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martes, 10 de febrero de 2015

Ventanitos

Ventanitos
Ángel Cornago Sánchez

Otro hombre peculiar de aquella época fue Ventanitos. Se llamaba Jesús pero todos le llamábamos “Ventanitos” y, habitualmente, añadíamos el calificativo de “Colín”. Lo de “Ventanitos” se debía a unos “pedazos” de tela de color más intenso, generalmente azul, de forma cuadrada cosidos para arreglar el desgaste del pantalón a la altura de ambas nalgas y de las rodillas, y que semejaban pequeños ventanos; y lo de “colín”, porque siempre buscaba el asentimiento de los adultos, y si estos eran guardias, concejales o el alcalde, mucho mejor. Su venia no era hacia el rico, sino hacia el que él consideraba autoridad de una forma muy primitiva. Tenía la inteligencia de un niño de cuatro o cinco años. Era alto, gordo, escurrido de culo, orondo de tripa, cabeza pequeña que calaba con una boina en el cogote; la imagen se parecía a la que hoy anuncia las cubiertas Michelín. Era un buen hombre, incapaz de crear problemas a nadie. Los niños, como siempre, le hacíamos diabluras, la más suave llamarle “colín”; él contestaba con su cara de luna llena y sus ojos inexpresivos, pero probablemente inundados de tristeza: “se lo diré a tu madre y a tu padre”, nos decía. A veces nos pasábamos e incluso hoy me cuesta trabajo entender las barbaridades de que éramos capaces. Ventanitos trabajaba de barrendero en el ayuntamiento; los barrenderos entonces iban empujando unos carros de mano metálicos, con ruedas asimismo metálicas, que producían un ruido infernal al pasar. Cuando lo habían llenado de basura iban a descargar al camino del Cristo, situado en el extrarradio de Tudela, inmediatamente después de pasar la antigua fábrica de harinas, hoy sede de la policía municipal. Un día, estaba con mi amigo Julián en la herrería que regentaba su padre enfrente de la puerta de la Mejana, y andábamos enredando con una escopeta de perdigón tirándole a un blanco que habíamos puesto dentro de la herrería aprovechando que no estaba el Sr. Mariano; oímos el carro y la voz de Ventanitos y salimos con intención de tomarle el pelo, pero como llevábamos las escopetas en la mano, no se nos ocurrió cosa mejor que tirar al carro que en aquel momento empujaba el pobre hombre; los chasquidos de los perdigones contra la caja metálica fueron tremendos, de tal forma que hasta nosotros nos asustamos; Ventanitos salió corriendo dejando el carro en medio de la calle y no regresó hasta que el padre de Julián que llegó al poco, nos quitó las escopetas y nos echó una buena reprimenda. Otra jugarreta que se le hacía con frecuencia, era, cuando estaba despistado quitarle el pasador a una de las ruedas del carro; en aquellas calles la mayoría de adoquines, al reemprender la marcha, no tardaba en salirse de su eje y caía el carro con gran estruendo en medio del jolgorio de los crueles muchachos. No sólo los niños se aprovechaban de Ventanitos para su divertimento, algunas amas de casa que no habían bajado la basura al paso del carro municipal, bajaban con el pozal de desperdicios cuando pasaba Ventanitos y lo capuzaban en su carro de mano, y era frecuente que nada más comenzar la tarea tuviera que ir a descargar hasta el camino de “El Cristo”.
Era un hombre sin agresividad, mejor dicho, era un niño con cuerpo de adulto, y en nuestra comunidad jugó el papel que en todas les tocaba jugar, al tonto del pueblo, al lisiado, al desvalido; es como si todos, entonces,  necesitáramos magnificar las carencias de unos para remarcar la propia valía o la teórica normalidad, que en realidad era vulgaridad y mala ralea, pues en la escala de capacidad intelectual estaban teóricamente inmediatamente por encima de aquella subnormalidad, aunque en el aspecto humano, en muchos casos, estaban por debajo. Ocurre también entre las personas que nos consideramos normales respecto a las que dependen de nosotros y se dejan manipular; en general se tiende a abusar de ellas.
Durante sus últimos años vivía con su madre en el Hospital Nuestra Sra. de Gracia, y el día que ella murió se asomó por la tapia de atrás de la huerta, no se si desesperado o sin percatarse de lo que ocurría, para decirle a una vecina “Jesusa ya ha caído”. No sé que fue de él.
“El mudo” era un hombre enjuto, moreno, con bigote poblado, de mediana estatura y bastante calvo; los pocos recuerdos que tengo de él se reducen a que trabajaba de carbonero, jugaba al ajedrez, al parecer muy bien (solía hacerlo en el “Tazón”), y que daba la impresión, a pesar de dedicarse a trabajo físico, de tener cierta cultura.
Hay otras personas de las que guardo leve recuerdo por su peculiaridad, pero no muy detallado, tal vez por que las conocí cuando era muy niño, puede ser el caso de “Perero”, amigo de mi abuelo; sólo recuerdo de él que era rubicundo con un hoyito en la barbilla, que cantaba jotas, y que era entrañable conmigo. También recuerdo, pero de forma muy vaga, a “Garbanzo” amigo de mi tío Manolo, siempre de broma.
Ángel Cornago Sánchez De mi libro, "Arraigos, melindres y acedías".