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jueves, 17 de mayo de 2018

SUPREMACISTA PALABRA DE MODA



“Supremacistas”, son aquellas personas que se sienten por encima del resto, en una vivencia subjetiva que se otorgan, basándose en títulos, ideologías, creencias, atributos, poderes, clase social, raza, nacionalidad, sexo, etc.
Los seres humanos, en dignidad, todos somos iguales: mujeres, hombres, raza, nacionalidad, clase social, etc. El tener una formación especial, una ideología, e incluso ser experto en algo, es para compartirlo con los otros, no para dominarlos. Es sólo un aspecto de nuestra personalidad. Los otros lo asumirán o no desde su libertad. Somos autónomos y como tal nos debemos respeto. Lo que más nos iguala además de la dignidad que se nos reconoce simplemente por ser seres humanos, es la “vulnerabilidad”; basta ser consciente de este concepto para bajar de la “nube”.
Los que se sienten superiores, les falta un punto de reflexión, de madurez, entre otras cosas. Se sienten aupados en podios por encima del resto; su desprecio suele ser más solapado y más selectivo hacia determinados grupos. Suelen ser personas también con otras carencias: prepotentes, sectarios, primitivos, a veces agresivos; no son rigurosos, ni honrados intelectualmente y generalmente poco inteligentes.
Los hay en muy diversos ámbitos, aunque su estructura psicológica suele ser similar: Los de clase social. Los de “pedigrí” de familia. Los de poder económico. Los de “poder”: pueden ser cargos políticos, jefes, etc. ¡Los de uniforme! (cuanto imbécil hay con uniforme, aunque hay que reconocer que cada vez menos). Los raciales. Los de determinadas nacionalidades. ¡Qué miserable es sentirse superior por el color de la piel, o por haber nacido en un lugar determinado! Los culturales. Los morales, etc.
Digo de antemano que, en general, me producen repulsa y algunos claramente desprecio, sobre todo los supremacistas de raza, nacionalidad, y los morales. Algunos, intentan imponer sus tesis sintiéndose “elegidos” y son capaces de las mayores tropelías. En nombre supremacía moral de religiones, ideologías de extrema derecha, de extrema izquierda, razas, nacionalismos extremos, se ha vertido mucha sangre. La historia es terca.
 Nadie somos más que nadie. Todos merecemos respeto, independientemente de raza, sexo, nacionalidad, clase social, religión, no creencias, etc.
 La consideración a nuestras opiniones, a la calidad de nuestro trabajo etc., nos las tenemos que ganar individualmente; en ese aspecto lógicamente no todos somos iguales, nos tenemos que ganar la consideración de los demás por nuestro comportamiento. Es un ámbito individual. Pero a nadie se puede despreciar, ni negar su dignidad como persona.

Ángel Cornago Sánchez. Derechos reservados
Fotografía. Ángel Cornago. Castillo de Loarre.

miércoles, 7 de junio de 2017

NO ME GUSTA...

Reflexiones a vuelapluma

No me gustan las personas que se creen superiores por haber nacido en uno o en otro lugar, como si nacieran ungidas con un marchamo de calidad distinta al resto de los mortales.
No me gustan los que desprecian a las personas de raza distinta. Me refiero sólo a la raza. Se puede rechazar su cultura, sus costumbres, si conculcan derechos fundamentales. Eso no es racismo. Las razas son todas respetables. No nos pertenecen, ni las hemos elegido. En esencia y dignidad, ninguna es superior. Unas pueden estar más desarrolladas que otras, pero todas deben ser objeto de respeto.
No me gustan los puritanos que compensan su desprecio con paternalismo, con caridad o con discriminación positiva. El camino es derechos y respeto.
No me gustan, me parecen deplorables, los poderes que tratan de utilizar al ciudadano. Los hay muchos: los poderes económicos, los religiosos fundamentalistas de algunas religiones, los políticos partidistas con sus mensajes perversos.
No me gustan los que no aceptan y discriminan a los homosexuales.
No me gustan los intelectuales vendidos a ideologías, para medrar. Hay muchos, aunque eso, los descalifica como intelectuales.
No me gustan los explotadores. Hay que rebelarse contra ellos. Ni un paso atrás. Sindicatos, pero regenerados. 
No me gustan los militantes de partidos fanáticos de sus ideologías, sin capacidad de autocrítica, aunque con frecuencia no defienden ideologías, sino seguir viviendo del puesto que les ha conseguido el partido.
No me gusta la esclavitud intelectual. Están muertos. No pueden aportar nada a su ideología, ni a la sociedad.
No me gusta el adoctrinamiento “solapado”, ni de religiones, ni de ideologías políticas. Me parece una fechoría cuando lo hacen con niños. Hay muchos ejemplos; algunos próximos.
No me gustan los que pervirtiendo el lenguaje, sin inmutarse, utilizan palabras como “democracia”, “derechos humanos”, “justicia”… y son capaces de las mayores tropelías, incluso son capaces de matar.
No me gustan los que defienden, “el fin justifica los medios”. Puede haber excepciones, pero después de sopesarlo y debatirlo muy seriamente. Hay partidos que lo utilizan como regla y ha sido su filosofía habitual. Los resultados: perversos.
No me gustan los radicales de uno y otro signo que se sienten salvadores de los demás. Suelen ser peligrosos, y los resultados catastróficos. Suelen fundarse en “el fin justifica los medios”, y son capaces de las mayores barbaridades. La historia es tozuda en demostrarlo.
No me gusta los que catalogan a las personas por sus siglas, por sus creencias…
No me gustan los que no tienen respeto a las creencias, y los que no lo tienen a los que “no las tienen”. Es una opción personal e íntima de cada cual.

No me gustan los aduladores para conseguir favores. Hay verdaderos estrategas de la adulación. Me inspiran desprecio. En general, consiguen favores, porque hay muchas personas que les gusta ser adulados para sentirse importantes.
No me gustan los necios con uniforme. Se enaltecen, y utilizan mal su poder. También son muy frecuentes. Se aprecia en su actitud prepotente. Los necios sin uniforme o sin poder, tienen menos peligro.
No me gusta la inconsecuencia habitual. Nadie somos perfecto, pero hay muchos que lo hacen como norma.
No me gustan los resentidos ni los envidiosos.
No me gustan los que, en los debates, ante un argumento del contrario, sonríen con aire de superioridad.
No me gustan los prepotentes.
No me gustan los trepas y los que se arriman al poder.
No me gustan los vagos.
No me gustan los cobardes.
No me gusta la deslealtad.
No me gusta la amistad interesada.
Hay políticos en todos los partidos, cuyo único fin es mantener o conseguir el poder. No buscan la verdad y el bien del ciudadano, sino su propio provecho o el de su partido. Los ciudadanos nos debemos rebelar.
….
No quiere decir que todo lo demás me guste, ni que yo me sitúe en un limbo y que no haya hecho cosas que no me gustan. Las tengo claras y, las asumo.

Preconizo un rearme moral y de valores de la sociedad, y una regeneración de los partidos políticos y sindicatos. Una justicia independiente.
Ángel Cornago Sánchez

viernes, 10 de febrero de 2017

COLOR DE PIEL

COLOR DE PIEL


La piel es el envoltorio, la cubierta del ser humano. No es un órgano inerte, sino que tiene sus funciones, independientes de su color. Además, todos tenemos los mismos órganos y el mismo código genético. En consecuencia, no hay justificación para una valoración diferente. Es un derecho inalienable, la no discriminación, el respeto a la dignidad que todos tenemos por el hecho de ser personas.
Es pues, una aberración conceptual, aunque frecuente, discriminar negativa o positivamente a personas o a grupos de población, por el color de su piel, raza, sexo, condición sexual, lugar de nacimiento, costumbres, cultura, nacionalidad, etc.
Lo que diferencia a cada ser humano individualmente, son sus valores: esa carga que hemos ido acumulando y que nos permite resolver nuestra vida, la interacción con los otros, con el medio ambiente, nuestros códigos éticos, etc. que, en este caso, serán individuales en cada cual. Somos seres singulares, aunque podemos coincidir en parte con otros.
Por esta singularidad, sí se nos puede valorar individualmente fuera del ámbito privado, y de hecho se nos valora y valoramos; nos gustan las opiniones, el comportamiento, la profesionalidad, etc. de determinadas personas, mientras no nos gustan los de otras. En esto no todos somos iguales, y dicha valoración en determinados aspectos nos la tenemos que ganar para bien y para mal. Todas las personas somos respetables, pero la valoración de nuestras opiniones, de nuestros actos, en el ámbito público, pueden ser objeto de ser valoradas por los demás.
Por eso, discriminar a una persona por su color de piel, raza, cultura, costumbres, lugar de nacimiento, condición sexual, etc., es irracional, inmoral y reprobable.
Discrepar en ideas, razonamientos, gustos, y hacerlo civilizadamente es normal, yo diría que positivo, porque enriquece a nuestra sociedad, aunque, con frecuencia, suele aparecer el afán de dominio de “mesiánicos salvadores”, para estropearlo todo.

Ángel Cornago Sánchez.         Reservados derechos


lunes, 5 de enero de 2015

SÍMBOLOS Y RITOS

Símbolos y ritos.
 Ángel Cornago Sánchez
Formo parte de una generación que crecimos en un ambiente social y en unas enseñanzas dominadas por los ritos y los símbolos. Las celebraciones religiosas con su boato en las grandes fiestas y procesiones, sus ceremoniales, sus ricas vestimentas. Las manifestaciones políticas con un marcado signo plebiscitario, y conceptos como patria, bandera, caudillo, raza, tenían gran poder de convocatoria, alrededor de los cuales, existía un halo de fervor enardecido e irracional que, aparentemente, aglutinaba a las masas; probablemente era más aparente que real, y en ocasiones aberrante. El paradigma de este tipo de comportamientos es el que originó la filosofía y principios nazis; recuerden toda la parafernalia de signos y símbolos que utilizaban. Hoy existen muchos ejemplos similares en el mundo, que son capaces de manipular a la mayoría e incluso bajo sus lemas y banderas justificar la violencia y el asesinato.
Nuestra generación tuvimos claro que aquello era ficticio, que detrás de aquellos conceptos, de aquellas actitudes, de aquellas ceremonias, había fundamentalmente un intento de manipular y de dirigir a la mayoría. Entonces, identificamos los símbolos y los ritos con la mentira y con la opresión. Sentimos que aquello había que cambiarlo y sustituirlo por otras ideas, más sociales, más humanas. Pero los ritos y los símbolos quedaron devaluados como reflejo condicionado a la situación que nos tocó vivir.
Pero, no cabe duda que cumplen un papel importante. Para cerciorarnos solo tenemos que leer la historia y observar los países del mundo. Este proceso es irracional y emotivo, pero necesario. Una bandera es un trozo de trapo, pero simboliza lo que por consenso hemos decidido otorgarle. Es un mecanismo de unión y de cohesión de los grupos sociales, desde los equipos de fútbol, asociaciones y, sobre todo países y naciones, desde los grupos más primitivos hasta los más poderosos, desde las religiones a los poderes económicos y políticos. Todos tienen su emblema y bandera.
Los símbolos y los ritos son necesarios, no basta con una ideología justa, ni con una información de los contenidos reflexiva para que cada cual los asimile. La pedagogía de este primer proceso es racional y necesaria, basada en la información y en la reflexión. Pero como seres sociales que somos, necesitamos unirnos para defender objetivos comunes, sobre todo nuestra supervivencia como grupo social, como nación. En nuestro país este concepto también está en crisis. Uno más entre tantos aspectos, junto con la corrupción generalizada.

Los partidos políticos tienen, entre otras, dicha responsabilidad: unificarnos alrededor de símbolos que sean comunes a todos y que a todos nos representen. Es fundamental la bandera y la idea de patria. Hay que reforzar nuestro grupo social. Ambos no se deben identificar con la dictadura. Deben dejar de utilizarlos como arma arrojadiza. Si es preciso, que negocien y pacten para crear los símbolos que representen a todos, sustentados por los ritos correspondientes, en defensa del grupo al que pertenecemos. Y corre prisa en este momento de crisis de todo tipo, porque el país se nos va de las manos. La razón unida a la emoción refuerza la cohesión. Es un poderoso mecanismo psicológico utilizado desde siempre, aunque  no debe basarse solo en la emoción.
Ángel Cornago Sánchez.NACION