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martes, 5 de enero de 2021

EL PACIENTE TERMINAL. DILEMAS ÉTICOS AL FINAL DE LA VIDA

 

PRÓLOGO. EL PACIENTE TERMINAL. DILEMAS ÉTICOS AL FINAL DE LA VIDA




La única verdad incuestionable en la vida del ser humano es, que nuestra existencia es limitada: todos vamos a morir. Basándonos en datos del Instituto Nacional de Estadística[i], teniendo en cuenta los que  fallecen de muerte repentina, ya sea por accidente o enfermedad y los que sufren deterioro neurológico progresivo, el resto, más de un 70 %, vamos a tener tiempo suficiente para darnos cuenta de que se acerca el fin de nuestra existencia; otros elevan esta cifra al 90%[ii]. En la mayor parte de los casos, las últimas semanas, meses e incluso años, irán acompañados de sufrimientos tanto físicos como psicológicos, que junto con la sensación de que la vida se acaba, van hacer de ese tiempo un momento clave de nuestra existencia, donde tendrán suma importancia, la forma de admitir lo irremediable de la muerte y que en definitiva esta forma parte de la vida, la vida pasada, las creencias, los valores, la relación con la familia, con el equipo sanitario y la existencia o no de testamento vital. Todo ello va a influir de forma determinante, en que esas últimas semanas o meses se vivan con el mínimo sufrimiento posible, o sean  un calvario que acabará con la muerte.

La medicina en el momento actual centra sus objetivos y sus esfuerzos en alargar la vida, es una medicina que, fundamentalmente, trabaja para este fin. La muerte constituye un fracaso y cuando la vemos inevitable, los profesionales, en general, bajamos la guardia y nuestra actitud la mayoría de las veces es pasiva. La visita diaria a dichos pacientes nos resulta incómoda, ya no podemos ofrecerles curación y tenemos la sensación de que casi no podemos ofrecerles nada. Sentimos angustia en su presencia, no podemos mantener su mirada ante la falta de soluciones, respondemos con evasivas a sus preguntas.

Sin embargo, lejos de dicha actitud, los sanitarios cuando nos acercamos al paciente terminal debemos hacerlo desde la humildad y desde el afecto, contando con el fracaso final, pero también con la convicción y el sentido de la responsabilidad, de que nuestra labor va a ser decisiva para conseguir una calidad de vida lo más aceptable posible y una muerte con el mínimo sufrimiento. Y todo esto, contando con él que, salvo excepciones, es dueño de su vida y de su cuerpo. Ha pasado el tiempo en que el médico con actitud paternalista decidía lo que era bueno o malo para el paciente sin contar con él. Desde hace varios lustros, coincidiendo con la aparición la bioética, se ha puesto en candelero una filosofía más humana de la asistencia sanitaria, que trata de compensar el tecnicismo de la medicina que de la mano de los descubrimientos científicos, ha imperado durante los últimos lustros.

Durante el último siglo los avances han sido espectaculares y han permitido alargar la vida con una calidad buena o aceptable, pero también alargarla, a veces, en muy malas condiciones, lo que está originando grandes sufrimientos para el paciente y graves problemas familiares, éticos, sociales y sanitarios. “Cada nuevo logro médico plantea cuestiones éticas, sobre la forma de usarlos, sobre los valores implicados. El problema está en que el conocimiento no es un mero saber, sino un poder que bajo la cobertura de ciencia corre el peligro de ser usado impunemente” (Torralba[iii]). Además, estos avances técnicos han hecho a los seres humanos capaces de destruir el propio mundo que habitamos, capaces de manipular las especies incluida la propia, capaces de intervenir en la propia evolución e incluso en la propia muerte.

Cuando la  muerte está cerca y disponemos de todo un arsenal terapéutico y tecnológico que nos permite influir sobre la duración de la vida, es muy fácil utilizarlo de forma irracional y puede dar lugar a alargarla de forma artificial, prolongando sufrimientos, despilfarrando recursos y, en muchos casos, pasando por alto la dignidad del paciente, entendiendo por dignidad, su capacidad de control y de autoestima, ya que dignidad tiene el ser humano por el simple hecho de serlo y por tanto no la puede perder.

También está en candelero el debate ético sobre la posibilidad de ayudar a morir a los pacientes, acortando su vida o proporcionándoles los medios para que ellos lo hagan, cuando esa vida es insufrible por la enfermedad y la curación es imposible. La eutanasia y el suicidio asistido son temas de debate ético en el que están implicados muchos valores y derechos.

Esos meses, esas semanas que nos va a tocar vivir a muchos de nosotros en el final de nuestras vidas, con los sufrimientos físicos y psicológicos, con las vivencias tan especiales, con el cambio de valores, con su especial filosofía de la medicina, con las implicaciones éticas que se pueden presentar, es lo que voy a tratar de analizar.

Fotografía propia



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domingo, 28 de octubre de 2018

EL MÉDICO. ALGUNOS ASPECTOS SOBRE ESTA PROFESIÓN


EL MÉDICO. ALGUNOS ASPECTOS SOBRE ESTA PROFESIÓN


El médico tiene unos rasgos de carácter especiales. Por una parte y tal vez el principal, es que a lo largo del ejercicio de su actividad va a tener que tomar continuamente decisiones trascendentes, realizar técnicas e intervenciones a veces sofisticadas, actuaciones todas, que van a influir en la vida de otras personas. Eso le lleva a tener la sensación, la mayoría de las veces inconsciente, de un poder importante; tal vez sea la profesión que más poder tiene. Los políticos, los militares, los sacerdotes, los grupos de poder económico, tienen mucho poder sobre las circunstancias de la vida de los individuos, pero el médico tiene el poder de curar, que va a influir y va a cambiar el destino de la vida misma. Va a tratar con personas que están en situación de minusvalía física y psicológica, además de estar afectados por la preocupación que supone la causa de sus dolencias. En estas condiciones, acuden a pedir ayuda, con una entrega que a veces es total en el caso de las intervenciones quirúrgicas con anestesia, en la que entregan incluso su consciencia. Este encadenamiento de actitudes, es suficiente para que el médico esté sintiendo diariamente su propio poder que, en muchas ocasiones, si no existe reflexión y autocrítica, pasa a formar parte de su forma habitual de ir por la vida.
La función del médico es luchar contra la enfermedad para intentar curarla si es posible, y si no, al menos aliviar los sufrimientos que produce. Se dice que casi nunca podemos curar, pero que en general podemos y debemos aliviar. A la larga, el médico siempre se encuentra con el fracaso irremediable en su lucha contra la enfermedad. Los éxitos que consigue siempre son parciales y temporales, pues tarde o temprano ese enfermo va a morir. Por eso, en esta profesión tenemos que estar acostumbrados, y en general lo estamos, a coexistir con el fracaso terapéutico y desde luego con la muerte.
Esto marca nuestra manera de ser de forma notable. Habitualmente, sobre todo en el comienzo de nuestro ejercicio, tenemos tentaciones de sentirnos omnipotentes por las decisiones que debemos tomar, por el sustrato con el que trabajamos: la salud y la vida de las personas. Conforme pasan los años, siempre partiendo de personas medianamente equilibradas, esta actitud va dando paso a otra en que somos conscientes no solo de lo que sabemos, sino de lo mucho que ignoramos. Debemos asumir que con el enfermo que más vamos a convivir, es con el que más sufre, aquel al que no podemos curar, el que de alguna forma nos enfrenta a nuestras propias limitaciones y a nuestro propio fracaso y, en definitiva, con la muerte.
Esta sensación de fracaso si no se tienen las ideas claras, lleva con demasiada frecuencia, a utilizar medios extraordinarios con pacientes cuyo pronóstico es infausto, en los que lo único que vamos a conseguir con esta actitud es alargar la vida durante un tiempo, pero en malas condiciones. Hay que saber cuándo decir basta. Hay que dejar llegar la muerte en su momento, tomando una actitud pasiva y centrando los esfuerzos en aliviar el sufrimiento, sin recurrir a opciones terapéuticas agresivas o sofisticadas con el único fin de intentar alargar una vida en malas condiciones, que se apaga irremediablemente. Tal vez, los médicos tenemos esa tendencia porque la muerte nos enfrenta con nuestro propio fracaso, y esa angustia, es la que nos lleva a seguir intentando alargar la vida.
Esta profesión marca para tener los rasgos de carácter negativos que antes he mencionado, pero también, como pocas, permite tener una visión del ser humano muy especial. La persona que sufre, que está enferma, se despoja de las actitudes y planteamientos superficiales de la vida ordinaria. En esa situación, la escala de valores cambia a otra más real, en la que la vida y la salud propia o de los seres queridos es lo más importante, realizándose en estas circunstancias replanteamientos de vida con unos objetivos más altruistas y de índole espiritual. El que por la enfermedad ha visto de cerca la muerte, suele cambiar su escala de valores por otros que se consideran más sólidos de cara a conseguir la felicidad. Los que son creyentes de cara a una existencia después de la muerte, los que no lo son, para sentir su vida más llena. Esta relación es para el médico una oportunidad singular de enriquecer su visión del mundo y del ser humano, y una ayuda inestimable, para conseguir su maduración personal. Los médicos solemos empezar nuestra actividad profesional con prepotencia, coincidiendo además con la etapa que menos conocimientos y menos experiencia tenemos, y la terminamos con madurez, conscientes de nuestras grandes limitaciones, coincidiendo con la época en que tenemos más experiencia y probablemente más capacidad. La formación humana, la fuerza de carácter para tomar decisiones y para convivir con la enfermedad, son rasgos necesarios para ejercer esta profesión, además de una indispensable y buena formación técnica.
La preparación de los médicos españoles desde la instauración de la formación MIR en los años 70 del siglo pasado, es excelente. De hecho, nada tiene que envidiar a los de ningún país del mundo. 

De mi libro "Comprender al enfermo". Edt. SalTrrae.
pacientes

viernes, 4 de mayo de 2018

PADECIMIENTO PSICOLÓGICO. CARACTERÍSTICAS.



La vivencia psicológica negativa es otra forma de padecer, aunque no está tan claro el mecanismo bioquímico por el que se produce. La tristeza, la angustia, la intranquilidad, la depresión, la irritabilidad... son manifestaciones de malestar psicológico y que, como en el dolor físico, son signos de alarma que nos alertan que algo no va bien en nuestro entramado psicológico. También tiene unas características determinadas:
El grado de padecimiento es muy variable. Depende de tres factores fundamentales: De la estructura grabada en los genes, de las modulaciones realizadas por la educación, fundamentalmente en la infancia por la familia y en la escuela, y de las circunstancias que le toque vivir en el medio en el que se desenvuelva.
Estas variables van a dar lugar a que personas con las mismas circunstancias sociales las vivan de muy diversas maneras. La estructura genética, hoy por hoy, es imposible cambiarla; la debida a la educación, difícil y, en todo caso, a través de procesos lentos. Las circunstancias van a ser las que van a matizar las vivencias. Actuar sobre ellas no siempre es fácil y, sobre algunas, imposible, porque no dependen de la voluntad, sino que llegan en el devenir de la vida. Pero aún así, por todo lo dicho, el grado de padecimiento va a ser subjetivo.
La manera de influir de forma positiva sobre los síntomas, en muchos casos, no debe ser farmacológica; a no ser que los síntomas sean muy acusados y sea difícil controlarlos. En ocasiones, serán necesarios los medicamentos, pero es fundamental tratar de actuar sobre el componente psicológico y las circunstancias sociales. Esta actuación tiene que ser dirigida por profesionales, psicólogos y psiquiatras, que tratarán de centrar sus entramados psicológicos para afrontar los problemas. La ayuda de estos especialistas, no centrada solo en fármacos, es fundamental.
Si, en todo tratamiento en medicina, son necesarios la empatía, el afecto y la comprensión, en los padecimientos psicológicos mucho más. Influir sobre las circunstancias sociales, generalmente, no es tan sencillo. Por ejemplo: si la fuente de estrés es el trabajo, no se puede cambiar con facilidad, aunque se pueden aportar herramientas para hacerle frente.
Hay otras circunstancias que, con ayuda de los servicios sociales, se pueden mejorar. Se debe intentar aguantar cierto grado de angustia o de tristeza, y aprender a hacerles frente. El recurrir siempre a fármacos supone impedir el proceso de reestructuración, que debe partir de los propios recursos psicológicos del individuo para, desde ahí, ir elaborando el proceso que le lleve a una situación de enfoque adecuado.
A veces hay que calmar los síntomas psicológicos con fármacos. En ocasiones, el síntoma es tan acusado que impide elaborar nada y está indicado paliarlo con medicación. También es importante asegurar el sueño. Es necesario valorar cada caso.
El padecimiento psicológico también es consustancial a la existencia humana, y yo diría que está más presente que el físico. Es fácil pasar largas temporadas sin ninguna dolencia física y, sin embargo, es difícil pasar unas semanas sin que alguna preocupación ensombrezca la vida diaria y altere nuestro equilibrio.
En la sensación subjetiva de malestar influirán ambas sensaciones, la física y la psicológica, que se interrelacionarán y se incrementarán o disminuirán una o la otra dependiendo de las circunstancias. Escribe Robert Twycross:[1]
El dolor es una experiencia psicosomática, e inevitablemente estará modulado por el estado de ánimo, la moral y la percepción de su significado. La percepción del dolor aumenta si va acompañado por alguna o varias de las siguientes vivencias: malestar, insomnio, fatiga, ansiedad, temor, ira, tristeza, depresión, aburrimiento, aislamiento mental, abandono social.
Por consiguiente, en su tratamiento, es precisa una completa valoración de todos los aspectos referidos, ya que, tratando estos, mejorará mucho su eficacia. En ocasiones, no es cuestión de cambiar de calmante, sino de asociarlo a un tranquilizante; de mejorar el sueño; de establecer una relación más estrecha con el paciente; preocupándonos por sus angustias y sus miedos. Muchas veces, las quejas repetidas son una llamada para que nos aproximemos más a su mundo.
Ángel Cornago Sánchez "Salud y felicidad". 2017. Edt. SalTerrae.




[1] TWYCROSS, Robert, Factores que influyen en el dolor de difícil control, Monografía Humanitas, Nº  2, 2004, p. 81.

jueves, 12 de abril de 2018

REPERCUSIONES FÍSICAS DEL SUFRIMIENTO


Repercusiones físicas del sufrimiento.
Otro aspecto importante del sufrimiento crónico o prolongado fuera del contexto del paciente terminal, es la repercusión que tiene en el funcionamiento fisiológico de nuestro organismo. Somos algo unitario y cuando enfermamos lo hacemos de forma total. En el sufrimiento falla el impulso vital y, en consecuencia, falla la motivación por la que vivir, que en definitiva es un impulso psicológico; entonces, toda la vertiente física se resiente y se producen repercusiones físicas, que a veces pueden ser graves. Nuestra motivación o nuestra “cabeza”, como vulgarmente se dice, puede mucho para bien y para mal: lo mismo que nos sirve para conseguir metas positivas y costosas, también puede conducirnos a la desgracia y a la enfermedad. Sucede en estados depresivos reactivos graves, más o menos larvados.
Existen numerosos ejemplos. Todos hemos sido testigos de personas mayores muy dependientes el uno del otro, que cuando uno de los dos fallece el otro muere al poco tiempo. Conozco directamente casos de padres, que después del fallecimiento violento de un hijo con el que existían implicaciones especiales, fallecen al poco tiempo de un cáncer sumamente agresivo. Roussel en su libro citado por Bayes[i], hace referencia a varias investigaciones: Bartrob en una investigación realizada con 26 viudos, observó que, a las seis semanas de enviudar, sus organismos presentaban una depresión linfocitaria con una disminución de su capacidad de defensa contra distintos agentes agresivos, tanto infecciosos como tumorales. En Dinamarca, se compararon 3.660 mujeres embarazadas que sufrieron un impacto emocional intensamente traumático durante el embarazo, y los compararon con 20299 mujeres elegidas al azar que no sufrieron este impacto durante el embarazo; quedó demostrado que un fuerte impacto emocional, como la muerte de un hijo, puede causar malformaciones neurológicas en el feto. 39 homosexuales infectados por el virus del SIDA que habían perdido a sus parejas estables durante el último año, presentaron una evolución peor de la enfermedad que otro grupo que no habían sufrido esta circunstancia. El momento de la jubilación, es una fase de la vida especialmente vulnerable para la enfermedad: determinadas personas en las que el trabajo ha sido el motor de su vida, que se encuentran todavía en buenas condiciones y la sociedad por el hecho de cumplir los sesenta y cinco a años los aparta de la vida laboral, es frecuente que enfermen a veces de forma grave incluso irremediable.
El riesgo de repercusiones físicas del sufrimiento, aparece cuando no se ve ninguna solución a una situación, incluso cuando la persona se da por vencida y se deja arrastrar porque la considera irremediable sin asumirla. Sucede en la depresión reactiva, en la que se siente dicha realidad de forma subjetiva, aunque objetivamente no sea así. Se da cuando falla el espíritu de lucha. En estas circunstancias se produce probablemente una disminución de la inmunidad para que procesos, tal vez latentes, se desarrollen.
Resumiendo, el tratamiento del dolor es esencialmente bioquímico, con sustancias de las que actualmente se dispone de un nutrido arsenal, de eficacia contrastada y de utilización escalonada dependiendo de la intensidad. El tratamiento del padecimiento psicológico, requiere cambios profundos que puede aportar la psicoterapia, y se beneficia de forma muy importante del tratamiento con medicamentos: ansiolíticos, antidepresivos, etc. La comprensión, el afecto, la empatía son fundamentales en el tratamiento de cualquier problema de salud, mucho más en los de origen psicológico. El sufrimiento, se beneficia fundamentalmente de los afectos y del acompañamiento, en una actitud de sintonía con la situación, siendo capaces los sanitarios de empatizar y, si es posible, de dejarse llevar con el paciente para entender y sentir con él. También en el sufrimiento es fundamental calmarle el dolor, ayudarle a dormir y tranquilizarle con medicaciones; no es solo cuestión de psicoterapia y afectos.
...
 (Lo referido es solo un bosquejo. El tema es muy importante).
De mi libro "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. Salterrae.



[i] Bayes. Psicología de la muerte y del sufrimiento. Martinez Roca. Barcelona 2001. p 178

martes, 3 de abril de 2018

EL SUFRIMIENTO, UNA FORMA ESPECIAL DE PADECER. Primera parte.


EL SUFRIMIENTO UNA FORMA ESPECIAL DE PADECER
Primera parte

Es una palabra con un significado especial, no fácil de definir. Es un concepto que trata de trasmitir una vivencia profunda y compleja. Se trata de un intenso malestar que afecta a todo el ser. No es solo dolor físico, ni solo tristeza, ni solo angustia ni ansiedad. Es un disconfor intenso que suele ser también físico, pero que fundamentalmente es psicológico y que afecta a los resortes sensitivos más profundos de la persona. La característica y el matiz especial y fundamental es: que es sin esperanza. Además, no sirve para nada, “no tiene ningún fin”. El dolor de un postoperatorio, aunque intenso, se sabe que pasará y que en todo caso es algo temporal para llegar a un bien, que es la finalidad para la que ha sido programada la intervención.
Incluso, es algo admitido por la mayoría: todavía nos encontramos muchos enfermos que cuando les explicamos de una exploración que va a ser molesta e incluso dolorosa, nos dicen, “para hacer un bien hay que hacer un mal”. Cassel define el sufrimiento como “el estado de malestar inducido por la amenaza de la pérdida de integridad o desintegración de la persona, con independencia de su causa”. Chapman y Cravin definen el sufrimiento como “un estado afectivo, cognitivo y negativo complejo, caracterizado por la sensación que experimenta la persona de encontrarse amenazada en su integridad, por su sentimiento de impotencia para hacer frente a esta amenaza y por el agotamiento de los recursos personales y psicosociales que le permitirían afrontarla”[i]. En ambos casos incluyen “la amenaza” como causa de sufrimiento.
Considero que “la amenaza” no es la causa fundamental de lo que estamos considerando como “sufrimiento”, sino que su característica principal es “la falta de esperanza”, sin ver salida de ningún tipo. La amenaza incluye por sí misma la posibilidad de que no se lleve a cabo y por tanto de cierta esperanza. Podrá provocar angustia, intenso estrés, pero no sufrimiento, según el concepto referido. Además de la falta de esperanza, va acompañado de sensación de indefensión, de imposibilidad de hacer frente a todo lo que se avecina. En todo caso, la sensación es subjetiva. El prototipo de sufrimiento es el que se da en el paciente terminal: dolor físico, dolor psicológico y la seguridad de la muerte próxima.
También se pueden catalogar de sufrimiento los padecimientos en el síndrome depresivo grave, en el que paciente siente una tristeza inmensa; en ocasiones percibe síntomas físicos que pueden semejarse a los del terminal, no tiene ninguna perspectiva de futuro, le da igual morir, incluso un diez por ciento de ellos se suicidan. La diferencia radica en que las depresiones no siempre son graves como para presentar toda la sintomatología referida y, además, en que existen medicaciones muy eficaces que conducen a la curación, y en poco tiempo las expectativas y los esquemas pueden cambiar radicalmente. También se experimenta sufrimiento cuando se acompaña a un ser querido durante la enfermedad terminal en su camino hacia la muerte. En el paciente terminal la “no esperanza” lo domina todo y además de soportar los padecimientos físicos, están sumidos en un estado de desánimo reactivo a su situación: dolores, proximidad de la muerte, apartarse de sus seres queridos... La no-solución lo invade todo.
La representación gráfica del sufrimiento, podría ser la imagen de un ser humano encorvado por la imposibilidad de soportar el peso de la situación, ante un horizonte infinito, anocheciendo, con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos caídos y rodeado de una total soledad. El sufrimiento no tiene foco, afecta a todo el ser, se sufre en conjunto, físicamente y psicológicamente, siendo imposible de discernir. Si se intenta calmar sólo el dolor físico, lo habitual es que no se consiga; en todo caso puede aparecer el sopor y tal vez el sueño por agotamiento; es necesario influir también en la vertiente psicológica para mejorar su situación.
El sufrimiento en ocasiones es fuente de enseñanza. En la antigüedad la gente sabía que, a veces, nuestras lecciones más importantes se hallan en los momentos de mayor sufrimiento[ii]. Lo que no quiere decir que haya que buscarlo o regodearse en el. Hay que evitarlo… pero no siempre se puede. Hay hechos en nuestra vida que escapan a nuestro control y producen sufrimiento. En esos momentos, en ocasiones, se descubren aspectos en nosotros o en los demás, que nunca hubiéramos descubierto sin esa circunstancia. Escribe Kübler-Ross [iii] “Cuando nos enfrentamos a lo peor que nos puede ocurrir en cualquier situación, crecemos. En lo más terrible de las circunstancias, descubrimos lo mejor que hay en nosotros. Cuando damos con el verdadero significado de estas lecciones, descubrimos también vidas felices, llenas de sentido. No perfectas, pero auténticas. Podemos vivir la vida profundamente... Cuando se observa a los que luchan contra la enfermedad se percibe claramente que, para ver quienes somos, debemos deshacernos de todo lo que no es auténticamente nosotros”. El sufrimiento en el paciente terminal es alienante, y la actitud de los sanitarios debe ser intentar calmarlo o paliarlo.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro: "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. Salterrae.






[i] Citados por Bayes. Psicología del sufrimiento y de la muerte. Martinez Roca 2001. p: 58 y 60
[ii] Kübler-Ross.. Kessler D. “Lecciones de vida”. Edc: Luciérnaga. Barcelona 2001 p: 17
[iii]  Kubler Ross. Lecciones de vida...      p:26, 27

domingo, 12 de noviembre de 2017

VIVIR, INCERTIDUMBRE, CREENCIAS

VIDA, INCERTIDUMBRE, CREENCIAS


Vivir es complicado. Nuestra existencia se compone de momentos felices, de rutina, y también de momentos de preocupaciones, angustias, miedos, sufrimiento. Esos momentos negativos suelen ser consecuencia de incertidumbres, ya sea por preocupaciones de salud nuestra o de nuestros seres queridos, del porvenir de nuestros hijos, de seguridad, de necesidades económicas, de carencias, de afectos, sociales, etc. Yo diría que la vida está compuesta fundamentalmente de rutina, sin darle a la palabra un sentido necesariamente peyorativo, pues puede ser una rutina agradable, a veces llevadera, aunque también puede ser tediosa.
Hasta hace menos de cien años, la incertidumbre era mayor, sobre todo en el caso de la salud, pues enfermedades que hoy se curan con facilidad, llevaban a la muerte a numerosos niños con sufrimiento terrible para sus padres y, enfermedades hoy banales, como una apendicitis o una neumonía y muchas más, amenazaban la vida y provocaban la muerte a muchos ciudadanos. Por tanto, se convivía con la incertidumbre.
Hoy en día con los logros de la medicina, en muchos lugares del mundo la esperanza de vida ha aumentado esponencialmente; los adelantos técnicos dan una imagen de que podemos controlar casi todo.
No es cierto; sigue existiendo la enfermedad y la muerte, los reveses de fortuna, las carencias materiales, las preocupaciones familiares, los problemas afectivos, y en no pocos lugares el hambre, la miseria, incluso la inseguridad.

Para esos momentos negativos, frecuentes en todas las vidas en algún momento y, a veces, en muchos momentos, cumplen un papel importante, las creencias. Para afrontar tanta inseguridad, tanta desgracia, tanto miedo al futuro, el ser humano, desde que está en la tierra, en todas las culturas, en todas las razas, en todos los pueblos, ha adorado a sus divinidades, intentando que estas le protegieran, cambiaran su suerte, y buscando consuelo ante las adversidades. Es un mecanismo psicológico positivo que ha servido y sigue sirviendo, sin entrar a afirmar o negar si hay vida después de la muerte.
Pienso que todas las religiones, descalificando por aberrantes los fundamentalismos que han existido y existen, han jugado y juegan un papel de consuelo, para ese proceso tan duro y complicado a veces que es vivir.
Cualquier religión, o creencia merece respeto siempre que se ciña al ámbito individual del ser humano. Los estados deben ser laicos y respetar las creencias de cada cual.

Ángel Cornago Sánchez

viernes, 12 de mayo de 2017

EL SUICIDA

El suicida.

Una tarde de otoño, ya muchachos, estábamos en el “paseo de invierno” y alguien vino apresurado diciendo: "!Un hombre se ha echado al tren¡" En Tudela, los suicidas se echaban al Ebro, al tren, o se ahorcaban, aunque las formas más frecuentes eran las dos primeras, y sobre todo la primera. Supongo que el Ebro desde el nacimiento de Tudela a sus orillas, fue una fuerza natural importante que se veía como peligrosa y amenazante y, por tanto, fácil para el que pretendiera entregarse a su corriente para quitarse la vida. De hecho, entre las familias de Tudela de siempre, cuando alguien estaba muy desesperado amenazaba con “tirarse a Ebro”. Con la llegada del progreso, el tren supuso un sistema más expeditivo, lo mismo que los edificios de altura.
 Con cierta frecuencia sucedían hechos de este tipo que enseguida se extendían como noticia y estremecían a toda la ciudad.
Había ocurrido muy cerca de donde estábamos, inmediatamente detrás del teatro Gaztambide por donde discurren las vías que tienen como destino y origen las ciudades del norte. Impresionados, pero picados por la curiosidad, decidimos acercarnos hasta el lugar del suceso. Había allí varias personas y varios alguaciles; pudimos acercarnos hasta pocos metros. Se trataba de un hombre de unos cincuenta años, vestido con mono de color azul fuerte; estaba boca abajo con el brazo derecho flexionado como queriendo proteger la cabeza; las ruedas del tren literalmente le habían partido en dos a nivel de la cintura, unidas ambas partes por un estrecho jirón del mono azul visible cuando lo recogieron de la vía para meterlo en la caja.
Nos quedamos impresionados. En otras ocasiones habíamos oído hablar de suicidios, pero nunca habíamos visto una persona que se hubiera quitado la vida de forma tan brutal.
A pesar de que los curas decían entonces que los suicidas no podían entrar en el cielo, e incluso se les enterraba en un recinto no sagrado al lado del cementerio, tuve la seguridad de que aquello no podía ser así. Aquel hombre tenía que estar desesperado para matarse, para buscar voluntariamente la muerte como alivio a sus sufrimientos. Sentí una profunda pena por él y, no sólo por su muerte, sino sobre todo por lo desgraciada que debía de haber sido su vida.

Desde entonces, cuando estoy en una estación y veo llegar o salir el tren, miro sus enormes, resolutas, contundentes e imperiosas ruedas, y no puedo menos que estremecerme y dar un paso hacia atrás. Con frecuencia me acuerdo de aquel pobre desgraciado cuya vida debía de ser un infierno para buscar la muerte de una forma tan cruel e inapelable.

De "Arraigos, melindres y acedías". Eds. Trabe.

viernes, 17 de marzo de 2017

LA SOLEDAD. UNA FORMA DE SUFRIMIENTO

La soledad


Tal vez la soledad es una de las mayores circunstancias de sufrimiento. Soledad es una sensación psicológica, en la que la persona se siente desconectada del mundo que le rodea, y su ámbito psicológico se mueve en su propio mundo. La soledad se puede buscar y, en ese caso, suele ser positiva, incluso, es psicológicamente saludable buscar de vez en cuando el estar solos, para ayudarnos a poner en orden nuestro mundo interior. En todo caso son soledades durante un lapso de tiempo, en general, no muy dilatado. En otras ocasiones, las soledades se padecen. Habitualmente se deben a incapacidad psicológica para comunicarse con el entorno, lo cual constituye una enfermedad, o porque las circunstancias sociales o familiares lleven al aislamiento, que es el caso de muchas personas.
Se puede estar rodeado de gente y estar solo, incluso conviviendo con la pareja y con los hijos. De hecho, es frecuente que, en la convivencia entre personas, la comunicación se reduzca a frases estereotipadas, incluso a silencios más o menos intencionados; es una forma de vivir en soledad. La soledad aparece cuando no te puedes comunicar con las personas que te rodean a un nivel más íntimo, a un nivel más profundo, de tal forma que puedas compartir tus preocupaciones, tus miedos, tus angustias, mostrar tus debilidades... Es la característica fundamental. Ocurre en muchas parejas que, aunque no discutan ni tengan enfrentamientos, tampoco se comunican a un nivel profundo. Algo se puede paliar con los afectos, pero al fin y al cabo el afecto es una forma importante de comunicación. Aunque, incluso la comunicación intrascendente, es mejor que la falta de comunicación, pues detrás de las palabras, existen consideraciones, afectos, respeto... que de alguna forma es percibido de forma positiva. Aunque detrás de los silencios también puede haber desprecio e incluso agresividad. En definitiva, el requisito importante y básico para no estar solos, es comunicarnos.
Es frecuente que personas que viven solas tengan una mascota con la que hablan y trasmiten afectos que, de alguna forma, viene a paliar, a veces de forma importante, su soledad; las mascotas en algunos casos llegan a representar algo simbólico, dándoles tanta importancia o más que a los seres humanos.
El anciano padece con frecuencia sensación de soledad. Por una parte porque en realidad viven solos y sus posibilidades de comunicación y transmisión de afectos están muy limitadas. Por otra parte, el anciano en la sociedad actual carece de interés para los que les rodean: representa lo caduco, lo débil, lo enfermo, incluso se siente rechazado desde lo físico. En definitiva, representa la muerte y la próxima finitud de la vida, y eso la sociedad actual no lo digiere.
La soledad ocasiona ensimismamiento en el propio mundo, sobre todo pasado, melancolía, tristeza, depresión, sufrimiento. También es un factor de riesgo para padecer dolencias físicas, al mismo nivel que la hipercolesterolemia, la obesidad o la hipertensión arterial como publicó la revista Science. La socióloga Mª Teresa Bazo[i] en un trabajo muy interesante, descubre que la variable fundamental para determinar el grado de salud percibida, es el sentimiento de soledad. De los resultados obtenidos se desprende, que varones y mujeres se sienten en mejor estado de salud cuando no experimentan soledad, y las personas de menor edad pero solitarias, se sienten tan enfermas como las de mayor edad.

De mi libro "Para comprender al enfermo". Edt. Sal Terrae.





[i] Citado por Bayes. Psicología del sufrimiento y de la muerte. Martinez Roca. Barcelona 2001. p: 100 

domingo, 22 de enero de 2017

JUANITO. UN PACIENTE MAL INFORMADO

       
      Juanito era un hombre rubicundo, obeso, pequeño de estatura y de carácter abierto. Era alegre, dicharachero, amigo de sus amigos y tremendamente emprendedor. Cuando joven, hizo la mili en África y, al vestir el uniforme, empezó a ser patente para todos lo que hasta entonces sólo habían apreciado las personas de su círculo más íntimo. En los desfiles, llevaba el fusil como si fuera el palo de una fregona con la que fuese a hacer las tareas de la casa.
- Me estropeas todos los desfiles -le decía el sargento-. Visto desde atrás, mientras todos los cañones de los fusiles llevan un ritmo y un compás, el tuyo parece que va marcando un vals.
- Mi sargento -le decía Juanito-, lo hago lo mejor que sé, lo que pasa es que no me sale... no sé hacerlo de otra forma.
- Juanito... -proseguía el sargento- yo creo que eres mariquita, por no decir otra cosa, porque esos andares que sacas con el fusil al hombro, parecen andares de pasarela.
- A lo mejor tiene razón mi sargento, esto de las armas y de los militares nunca me ha gustado
El sargento un hombre mayor, a punto de jubilarse y pasado del ejército y de toda su parafernalia, entendía lo que le sucedía a Juanito.
- ¿Te gustan las mujeres? ¿Te gustaba jugar con muñecas cuando eras niño? -le preguntaba.
- La vedad es que me gustaba jugar con las muñecas de mis hermanas, pero yo creía que era porque siempre he estado rodeado de mujeres; mi madre se quedó viuda cuando yo era muy niño y me crié con ella y tres hermanas. Y respecto a las mujeres... las chicas, la verdad es que no me atraen demasiado. Me llaman más la atención los compañeros fuertes y musculosos, tal vez porque me gustaría parecerme a ellos.
- Juanito..., fijo que eres mariquita -le dijo el sargento-. En cuanto acabemos la instrucción te voy a poner en la cocina, allí se te notará menos.
Desde aquel momento, aunque antes lo había sospechado muchas veces, asumió que sus inclinaciones sexuales correspondían a su propio sexo, y si hasta entonces lo había reprimido o había barajado esa posibilidad con miedo, desde entonces lo asumió con la mayor naturalidad. Tuvo varios amantes, uno de ellos el sargento, y después de licenciarse, convivió con varias parejas diferentes.
Cuando tenía cuarenta años, estaba trabajando de censor de cuentas en una empresa de auditorías, y comenzó a encontrarse mal. En un principio no le dio demasiada importancia, pero los síntomas fueron en aumento y, enseguida, sospechó lo peor. La vida de crápula que había llevado, con una promiscuidad sexual en su caso manifiesta, la iba a pagar de la forma que desde los estamentos religiosos, les decían que era como una maldición divina para los de su condición: el SIDA. Fue al médico convencido de que estaba afectado por dicha enfermedad y, desde los primeros momentos de la entrevista, le dijo que era homosexual, antes de que el médico le preguntara nada. Don Servando, un médico joven, calvo y estirado, cuando Juanito le dijo que era gay le miró con frialdad y le pareció apreciar que con desprecio. Le pidió unos análisis y le citó una semana después para el resultado. Cuando acudió a la cita, Don Servando con un tono que parecía decepcionado, le dijo que no tenía SIDA, pero que tenía una anemia que había que estudiar, y que por eso le derivaba al internista del hospital.
Cuando le llegó la cita, habían pasado cuarenta días. En ese tiempo, Juanito había adelgazado ocho kilos, y tenía en el estómago molestias cada vez mayores. El médico le exploró y le dijo que era conveniente ingresarlo para completar estudio. Juanito le pidió que le explicara la causa de por qué debía ingresar; la única explicación fue, que era necesario estudiarlo para saber qué tenía. Le hicieron diversas pruebas: más análisis, gastroscopia, ecografía y escáner. Durante su ingreso nadie le decía nada, ni el porqué de las pruebas ni los resultados de ellas, a pesar de que él preguntaba con insistencia. Siempre le daban largas. Después de todos los estudios, un día entró el doctor y le dijo que era conveniente operarle del estómago porque tenía una úlcera peligrosa.
- ¿Qué quiere decir, “peligrosa” doctor, que tengo cáncer?
- ¡No, no es eso! Es una ulcerilla complicada que nos puede traer problemas -dijo el médico trasmitiendo que no existía excesiva gravedad.
- Doctor yo quiero saber la verdad -insistió Juanito-. He visto morir a compañeros míos y quiero saber a qué atenerme en cada momento.
- Usted debe confiar en nosotros le dijo el médico -dando la conversación por cerrada-.
Cuando salió de la habitación, llamó a las hermanas de Juanito y les dijo que tenía un cáncer de estómago de aspecto evolucionado y que iban a intentar operarle. Las hermanas insistieron en que no le dijeran nada, pues había sido siempre “muy blando” y se iba a derrumbar. La intervención fue un fracaso, pues cuando le abrieron pudieron comprobar que todo estaba invadido; no le pudieron hacer nada, sólo “abrir y cerrar”. Cuando les preguntó a los cirujanos qué tal había ido la intervención, le dijeron que bien, que había quedado muy bien, pero que era conveniente que llevara un tratamiento de quimioterapia para asegurar el resultado. Cuando Juanito vio que le pasaban a oncología y que iba a llevar tratamiento con quimioterapia, volvió a preguntar si tenía cáncer. Le dijeron que era una úlcera malignizada en uno de los bordes, pero que con la intervención y la quimioterapia iría todo bien.
 Al contrario de lo que le decían, se fue encontrando cada vez peor. Se le cayó el pelo. El verse así, le hacía sufrir mucho. Cada vez que se miraba en el espejo se deprimía, por una parte, por el aspecto tan deplorable que tenía, pero sobre todo porque había perdido aquella melena rizada de la que se sentía tan orgulloso. Tenía intensos dolores que no llegaban a calmar con los medicamentos que le administraban. Se fue deteriorando cada vez más. Se sentía aislado, no podía hablar con nadie de sus inquietudes y de sus miedos; sospechaba que le estaban engañando, aunque a veces, le surgía la esperanza, diciéndose a sí mismo que era mal pensado, que seguramente le estaban diciendo la verdad y que debía tener más paciencia.
Los síntomas fueron cada vez a más y llegó un momento en que se dio cuenta de que se moría. Pensó que no merecía ya la pena hablar del tema ni con los médicos ni con sus hermanas. Únicamente se volvió todavía menos locuaz; tenía claro que no se podía comunicar con la gente que le rodeaba y decidió seguirles el juego. Cuando le decían que tenía que tener paciencia, que el proceso era lento y que se pondría bien, asentía convencido de lo contrario. Murió en el hospital. Los últimos días fueron de unos dolores insoportables que no acertaban a calmar suficientemente; bueno... más bien ponían poco interés en calmarle, al fin y al cabo, era un paciente terminal y no había nada que hacer. Seguramente el que fuera homosexual hizo sentir a algún sanitario que se lo tenía merecido. La noche que falleció se había quedado sólo, como casi todas; sus hermanas tenían su familia y no podían quedarse a cuidarle durante la noche. Cuando entró la enfermera de madrugada a dar vuelta le encontró muerto, ya frío.

Juanito tuvo una información deficiente, engañosa y casi nula, de la que los médicos y sus hermanas fueron cómplices. La actitud de las hermanas, es frecuente en los familiares de los pacientes terminales en un intento de acallar su propia angustia. En los médicos que le atendieron, es imperdonable; debían haberle informado del diagnóstico, mucho más, teniendo en cuenta que Juanito lo demandó. Tenía derecho a saber que no se le había podido operar, tenía derecho a saber si la quimioterapia le iba a ofrecer algo o sólo sufrimientos, como así fue. Tenía, además, derecho a que le calmaran los dolores, a no sentirse sólo en los momentos finales, a poder comunicarse. Hay casos similares al de Juanito, aunque cada vez menos.
Estos casos felizmente hoy son raros. Hace años se daban con frecuencia. Hoy los sanitarios tienden a informar a sus pacientes con veracidad, aunque depende quien, no con delicadeza. También los protocolos de tratamiento del dolor y la sedación han mejorado mucho la calidad de vida en la fase terminal. También, felizmente, la condición sexual no es una circunstancia negativa para la mayoría de los sanitarios.
De mi libro “El paciente terminal y sus vivencias”. Edt. SalTerrae.

jueves, 5 de enero de 2017

EL SUFRIMIENTO

EL SUFRIMIENTO

Es una palabra con un significado especial, no fácil de definir. Es un concepto que trata de trasmitir una vivencia profunda y compleja. Se trata de un intenso malestar que afecta a todo el ser. No es solo dolor físico, ni solo tristeza, ni solo angustia, ni ansiedad. Es un disconfort intenso que suele ser también físico, pero que fundamentalmente es psicológico y que afecta a los resortes sensitivos más profundos de la persona. La característica y el matiz especial y fundamental es: que es sin esperanza. Además, no sirve para nada, “no tiene ningún fin”. El dolor de un postoperatorio, aunque intenso, se sabe que pasará y que en todo caso es algo temporal para llegar a un bien, que es la finalidad para la que ha sido programada la intervención. Incluso, es algo admitido por la mayoría: todavía nos encontramos muchos enfermos que cuando les explicamos de una exploración que va a ser molesta e incluso dolorosa, nos dicen, “para hacer un bien hay que hacer un mal”.
El prototipo de sufrimiento es el que se da en el paciente terminal: dolor físico, dolor psicológico y la seguridad de la muerte próxima. También se pueden catalogar de sufrimiento los padecimientos en el síndrome depresivo grave, en el que paciente siente una tristeza inmensa; en ocasiones percibe síntomas físicos que pueden semejarse a los del terminal, no tiene ninguna perspectiva de futuro, le da igual morir, incluso un diez por ciento de ellos se suicidan. La diferencia radica en que las depresiones no siempre son graves como para presentar toda la sintomatología referida y, además, en que existen medicaciones muy eficaces que conducen a la curación, y en poco tiempo las expectativas y los esquemas pueden cambiar radicalmente. También se experimenta sufrimiento cuando se acompaña a un ser querido durante la enfermedad terminal en su camino hacia la muerte. En el paciente terminal la “no esperanza” lo domina todo, y además de soportar los padecimientos físicos, están sumidos en un estado de desánimo reactivo a su situación: dolores, proximidad de la muerte, apartarse de sus seres queridos... La no-solución lo invade todo.
La representación gráfica del sufrimiento, podría ser la imagen de un ser humano encorvado por la imposibilidad de soportar el peso de la situación, ante un horizonte infinito, anocheciendo, con la cabeza hundida entre los hombros, los brazos caídos y rodeado de una total soledad. El sufrimiento no tiene foco, afecta a todo el ser, se sufre en conjunto, físicamente y psicológicamente, siendo imposible de discernir. Si se intenta calmar sólo el dolor físico, lo habitual es que no se consiga; en todo caso puede aparecer el sopor y tal vez el sueño por agotamiento; es necesario influir también en la vertiente psicológica para mejorar su situación.
El sufrimiento en ocasiones es fuente de enseñanza. En la antigüedad la gente sabía que, a veces, nuestras lecciones más importantes se hallan en los momentos de mayor sufrimiento. Lo que no quiere decir que haya que buscarlo o regodearse en el. Hay que evitarlo… pero no siempre se puede. Hay hechos en nuestra vida que escapan a nuestro control y producen sufrimiento. En esos momentos, en ocasiones, se descubren aspectos en nosotros o en los demás, que nunca hubiéramos descubierto sin esa circunstancia. Escribe Kübler-Ross  “Cuando nos enfrentamos a lo peor que nos puede ocurrir en cualquier situación, crecemos. En lo más terrible de las circunstancias, descubrimos lo mejor que hay en nosotros. Cuando damos con el verdadero significado de estas lecciones, descubrimos también vidas felices, llenas de sentido. No perfectas, pero auténticas. Podemos vivir la vida profundamente... Cuando se observa a los que luchan contra la enfermedad se percibe claramente que, para ver quienes somos, debemos deshacernos de todo lo que no es autenticamente nosotros”. El sufrimiento en el paciente terminal es alienante, y la actitud de los sanitarios debe ser intentar calmarlo y controlarlo. Fundamental, la relación humana de acompañamiento...
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro "El paciente terminal y sus vivencias". Edt. SalTerrae.






martes, 3 de mayo de 2016

LA SOLEDAD. CAUSA DE SUFRIMIENTO.


La soledad


Tal vez la soledad es una de las mayores circunstancias de sufrimiento. Soledad es una sensación psicológica, en la que la persona se siente desconectada del mundo que le rodea, y su ámbito psicológico se mueve en su propio mundo. La soledad se puede buscar y, en ese caso, suele ser positiva, incluso, es psicológicamente saludable buscar de vez en cuando el estar solos, para ayudarnos a poner en orden nuestro mundo interior. En todo caso son soledades durante un lapso de tiempo, en general, no muy dilatado. En otras ocasiones, las soledades se padecen. Habitualmente se deben, a incapacidad psicológica para comunicarse con el entorno, lo cual constituye una enfermedad, o porque las circunstancias sociales o familiares lleven al aislamiento, que es el caso de muchas personas.
Se puede estar rodeado de gente y estar solo, incluso conviviendo con la pareja y con los hijos. De hecho, es frecuente que, en la convivencia entre personas, la comunicación se reduzca a frases estereotipadas, incluso a silencios más o menos intencionados; es una forma de vivir en soledad. La sensación de soledad, aparece cuando no te puedes comunicar con las personas que te rodean a un nivel más íntimo, a un nivel más profundo, de tal forma que puedas compartir tus preocupaciones, tus miedos, tus angustias, mostrar tus debilidades... Es la característica fundamental. Ocurre en muchas parejas que, aunque no discutan ni tengan enfrentamientos, tampoco se comunican a un nivel profundo. Algo se puede paliar con los afectos, pero al fin y al cabo el afecto es una forma importante de comunicación. Aunque, incluso la comunicación intrascendente, es mejor que la falta de comunicación, pues detrás de las palabras, existen consideraciones, afectos, respeto... que de alguna forma es percibido de forma positiva. Aunque detrás de los silencios también puede haber desprecio e incluso agresividad. En definitiva, el requisito importante y básico es comunicarnos a nivel más o menos profundo.
Es frecuente que personas que viven solas tengan una mascota con la que hablan y trasmiten afectos que, de alguna forma, viene a paliar, a veces de forma importante, su soledad; las mascotas en algunos casos llegan a representar algo simbólico, dándoles tanta importancia o más que a los seres humanos.
El anciano padece con frecuencia sensación de soledad. Por una parte porque en realidad viven solos y sus posibilidades de comunicación y transmisión de afectos están muy limitadas. Por otra parte, el anciano en la sociedad actual carece de interés para los que les rodean: representa lo caduco, lo débil, lo enfermo, incluso se siente rechazado desde lo físico. En definitiva, representa la muerte y la próxima finitud de la vida, y eso la sociedad actual no lo digiere.
La soledad ocasiona ensimismamiento en el propio mundo, sobre todo pasado, melancolía, tristeza, depresión, sufrimiento. También es un factor de riesgo para padecer dolencias físicas, al mismo nivel que la hipercolesterolemia, la obesidad o la hipertensión arterial, como publicó la revista Science. La socióloga Mª Teresa Bazo[i] en un trabajo muy interesante, descubre que la variable fundamental para determinar el grado de salud percibida, es el sentimiento de soledad. De los resultados obtenidos se desprende, que varones y mujeres se sienten en mejor estado de salud cuando no experimentan soledad, y las personas de menor edad pero solitarias, se sienten tan enfermas como las de mayor edad.
Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro "Comprender al enfermo". Edt. Salterrae 




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domingo, 6 de marzo de 2016

LA MUERTE

La muerte.

Ángel Cornago Sánchez

La humanidad hasta hace unos cien años siempre ha convivido con la muerte de forma natural. La muerte formaba parte de la vida cotidiana, siempre estaba presente, pues las personas estaban sometidas a un sinfín de noxas que en muchas ocasiones eran mortales. Una simple apendicitis, una neumonía, infecciones, enfermedades o traumatismos hoy banales, podían llevar a la muerte sin remedio, por eso siempre se tenía presente que la  enfermedad y la muerte estaban acechando. Los planes de futuro siempre eran  aleatorios y estaban supeditados a la “salud”, algo que todavía se considera hoy en día, pero con mucha menos sensación de amenaza, sobre todo en las personas jóvenes. Hoy rara vez se muere un niño; antes en cada familia había varios fallecimientos en edad infantil.
La muerte en los pueblos primitivos constituía un evento de suma importancia, tanto para el individuo, como para la comunidad. Los ritos funerarios y las exequias fúnebres se realizaban con gran solemnidad. Trataban de conectar la vida de este mundo, con el más allá después de la muerte. En algunas civilizaciones antiguas, como la egipcia, los poderosos pretendían asegurar su vida en ultratumba con monumentos grandiosos, como las pirámides. Las manifestaciones de duelo eran, en general, manifiestas y públicas, incluso, el sufrimiento se teatralizaba para hacer partícipe a la comunidad del tremendo dolor que suponía para los familiares y amigos, perder al difunto. En la alta edad media, como señala Philip Aries[1], “las manifestaciones más violentas de dolor afloraban justo después de la muerte. Los asistentes se rasgaban las vestiduras, se mesaban la barba y los cabellos, se despellejaban las mejillas, besaban apasionadamente el cadáver, caían desmayados y, en el intervalo de estas manifestaciones, pronunciaban el elogio del difunto, uno de los orígenes de la oración fúnebre”. Después, seguían los ritos religiosos y, posteriormente, la comitiva fúnebre recorriendo la ciudad o el pueblo del difunto, se dirigiría al lugar de enterramiento para la inhumación del cadáver. Todo, en estos cuatro tiempos marcados por el ceremonial que suponía la muerte de una persona en aquella sociedad.
Hasta hace pocos años, la muerte tenía lugar en el domicilio, rodeado de familiares y amigos. En la Iglesia católica y en nuestro medio, el “viático” se llevaba a los moribundos, en una comitiva que atravesaba las calles de las ciudades y de los pueblos con boato y solemnidad. La comitiva, hacía el recorrido desde la iglesia hasta el domicilio de la persona que presumiblemente estaba muy próxima a morir, precedida de una cruz y del tañer característico de una campana, con los curas y los monaguillos ataviados con ornamentos negros con ribetes dorados. Cuando llegaban a su destino, todos entraban en la casa, incluso en la habitación, y rodeado de toda esta parafernalia, el sujeto, pero también los presentes, tenían conciencia de la tragedia del momento. Incluso a los niños se les hacía partícipes de esas vivencias. Estas manifestaciones impregnaban la vida de los pueblos, lo mismo que otras de carácter festivo, pero se tenía muy claro que la muerte estaba ahí, se convivía con la muerte.
Hoy estas manifestaciones han desaparecido, en todo caso, el viático ha sido sustituido por un cura vestido de seglar que, como cualquier visitante, acude a la cabecera del moribundo para darle el último consuelo espiritual si es creyente, ya sea en su domicilio o en el hospital. Después de la muerte, se llora a hurtadillas, ocultándose del resto de las personas; se utilizan gafas de sol oscuras para ocultar los ojos llorosos. La pena y la desesperación por la pérdida del ser querido, se viven en la intimidad; es una desesperación “hacia dentro”, que impide esa catarsis que incluso podría ser beneficiosa en el aspecto psicológico para superar el dolor. Las exequias funerarias cada vez se han ido reduciendo más, de tal forma que, actualmente, ya no se recibe en el domicilio del fallecido, sino en los tanatorios. Antes, se “velaba” el cuerpo presente del difunto durante toda la noche de forma ininterrumpida hasta la hora del entierro. Hoy, se deja al difunto en el tanatorio durante la noche y la familia marcha a su casa. El luto tan manifiesto hasta hace menos de cien años, hoy ha desaparecido. Incluso el cadáver se tiende a hacer desaparecer, de tal forma, que la incineración anteriormente inexistente en nuestra cultura, cada vez está más extendida.
¿Quiere esto decir que hoy se sufre menos por los difuntos? Considero que no tiene nada que ver. Estamos en la cultura de la felicidad, que cada vez se aleja más de la realidad y que cada vez está más lejos de cualquier tipo de sufrimiento, por eso, las manifestaciones excesivas de dolor ante la muerte no tienen cabida en las ceremonias comunitarias. Hoy, no se concibe ni se acepta la enfermedad ni el sufrimiento, no se acepta ni el envejecimiento, solo la juventud, la belleza, el triunfo. Por tanto, tampoco se acepta la muerte, que es el último e inexorable fracaso y, como no se puede evitar, se lleva en silencio, sin ceremonias que trasciendan de lo privado. En el ámbito individual, el dolor, la pena y el duelo, son similares e incluso más intensos que en épocas anteriores, al no haber podido exteriorizar de forma más patente esas emociones. El dolor se vive en la intimidad, incluso el hacer excesivas manifestaciones de dolor se considera como exageraciones e histerismos. En realidad, sucede con todas las manifestaciones de sufrimiento[2].
La muerte de hoy, es con frecuencia la muerte en soledad. Nos parece una muerte trágica, y conceptuamos la soledad como un sufrimiento añadido muy importante. Por eso, nos imaginamos una muerte buena como una muerte en paz, sin sufrimientos y, sobre todo, rodeados de nuestros seres queridos que, en ese momento, nos aportan cariño y consuelo. Hoy, es frecuente que esto no sea así. Lo habitual es morir en el hospital rodeados de toda parafernalia terapéutica, que sirve de poco en ese momento. Y en ocasiones, solos.

Ángel Cornago Sánchez. De mi libro: “Comprender al enfermo” Edt. Salterrae







[2]  Philip Aries. La muerte en Occidente. Editorial El Acantilado. 2000.