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lunes, 25 de septiembre de 2017

LA CUESTA (Inspirada en Los Fayos)

La cuesta.

La cuesta junto al otero, la que está a la salida del pueblo, la que lleva a la explanada desde donde se domina el valle donde voy a descansar muchos atardeceres en busca de paz y de distanciamiento de las miserias cotidianas, es una cuesta dura, de tierra y grava, con rodaderas marcadas por las ruedas de los carros que van al monte, y en las que cuando regresan cargados de leña  se hunden hasta los ejes.
Llevo muchos años subiendo esa pendiente. Cuando niño, con otros del pueblo, era el camino que tomábamos para dirigirnos al despeñadero, lugar a una hora caminando del pueblo,  donde el lecho del río se derrama pendiente abajo formando una balsa en su base que utilizábamos para bañarnos desnudos en las calurosas tardes de verano.
En mi adolescencia, melancólica, subía por la cuesta cuando regresaba del colegio en las vacaciones de verano con el libro de poemas apretado entre las manos, como si llevase un secreto del que fuese a gozar en solitario. Subía por la cuesta, después bajaba hacia el río y sentado en la hierba del soto, recostado en el tronco de un viejo chopo, saboreaba las rimas y leyendas de Bécquer, los poemas de Machado, los versos de Calderón, de Lope, de Neruda... Era una sensación de gozo interior que entonces sentía con la lectura y que me ha costado años, después de muchos avatares, volver a revivir.
Más tarde, por esa cuesta subí cogido de la mano de mi primera novia. El destino era el mismo, las choperas al lado del río; al principio con la caída del sol iniciábamos el regreso, después recibíamos allí las penumbras y más tarde la oscuridad. Fueron las primeras experiencias de amor y de sexo, con lo de sublime que tienen ambas sensaciones cuando se experimentan juntas. De regreso, anochecido, la felicidad no cabía por la cuesta, y en vez de andar sobre el suelo parecía que lo hacíamos sobre algodones. Todavía si me esfuerzo logro imaginar con nostalgia, que no  reproducir, aquella sensación.
Los días de lluvia la cuesta recoge las aguas de la ladera de su derecha, donde convergen varios barrancos; toda ella se convierte en un rápido torrente que llega a arrastrar piedras y guijarros; como muestra, después de escampado, quedan pequeños montoncillos en la curva que precede la subida. Pasada la tormenta me gusta salir  allí a percibir el olor a tierra mojada, a romero y a tomillo, que lo invaden todo después de la lluvia, mientras las babosas y los caracoles, eufóricos y atolondrados inician escarceos suicidas por  el camino.
Arriba de la cuesta torciendo a la izquierda, serpentea un sendero escoltado de cipreses que va a parar al camposanto. Entramado de cruces y de nichos, de flores frescas y otras marchitas, goterones de cera, de silencios y de suspiros, de monólogos no respondidos, de excusas y arrepentimientos siempre aceptados, de lágrimas escapadas, de sollozos incontenidos.
Es la cuesta de mi pueblo, la que de momento me lleva a la era que domina el valle, donde respiro hondo, me distancio de mis preocupaciones cotidianas y me siento lleno de paz.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe


miércoles, 10 de mayo de 2017

REMEMORANDO CON LOS SENTIDOS: EL GUSTO. LA VISTA

El gusto.
En la especie humana, el gusto es un sentido que junto con el tacto y el olfato podemos considerar como “menores”, comparados con la vista y el oído que parecen ser más esenciales para nuestra supervivencia. Probablemente no somos conscientes de la importancia de estos sentidos “menores”; es posible que por medio de ellos nuestro cuerpo seleccione determinados alimentos que son necesarios o perjudiciales para nuestro organismo; esto en las especies animales es así, sin embargo, en la especie humana, al no tener que utilizarlos como precisos a través de los siglos, hemos ido perdiendo dicha facultad y, en este momento, sólo nos sirven para seleccionar lo más placentero. Actualmente pues, en la especie humana, el gusto es un sentido no fundamental, de tal forma que, podríamos vivir sin él sin problemas graves, aunque probablemente algo se alteraría en nuestro organismo. Por medio del gusto saboreamos lo que estamos comiendo. La ingesta de alimentos imprescindible en nuestra actividad diaria, primero asegura la subsistencia, después selecciona lo que más agrada a nuestro paladar para producir también cierto placer; no nos podríamos alimentar de forma indefinida, ni tal vez durante mucho tiempo, ingiriendo pastillas cuyo contenido incluyese todas las calorías y principios inmediatos necesarios para la actividad diaria. Comer con gusto es sinónimo de salud, y el no sacarle gusto a la comida síntoma de enfermedad física o mental. Por eso, aunque teóricamente podríamos vivir, y seguramente podríamos hacerlo en situaciones extremas o por determinadas motivaciones, no tardarían en surgir alteraciones; la dieta de los astronautas nunca podrá equipararse al momento en que nos ponemos delante de un bocado dispuestos a saborearlo. De hecho, muchas obesidades tienen su origen en problemas psicológicos; son pacientes que de forma más o menos consciente compensan lo negativo de sus vidas con actos placenteros, como comer. Probablemente, influye en la salud física y mental.
El gusto es un sentido que apenas deja huella. Es muy difícil reconocer un gusto similar a otro que nos impactó de forma especial cuando éramos niños, más bien van unidos a comparaciones pero no a identificaciones; eso probablemente se debe a que todos los recuerdos van unidos a vivencias impactantes, y el acto de comer que es cuando degustamos, es demasiado primitivo y poco sofisticado como para verse afectado por acontecimientos; cuando estos suceden en el acto de la ingesta, se suspende esta y son otros los sentidos que viven el acontecimiento y por tanto los que quedan mediatizados. Aun así tengo recuerdos que rememoro por el gusto, alguno de ellos tal vez intelectualizado y dominado por un juicio de valor: bueno o malo.

La vista.
La vista es probablemente el sentido básico por excelencia. Su función es la de información. En un medio hostil, sin visión y sin ayuda, moriríamos en poco tiempo. Es fundamental para desplazarse, para defenderse de los enemigos, para buscar comida. Como el oído, está funcionando continuamente excepto durante el sueño, seleccionando y mandando información a nuestro cerebro que este interpreta, selecciona, fija, desecha o almacena. Las imágenes que almacenamos son las que por el motivo que sea han atraído especialmente nuestro interés o las hemos vivido con especial intensidad.

Cuesta trabajo rememorar imágenes que fueron impactantes en su momento a partir de las actuales; la visión puede ser el hilo conductor que traiga a la memoria situaciones similares ya vividas. Otras veces el reconocer los lugares o las personas con las que tuvimos relación hace años, nos sirve como vehículo para recordar el pasado. Emociona ver a alguien que conocimos y con quien tuvimos una relación positiva hace años, pero la imagen visual no es la misma. Lo propio sucede cuando volvemos a un lugar en el que vivimos momentos felices o desgraciados; incluso el más subdesarrollado ha cambiado, unas veces por mejora y otras por abandono.

sábado, 22 de abril de 2017

LOS CINCO SENTIDOS. EL OLFATO

La infancia es un periodo clave en nuestra vida. Sobre la estructura psicológica virgen y sin mecanismos defensivos, van a actuar estímulos que nos van a impactar profundamente y que van a ir modelando nuestra urdimbre psicológica, intelectual y afectiva. Esta trama, por supuesto, será modificada a lo largo de nuestra vida, pero no fácilmente, y siempre, a través de procesos psicológicos lentos, y a veces dolorosos.
Los hechos y las vivencias de esa época infantil tienen tanta fuerza, que aún después de muchos años, revivir un hecho que nos impactó de forma especial, se acompaña de las sensaciones y emociones que entonces experimentamos.
Los sentidos son algo más que un sistema de comunicación con el entorno. No sólo trasmiten información fría, sino que dicha información va unida a vivencias que, incluso, dejan huella y se pueden rememorar con los años unidos a las sensaciones que entonces nos provocaron.

El olfato

El olfato es un sentido primordial en la especie animal venido a menos en los humanos a través de los tiempos, al no tener que utilizarlo de forma perentoria para la supervivencia, debido a la evolución y al desarrollo de nuestro cerebro que ha hecho de nuestra especie la que domina el mundo; a pesar de todo, es un sentido fundamental para el examen de lo que nos rodea. Cuando conocemos un lugar por primera vez, el olfato junto con la vista y el oído, exploran el entorno. Utilizamos el olfato en nuestras actividades más placenteras, así, olemos lo que vamos a comer, y es fundamental el olor de la persona a la que vamos a amar.
 Es uno de los sentidos que nos conecta más fácilmente con aquellas primeras sensaciones; en mi caso no tengo el olfato especialmente desarrollado y, sin embargo, me transporta con frecuencia al pasado; cuando revivo una situación, no me es difícil sentir aquel olor, y, con más facilidad, cuando percibo un olor determinado, lo identifico con una situación, ya sea agradable o traumática ya vivida. El resto de los sentidos como el gusto, el tacto, la vista o el oído, lo hacen de forma más superficial. Esta unión entre hecho, sensación afectiva y vivencia sensorial, sucede con acontecimientos que nos han impactado especialmente a lo largo de nuestra vida.
Recuerdo el olor de los urinarios del colegio de religiosos donde pase los primeros años de mi educación, y lo recuerdo unido a una sensación de desasosiego y de angustia que era la habitual en la que viví aquellos primeros años en aquel centro. Acudir a las clases cada día me suponía algo muy cercano al terror, por los métodos despiadados que utilizaban con nosotros, desde amenazas continuas intimidatorias, castigos, y severas agresiones físicas. El ambiente estaba cargado de inseguridad y de miedo. Con frecuencia tenía que ir al retrete, creo que motivado por la desestabilización crónica que en mi intestino provocaba aquel clima de angustia. Llevo todavía aquel olor interiorizado, y cuando lo percibo en algún lugar, no puedo menos que sentir desasosiego, supongo que como reflejo condicionado unido a las vivencias de entonces.; probablemente sea la situación más traumática de mi infancia y que, de alguna forma, me ha marcado de forma negativa en determinados aspectos. Si la finalidad de los colegios es educar y sacar partido de los discípulos, estoy seguro de que aquel produjo ciertos destrozos en mis potencialidades que seguramente nunca he llegado a reparar del todo´.
 
Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”. Eds. Trabe


miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA MUERTE

       La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

     La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando.
     Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
     La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte.
     En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto.
      En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
     ¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado.
     
En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[1].
     La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo”





[1]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.