS FIESTAS PATRONALES. CATARSIS COLECTIVA.

LAS FIESTAS. CATARSIS COLECTIVA.

Después de un año, en el ámbito colectivo, bastante decepcionante por la irresponsabilidad de los políticos en general, las fiestas suponen un soplo de aire fresco en el devenir de la vida. También, un alto en las preocupaciones y problemas de cada cual que, estos días de ambiente lúdico, invitan a dejar a un lado.
Es una catarsis colectiva sumamente sana psicológicamente, y que, junto con los actos de solidaridad, constituye una de las muestras más saludables que puede unir a los humanos como grupo. Es un fenómeno social. Históricamente, todos los pueblos y culturas, han organizado celebraciones y fiestas de una u otra manera, cuya finalidad ha sido y es, disipar la tensión acumulada en la vida cotidiana. Es dejar a un lado la racionalidad y dejarse llevar por las sensaciones y los sentimientos, en un ambiente tácitamente pactado de tolerancia y de relajación de las costumbres habituales.
Nuestras fiestas entran por el oído, además de por la vista. En el caso de Tudela, y Navarra en general, el bullicio de la calle, el colorido blanco y rojo de las vestimentas, el desenfado espontáneo y ocurrente de nuestros paisanos, el sonido de las charangas, la bajada de la plaza de toros, constituyen un espectáculo que contagia y arrastra a un estado de especial euforia y optimismo. Para mí, todavía constituye un espectáculo salir a la calle y observar la alegría desbordante de la gente, aunque sea como mero espectador. Es como una tregua, en la que se vive el momento olvidándose, al menos momentáneamente, de los problemas y servidumbres de la vida diaria.
Estos días no se deben contaminar con consignas ni propagandas políticas ni ideológicas: “¡dejadnos ya en paz unos y otros!”. Deben ser días de convivencia, confraternidad, y “buen rollito”.


Ángel Cornago Sánchez




viernes, 22 de julio de 2016

CORRIDA DE TOROS EN LA PLAZA DE TUDELA

La corrida de toros

Un recuerdo táctil que guardo y que me es fácil rememorar, es el que experimente una tarde en Fiestas de Santa Ana cuando era muy joven, casi un adolescente. Salí con mi amigo Julián, como cada día después de comer, dispuestos a no perdernos ningún acontecimiento, y aunque no podíamos ir a la corrida de toros porque nuestra “paga” no nos lo permitía, nos acercamos hasta la plaza para ver el ambiente previo a la corrida. La gente llegaba risueña, los hombres con los puros encendidos, las mujeres con los abanicos mariposeando, todos portando las bolsas con las meriendas y las neveras portátiles con hielo y bebidas. Toreaba “Chamaco” que era una de las figuras del momento.
El gentío era impresionante y las colas delante de las puertas de entrada a la plaza, larguísimas. Llegaron las mulillas y la banda que subía tocando desde la plaza Nueva. Fue entrando el público, y en la calle quedamos los curiosos que no podíamos entrar, y algunos vendedores ambulantes. Pronto se oyeron los clarines y los primeros “olés” y, poco después, la banda comenzó a tocar. La andanada entonces no estaba cubierta y se veía desde lejos a la gente embebida en la faena. Fuimos dando la vuelta a la plaza como buscando un resquicio para poder disfrutar de aquel espectáculo que parecía ser fascinante, a tenor de lo atentos que estaban mirando hacia el ruedo los espectadores.
En el lateral derecho junto a los corrales, tres “listos” habían organizado un sistema para ganar dinero ayudando a colarse en la plaza: uno desde abajo ayudaba al que pretendía ver la corrida sin pagar, a encaramarse en la tapia que separaba la calle de los corrales; allí se ponía de pie apoyándose en la pared de la plaza y, una vez estirado, otros dos mozos desde arriba lo cogían de las manos y lo izaban dentro de la andanada, todo ello claro está, mediante el pago al que estaba abajo de la correspondiente cantidad de dinero que no puedo recordar, pero en todo caso de cierta importancia. Los “olés” arreciaban y sentía una sensación de frustración por no poder participar de aquel espectáculo.
En un momento en que el entusiasmo en la plaza rozaba la apoteosis, me hurgué en los bolsillos y, con las monedas en la mano, me dirigí al mozo que estaba al pie de la tapia y le ofrecí mi dinero. Le debió de hacer gracia el que un chaval tan joven se decidiese a trepar de aquella forma y, adelantándome a otros que estaban esperando, rápidamente cogió las monedas y me aupó sobre la tapia; fue el momento de no retorno; en un segundo me encontré con los pies sobre la estrecha tapia, intentando ponerme de pie sobre ella apoyándome con las palmas de las manos en la pared lisa de la plaza, a un lado el corral de ganado bravo y al otro la calle. Tenía que actuar con rapidez porque había que dejar libre el sitio para que trepase otro. Recuerdo perfectamente el tacto de aquella pared, sin rebordes ni salientes, pero rugosa, lo que me permitía con las palmas de las manos hacer un buen apoyo para ponerme de pie. Me fui levantando poco a poco procurando no mirar hacia abajo ni hacia arriba y pegando también la cara a la pared como otro punto de apoyo; después de unos segundos que me parecieron interminables, de repente, sentí dos fuertes manos que me agarraban por las muñecas y de un tirón, en volandas me introdujeron en la andanada de la plaza. Sentí que había pasado una prueba peligrosa y miré con orgullo a los que estaban abajo. Cuando conseguí ver el ruedo, el torero paseaba triunfal el anillo en medio del delirio colectivo; yo también aplaudí con vehemencia aunque, no sé por qué, pues no había presenciado ninguna fase de la faena, pero supongo que el estar allá y haber pasado por el trance de la tapia me sentí con derecho hacerlo.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”. Eds. Trabe