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viernes, 24 de abril de 2015

LA GENERACIÓN DE LAS POSGUERRA

LA GENERACIÓN DE LAS POSGUERRA 
Ángel Cornago Sánchez
“Los que no vivimos la guerra civil y nacimos en los años posteriores a su terminación,  hemos sido una generación marcada por intensos cambios, tanto a nivel político, como religiosos y humanos. Fuimos educados en unas estrictas y puritanas reglas morales, en unas verdades religiosas incuestionables y en unas ideas políticas de verdades absolutas; luego, en nuestra evolución posterior, tuvimos que recomponer, cuando no destruir, todo el andamiaje con que nos habían formado para, en el mejor de los casos, construir otro que nos sirviera, con lo traumático que todo el proceso conlleva, quedando no pocas veces, mucho tiempo a la deriva, y algunos tal vez para siempre.
Nuestros padres casi todos hicieron la guerra en un bando o en otro, la mayoría sin elegirlo, y en general, los que nacimos de los que no tuvieron problemas de exilio ni de clandestinidad, habían pertenecido al bando nacional donde habían luchado de forma más o menos entusiasta. En los años posteriores unos se sentían vencedores y se comportaban con la arrogancia de tales, sabiéndose en posesión de un poder que creían haberse ganado. Otros trataban de olvidar a toda costa los años pasados y de reintegrarse a la vida civil. Los críticos con el régimen, o estaban en la clandestinidad, o se cuidaban mucho de hablar en público y casi ni en privado de sus ideas. Fue una página trágica de nuestra historia que había que olvidar lo más rápido posible. Había otros que habían perdido familiares en el frente para los que el olvido era doloroso y nada fácil. Por último había no pocos que habían perdido familiares directos fusilados en las cunetas de las carreteras o en las tapias de los cementerios, para los que el olvido era casi imposible.
Las mujeres habían vivido las mismas sensaciones, pero en la retaguardia con menos implicación política que los hombres, pero sufriendo por padres, hermanos y familiares en el frente y con las mismas sensaciones de dolor y de rencores.
Estos fueron nuestros padres, hombres y mujeres que les había tocado vivir un momento histórico trágico que, de alguna forma, se iba a reflejar en nosotros como hijos. A todos les había tocado vivir una situación límite, unos en las trincheras y otros en la retaguardia, y como toda situación límite les había puesto a prueba y les había marcado para siempre. Muchos, al menos en su fuero interno, sabían si  eran héroes, cobardes o culpables, y esta vivencia no la iban a olvidar en toda su vida. De alguna forma, todos íbamos a participar de aquella experiencia que iba a conformar nuestra forma de ser, pues mi generación vivimos nuestra infancia en los años posteriores a la guerra cuando las actitudes estaban todavía vigentes y las heridas abiertas.
Aprendimos a vivir silencios y cuchicheos en torno a determinados temas que no entendíamos, a adivinar tragedias o noticias preocupantes mirando a las caras de nuestros padres cuando daban en la radio las noticias en el parte de las dos y media, a tenerle miedo a la autoridad representada en los uniformes, y sobre todo a la guardia civil, a mirar con recelo a determinadas personas que según decían de forma muy queda habían ejecutado a gente en la carretera, a comer pan negro, a las cartillas de racionamiento, a tomar leche aguada.
A los muchachos nos inculcaron que había que ser muy machos, no había que llorar, todo lo que sonase a sensibilidad sonaba a mariconería; a muchos padres no les importaba que sus hijos bebiesen alcohol o fumasen, pues era un signo de hombría, lo mismo que el irse de putas o ser mujeriego. Las mujeres sin embargo debían de ser pías, a poder ser “hijas de María”, vírgenes hasta el matrimonio, aunque fuesen imbéciles en otros aspectos de su personalidad, a poder ser sin experiencias sentimentales previas y lo más sumisas al servicio del hombre.
Esto fue lo que conformó nuestras primeras experiencias infantiles, lo que formó nuestro andamiaje psicológico. Luego vino la reacción individual a todo aquello, el oír radio España Independiente o radio París de noche con muchas interferencias, pero nos enterábamos de otro mundo que a nosotros nos estaba vedado; las primeras reuniones clandestinas para conspirar, las primeras manifestaciones en la universidad, y en general un proceso de concienciación que no hubiéramos tenido sin nuestro pasado histórico.
Nuestra generación tuvo como circunstancias positivas el que fuimos educados en la exigencia y en el esfuerzo, necesario para cualquier empresa que se pretenda; tanto los que nos dedicamos a estudiar como los que lo hicieron a trabajar, sabíamos que había que hacerlo con ahínco. Estábamos deseando independizarnos de nuestros padres, tener nuestra autonomía y nuestra libertad.
Como reacción al sistema político que vivimos, creímos en unos ideales que muchas veces antepusimos a los materiales, aunque posteriormente nos hayan decepcionado, no los ideales en sí, sino las personas que se han erigido en portadoras; eso nos ha llevado a ser mucho más realistas e incluso escépticos.
Fue una educación poco humana, rígida, extremista, totalitaria; la forma de enjuiciar las cosas, bueno-malo, blanco-negro, poder-sumisión, nos marcó tal vez para siempre y nos hizo ver la vida desde perspectivas extremas: virtud-pecado, triunfo-fracaso, belleza-fealdad, juventud-vejez… La educación religiosa llena de pecados e hipocresías, tan poco humana, tan poco social; la Iglesia estaba con los ricos y con los poderosos; era más grave un pensamiento lujurioso que no ser solidario o ser injusto con los semejantes. Esta educación, centrada en el sexto mandamiento, era mucho más estricta y machacona en los seminarios, donde muchos ante la falta de recursos y el deseo de salir de la pobreza, tuvieron que ingresar para poder estudiar, a costa de ceder sus conciencias, desde muy jóvenes, a censores que las moldearon en aras a unos valores religiosos, que resultaron inhumanos, puritanos y muchos de ellos falsos. Por estos planteamientos aprendidos en la niñez, muchos nos pasamos la adolescencia, la juventud  y tal vez gran parte de la vida, luchando con y contra nuestras fantasías, contra nuestras limitaciones, en definitiva intentando desmontar el andamiaje psicológico que nos habían montado en la niñez y en la adolescencia.

Algunos, como mi amigo Juan, e incluso en algunos aspectos yo mismo, nunca lo conseguimos”.
Ángel Cornago Sánchez. Prólogo de mi novela: "Las sombras de la luna"

sábado, 18 de abril de 2015

EL "PRAO" LUGAR DE ENCUENTROS AMOROSOS EN LOS SESENTA.

“El Prado”

Ángel Cornago Sánchez
En la Tudela de los años sesenta del siglo pasado, los jóvenes, la mayoría no disponíamos de coches, y el lugar habitual donde realizábamos los juegos amorosos las parejas era en “el Prao”. El Prado no tiene nada que ver con el concepto de prado como lugar tapizado de hierba que asociamos a los prados del norte. En este caso, el nuestro, es el paseo situado en la ribera derecha del Ebro y que hoy conserva el mismo nombre de entonces, aunque no el mismo aspecto. El quiosco era el mismo, así como los árboles de todo el paseo, excepto unos que había junto al quiosco que se talaron.
Cuando oscurecía, existía cierta iluminación hasta el quiosco, a partir de este había dos o tres bombillas mortecinas que iluminaban a trechos hasta la calleja de Ochoa, hoy Gladis, y que la mayoría de las veces estaban rotas por los habituales de la zona en busca de mayor intimidad; a partir de dicha calleja reinaba la oscuridad más absoluta.
Este paseo era el lugar habitual donde las parejas iban a gozar de sus escarceos amorosos; en verano la afluencia era masiva, y había noches, sobre todo los sábados, en que era imposible encontrar un banco libre, e incluso, exagerando un poco, había problema para encontrar un árbol libre en cuyo tronco apoyarse, o un sitio en el atoque que recorría el lado izquierdo del paseo hasta la susodicha calleja, teniendo en cuenta que había que guardar cierta distancia para preservar la intimidad; había días en que, al parecer, “estábamos todos allá”. La mayoría pienso que eran juegos amorosos inocentes como los que se llevaban en aquella época, aunque probablemente muchos embarazos no buscados se gestaron, y nunca tan bien dicho, en dicho paseo.
Creo que el grado de evolución de los intercambios amorosos estaba en relación con las distintas zonas del paseo: en un primer momento el quiosco era una zona fronteriza y se buscaba el acomodo en los bancos o en el atoque de la zona iluminada; conforme se iba intimando y en sucesivas salidas, se buscaban zonas más en penumbra, y después, oscuras del todo; el pasar de la calleja de Ochoa ya era una zona tremendamente comprometida y lugar para los ya iniciados; el ir a la “peñica” equivalía a llegar, al menos teóricamente, a los niveles más avanzados en las relaciones; cuando un chico decía que había llevado a una chica a la “peñica” - final del paseo- equivalía tanto como llevarla al pajar, aunque yo creo que no era para tanto. Nosotros fuimos una generación de presumir mucho y hacer poco; la generación de nuestros padres que fue la del “pajar”, seguramente fueron mucho más discretos y más efectivos.
El “Prao” no sólo se utilizaba en verano, también en todo tiempo, incluso en invierno; entonces, como he dicho, la mayoría no disponíamos de coche y había que capear el temporal como se podía. Todavía recuerdo divertido, como en pleno invierno, algunas parejas se introducían en la oscuridad del paseo a paso ligero como quien va a una urgencia o a un deber que corre prisa y con el que hay que cumplir a pesar de la inclemencias del tiempo; luego se les veía salir con la misma prisa porque iban a dar las diez y la chica debía que estar en casa para esa hora. ¡Eran cosas de la naturaleza! en una época determinada
“El Prao” era un lugar aceptado para tales menesteres, y nadie se extrañaba de que parejas de novios ya consolidadas frecuentasen el paseo; el que lo hiciesen parejas primerizas, sobre todo si iban “agarrados”, era señal de relación con visos de estabilidad, y si no llegaba a ser así, la honra de la chica podía quedar dañada. Había parejas sin compromiso que iban charlando con aparente indiferencia, incluso comiendo pipas como si fuesen paseando por los lugares más céntricos y que hubiesen llegado allí despistados; en cuanto se introducían en la zona oscura, las pipas dejaban de ser el motivo de atención para centrarse en otros goces más agradables y perentorios hasta entonces disimulado con la sal de las pipas, aunque, según dicen, había alguna chica que seguía comiéndolas mientras realizaba los juegos amorosos; (Nicolás Fernández de Moratín relata en uno de sus libros, que había una chica en Madrid que solía comer cerezas y escupía los huesos intentando llegar al techo, mientras estaba en tales menesteres). Cuando volvían a salir de la zona oscura, sacaban de nuevo la bolsa de pipas del bolsillo y, como si tal cosa, se reintegraban a la zona habitual de paseos inocentes. A veces, algún destrozo en el cardado del pelo, el rimel corrido, algún rastro de pintalabios, o algún botón desabrochado o mal abrochado, hacían sospechar que algo más que comer pipas habían estado haciendo.
A pesar de todo, aquella fue una época de una muy fuerte represión sexual que nos impidió acercarnos al sexo contrario con naturalidad, y eso dio origen a no pocas alteraciones en el comportamiento y, en todo caso, a vivir estas sensaciones con culpabilidad.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”