Mostrando entradas con la etiqueta séptimo arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta séptimo arte. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de diciembre de 2020

APUNTE SOBRE EL ARTE HOY


 

APUNTE SOBRE EL ARTE HOY

 

En teoría, el arte, tanto si lo contemplamos como si lo creamos en alguna de sus manifestaciones, nos eleva a un nivel mental fuera de la vida ordinaria y de la razón. Nos idealiza la vida cotidiana ungiéndola de sentimiento y de emoción. La contemplación y la creación de arte, nos eleva. En “ese momento” somos nobles, en una contemplación o creación desinteresada. Es lo mejor que hay en nosotros. Pero solo dura el tiempo de crear, de contemplación o de encantamiento si se consigue; después, se puede volver a ser vulgar, aunque a la larga, nos puede hacer mejores porque potencia aptitudes nobles.

El arte no sirve para nada en un mundo práctico. Sirve para elevarnos a estados de conciencia especiales. Eso es lo destacable.

¿Por qué el ser humano que ha evolucionado para sobrevivir y reproducirse, en un momento dado utiliza el lenguaje simbólico creando arte, en forma de pinturas, danza, música, palabras, relatos…? Probablemente para trascender de lo cotidiano.

El arte es algo subjetivo. Hay que mirarlo con ojos determinados para admirarlo. En sí, es solo materia que carece de cualquier utilidad. El salto de la utilidad al arte, se produce en el hombre primitivo cuando en un hueso de animal, utensilio con el que cortar o perforar, talla el mango; es cuando le adorna la empuñadora lejos de la utilidad, cuando comienza a hacer arte dejándose llevar por su imaginación, por la emoción, por su inspiración probablemente en la observación en la naturaleza, o en un hecho que ha vivido y le ha impresionado. Las escenas de caza pintadas con pigmentos en las paredes de las cuevas y las escenas familiares se crearon con intención de rememorar hechos, o afectos a personas o animales domésticos.

Hoy, el arte, que en esencia no sirve para nada práctico, en este mundo vertiginoso dominado por la tecnología y por el principio de utilidad, y decadente en valores, está desnaturalizado, incluso mucho del arte que se titula como tal, con un lenguaje en muchas ocasiones imposible de entender, se sitúa en vanguardias catapultadas por intereses. Por supuesto que hay corrientes artísticas excelentes buscando nuevos caminos de expresión.

Considero es importante cultivar y potenciar todas las expresiones artísticas, así como la espiritualidad laica. La espiritualidad religiosa, se basa en creencias, y pertenece al ámbito de lo privado; si no es fundamentalista, no tiene porqué interferir.

Ángel Cornago Sánchez

 Fotografía propia. Ribera Sacra del Sil

 

 


sábado, 11 de marzo de 2017

EL CINE EN LOS CINCUENTA. BREVE BOSQUEJO SOCIAL

El cine.

De aquellos años son las primeras películas que vi; eran en blanco y negro, aunque inmediatamente llegaron las de color, después el cinemascope y más tarde el “todao”; eran avances de una industria que, todavía sin televisión, constituía el mayor y habitual esparcimiento. Muchos domingos, sobre todo en invierno, veíamos dos películas, y en ocasiones hasta tres. La industria debía de ser boyante porque, en una ciudad media como Tudela, había hasta seis cines. Da idea del éxito que tenía entonces en nuestra ciudad el séptimo arte.
En estas salas vimos muchas películas, generalmente de aventuras, o grandes producciones que hoy se siguen considerando obras maestras. Vivíamos el cine con pasión y nos dominaba fundamentalmente el argumento que siempre se reducía a la lucha de “los buenos” contra “los malos”. Cuando los buenos estaban en apuros en su lucha contra los malos, después de un silencio sepulcral en el que todos estábamos angustiados y habíamos dejado hasta de comer pipas o cacahuetes, y se veía que llegaba el amigo o los refuerzos que iban a salvarlos de aquella situación, todos los presentes prorrumpíamos en aplausos y pataleos, sobre todo los de “gallinero”, pues el suelo al ser de madera era mucho más sonoro. Estas escenas, generalmente, precedían el final y, al encender las luces, creo que se adivinaba en nuestros rostros la satisfacción porque una vez más hubiera triunfado el bien sobre el mal.
Entonces, todo era muy moralizante, las cosas eran buenas o malas, blancas o negras, no había matices intermedios, ni dudas, era algo consustancial al régimen político y religioso en que vivíamos. La censura cortaba escenas con mínimo contenido erótico y, asimismo, se encargaba de que no viésemos películas que discrepasen, ni tan siquiera que pusiesen en tela de juicio estos principios; de las películas salíamos enardecidos para ser héroes en defensa de unos valores, lo mismo que de los sermones salíamos convencidos para ser santos; luego la realidad de la vida ha sido muy distinta.
El cine asimismo era un sitio socorrido por las parejas de novios; en verano no había problema y el “prado” servía para manifestarse sus arrumacos, pero en invierno por el frío, el cine era el sitio preferido. Solían pedir las entradas de las últimas filas, generalmente en los extremos; era donde peor se veía pero donde mejor podían dar rienda suelta a sus manifestaciones de cariño; se solía llamar “la fila de los mancos”, porque sólo se les veía una mano ya que la otra la tenían ocupada hurgando en los encantos de su pareja. Era algo habitual y nadie se sorprendía de que así fuera, es como si hubiese un acuerdo tácito, y no resultaba ni mal visto; sin embargo, sí que resultaba chocante, a días, el ver la sala casi vacía y las parejas intercaladas en las últimas filas de tal forma que no se molestaban unas a otras.

Ángel Cornado Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”. Ed. Trabe