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sábado, 12 de mayo de 2018

LEER POESÍA. CONSIDERACIONES.


LEER POESÍA I

Leer poesía, nos hace más profundos, más reflexivos, más sensibles, más humanos, más propensos a gozar del espíritu, de las fantasías, a destapar emociones, y no solo a utilizar la razón tan habitual en la vida que hoy consumimos.
Basta con dos o tres poemas, incluso uno o dos; unos diez minutos. La poesía es para leerla a pequeñas dosis, no se puede leer como una novela, ni siquiera como un ensayo; es para reflexionar, para meditarla, para sentirla. Precisa de cierto entrenamiento que va dando sus frutos.
Nos ayuda a profundizar en nuestro interior, como todas las artes, pero en este caso con palabras directas que van al núcleo.
Leer poesía supone disfrutar de una espiritualidad laica que conduce a momentos de felicidad de alto rango.

LEER POESIA II. “RIMA O NO RIMA”

Mi opinión, de acuerdo con muchos autores consagrados, es que la poesía puede ser de calidad con verso libre y sin rima. Incluso la prosa puede ser poética. La rima si no se maneja bien, encorseta el poema y le resta calidad. Sí es necesaria la cadencia, el ritmo, y cierta rima libre. En mi opinión, también es cierto, que un poema puede tener métrica, ritmo, rima y no ser poesía porque nada trasmite. Para escribir algo tan difícil como un buen poema no basta tener buena técnica, hay que tener “alma y profundidad” y eso no es cuestión de técnica.


 LEER POESIA III. ¿QUE SE ENTIENDA?

Al menos a mí, me ha sucedido leer poemas de autores teóricamente de prestigio, y “quedarme de muestra”, no entender apenas nada. Eso, me ha producido la sensación de que soy un negado o un inculto, hasta que se me han quitado esos complejos.
Si pretendemos que nos lean, que la poesía llegue a todos, debe ser una poesía que se “entienda”. Bien es cierto que habitualmente en los poemas utilizamos alegorías, frases y expresiones que tienen un significado simbólico, que trascienden lo literal y lo que elevan a rango poético. Pero los poemas no deben ser un “acertijo”.  Al menos a mí, me interesa que me entiendan. Escribimos para que nos lean.
De hecho, considero que la poesía está en auge en este momento tan materialista que vivimos. Es el goce supremo de la literatura. Repito: para leerla a pequeñas dosis.

Ángel Cornago Sánchez


lunes, 25 de septiembre de 2017

LA CUESTA (Inspirada en Los Fayos)

La cuesta.

La cuesta junto al otero, la que está a la salida del pueblo, la que lleva a la explanada desde donde se domina el valle donde voy a descansar muchos atardeceres en busca de paz y de distanciamiento de las miserias cotidianas, es una cuesta dura, de tierra y grava, con rodaderas marcadas por las ruedas de los carros que van al monte, y en las que cuando regresan cargados de leña  se hunden hasta los ejes.
Llevo muchos años subiendo esa pendiente. Cuando niño, con otros del pueblo, era el camino que tomábamos para dirigirnos al despeñadero, lugar a una hora caminando del pueblo,  donde el lecho del río se derrama pendiente abajo formando una balsa en su base que utilizábamos para bañarnos desnudos en las calurosas tardes de verano.
En mi adolescencia, melancólica, subía por la cuesta cuando regresaba del colegio en las vacaciones de verano con el libro de poemas apretado entre las manos, como si llevase un secreto del que fuese a gozar en solitario. Subía por la cuesta, después bajaba hacia el río y sentado en la hierba del soto, recostado en el tronco de un viejo chopo, saboreaba las rimas y leyendas de Bécquer, los poemas de Machado, los versos de Calderón, de Lope, de Neruda... Era una sensación de gozo interior que entonces sentía con la lectura y que me ha costado años, después de muchos avatares, volver a revivir.
Más tarde, por esa cuesta subí cogido de la mano de mi primera novia. El destino era el mismo, las choperas al lado del río; al principio con la caída del sol iniciábamos el regreso, después recibíamos allí las penumbras y más tarde la oscuridad. Fueron las primeras experiencias de amor y de sexo, con lo de sublime que tienen ambas sensaciones cuando se experimentan juntas. De regreso, anochecido, la felicidad no cabía por la cuesta, y en vez de andar sobre el suelo parecía que lo hacíamos sobre algodones. Todavía si me esfuerzo logro imaginar con nostalgia, que no  reproducir, aquella sensación.
Los días de lluvia la cuesta recoge las aguas de la ladera de su derecha, donde convergen varios barrancos; toda ella se convierte en un rápido torrente que llega a arrastrar piedras y guijarros; como muestra, después de escampado, quedan pequeños montoncillos en la curva que precede la subida. Pasada la tormenta me gusta salir  allí a percibir el olor a tierra mojada, a romero y a tomillo, que lo invaden todo después de la lluvia, mientras las babosas y los caracoles, eufóricos y atolondrados inician escarceos suicidas por  el camino.
Arriba de la cuesta torciendo a la izquierda, serpentea un sendero escoltado de cipreses que va a parar al camposanto. Entramado de cruces y de nichos, de flores frescas y otras marchitas, goterones de cera, de silencios y de suspiros, de monólogos no respondidos, de excusas y arrepentimientos siempre aceptados, de lágrimas escapadas, de sollozos incontenidos.
Es la cuesta de mi pueblo, la que de momento me lleva a la era que domina el valle, donde respiro hondo, me distancio de mis preocupaciones cotidianas y me siento lleno de paz.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe