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martes, 9 de marzo de 2021

"VENTANITOS", persona popular en Tudela

 

Ventanitos, persona popular en Tudela en el siglo pasado

Un hombre peculiar de aquella época (los años cincuenta del siglo pasado), fue Ventanitos. Se llamaba Jesús pero todos le llamábamos “Ventanitos” y, habitualmente, añadíamos el calificativo de “colín”. Lo de “Ventanitos” se debía a unos “pedazos” de tela de color más intenso, generalmente azul, de forma cuadrada cosidos para arreglar el desgaste del pantalón a la altura de ambas nalgas y de las rodillas, que semejaban pequeños ventanos; y lo de “colín”, porque siempre buscaba el asentimiento de los adultos, y si estos eran guardias, concejales o el alcalde, mucho mejor. Su venia no era hacia el rico, sino hacia el que él consideraba autoridad de una forma muy primitiva. Tenía la inteligencia de un niño de cuatro o cinco años. Era alto, gordo, escurrido de culo, orondo de tripa, cabeza pequeña que calaba con una boina en el cogote.

Era un buen hombre, incapaz de crear problemas a nadie. Los niños, como siempre, le hacíamos diabluras, la más suave llamarle “colín”; él contestaba con su cara de luna llena y sus ojos inexpresivos, pero probablemente inundados de tristeza: “se lo diré a tu madre y a tu padre”, nos decía. A veces nos pasábamos e incluso hoy me cuesta trabajo entender las barbaridades de que éramos capaces.

Ventanitos trabajaba de barrendero en el ayuntamiento; los barrenderos entonces iban empujando unos carros de mano metálicos, con ruedas asimismo metálicas, que producían un ruido intenso al pasar. Cuando lo habían llenado de basura iban a descargar al camino del Cristo, situado en el extrarradio de Tudela, inmediatamente después de pasar la antigua fábrica de harinas, hoy sede de la policía municipal. Un día, estaba con mi amigo Julián en la herrería que regentaba su padre enfrente de la puerta de la Mejana, y andábamos enredando con una escopeta de perdigón tirándole a un blanco que habíamos puesto dentro de la herrería aprovechando que no estaba el Sr. Mariano; oímos el carro y la voz de Ventanitos y salimos con intención de tomarle el pelo, pero como llevábamos las escopetas en la mano, no se nos ocurrió cosa mejor que tirar al carro que en aquel momento empujaba el pobre hombre; los chasquidos de los perdigones contra la caja metálica fueron tremendos, de tal forma que hasta nosotros nos asustamos. Ventanitos salió corriendo dejando el carro en medio de la calle y no regresó hasta que el padre de Julián que llegó al poco, nos quitó las escopetas y nos echó, con razón, una buena reprimenda.

Otra jugarreta que me contaron que se le hizo alguna vez, cuando estaba despistado quitarle el pasador a una de las ruedas del carro; en aquellas calles la mayoría de adoquines, al reemprender la marcha, no tardaba en salirse de su eje y caía el carro con gran estruendo en medio del jolgorio de los crueles muchachos. No sólo los niños se aprovechaban de Ventanitos para su divertimento, algunas amas de casa que no habían bajado la basura al paso del carro municipal, bajaban con el pozal de desperdicios cuando pasaba y lo capuzaban en su carro de mano; no era raro que, a poco de comenzar la tarea, tuviera que ir a descargar hasta el camino de “El Cristo”.

Era un hombre sin agresividad, mejor dicho, era un niño con cuerpo de adulto; en nuestra comunidad jugó el papel que en todas les tocaba jugar, al tonto del pueblo, al lisiado, al desvalido; es como si todos, entonces, necesitáramos magnificar las carencias de unos para remarcar la propia valía o la teórica normalidad, que en realidad era vulgaridad y mala ralea...

Durante sus últimos años vivía con su madre en el Hospital Nuestra Sra. de Gracia;
el día que ella murió se asomó por la tapia de atrás de la huerta, no sé si desesperado o sin percatarse de lo que ocurría, para decirle a una vecina “Jesusa ya ha caído”. No sé que fue de él.

Mi recuerdo entrañable a un buen hombre.

Ángel Cornago Sánchez

De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”

Fotografía: Goyo.

lunes, 27 de julio de 2020

Corrida de toros en las Fiesta de Tudela en los años sesenta.

Corrida de toros en las Fiesta de Tudela en los años sesenta.

 

Un recuerdo táctil que guardo y que me es fácil rememorar, es el que experimenté una tarde en Fiestas de Santa Ana cuando era muy joven, casi un adolescente. Salí con mi amigo Julián, como cada día después de comer, dispuestos a no perdernos ningún acontecimiento, y aunque no podíamos ir a la corrida de toros porque nuestra “paga” no nos lo permitía, nos acercamos hasta la plaza para ver el ambiente previo a la corrida. La gente llegaba risueña, los hombres con los puros encendidos, las mujeres con los abanicos mariposeando, todos portando las bolsas con las meriendas y las neveras portátiles con hielo y bebidas.

Toreaba “Chamaco” que era una de las figuras del momento. El gentío era impresionante y las colas delante de las puertas de entrada a la plaza, larguísimas. Llegaron las mulillas y la banda que subía tocando desde la plaza Nueva. Fue entrando el público y, en la calle quedamos los curiosos que no podíamos entrar, y algunos vendedores ambulantes. Pronto se oyeron los clarines y los primeros “olés” y, poco después, la banda comenzó a tocar. La andanada entonces no estaba cubierta y se veía desde lejos a la gente embebida en la faena. Fuimos dando la vuelta a la plaza como buscando un resquicio para poder disfrutar de aquel espectáculo que parecía ser fascinante, a tenor de lo atentos que estaban mirando hacia el ruedo los espectadores.

En el lateral derecho junto a los corrales, tres “listos” habían organizado un sistema para ganar dinero ayudando a "colarse" en la plaza: uno desde abajo, ayudaba al que pretendía ver la corrida sin pagar, a encaramarse en la tapia que separaba la calle de los corrales; allí se ponía de pie apoyándose en la pared de la plaza y, una vez estirado, otros dos mozos desde arriba lo cogían de las manos y lo izaban dentro de la andanada, todo ello claro está, mediante el pago al que estaba abajo de la correspondiente cantidad de dinero que no puedo recordar, pero en todo caso discreta. Los “olés” arreciaban y sentía una sensación de frustración por no poder participar de aquel espectáculo. En un momento en que el entusiasmo en la plaza rozaba la apoteosis, me hurgué en los bolsillos y, con las monedas en la mano, me dirigí al mozo que estaba al pie de la tapia y le ofrecí mi dinero. Le debió de hacer gracia el que un chaval tan joven se decidiese a trepar de aquella forma y, adelantándome a otros que estaban esperando, rápidamente cogió las monedas y me aupó sobre la tapia.

Fue el momento de no retorno; en un segundo me encontré con los pies sobre la estrecha tapia, intentando ponerme de pie sobre ella apoyándome con las palmas de las manos en la pared lisa de la plaza, a un lado el corral de ganado bravo y al otro la calle. Tenía que actuar con rapidez porque había que dejar libre el sitio para que trepase otro. Recuerdo perfectamente el tacto de aquella pared, sin rebordes ni salientes, pero rugosa, lo que me permitía con las palmas de las manos hacer un buen apoyo para ponerme de pie. Me fui levantando poco a poco procurando no mirar hacia abajo ni hacia arriba y pegando también la cara a la pared como otro punto de apoyo; después de unos segundos que me parecieron interminables, de repente, sentí dos fuertes manos que me agarraban por las muñecas y de un tirón, en volandas me introdujeron en la andanada de la plaza.

Sentí que había pasado una prueba peligrosa y miré con orgullo a los que estaban abajo. Cuando conseguí ver el ruedo, el torero paseaba triunfal el anillo en medio del delirio colectivo; yo también aplaudí con vehemencia, aunque, no sé por qué, pues no había presenciado ninguna fase de la faena, pero, supongo que por haber pasado el trance de la tapia, me sentí con derecho hacerlo.

Ángel Cornago Sánchez

De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”.

 


jueves, 3 de agosto de 2017

LAS FIESTAS PATRONALES. CATARSIS COLECTIVA.

LAS FIESTAS. CATARSIS COLECTIVA.

Después de un año, en el ámbito colectivo, bastante decepcionante por la irresponsabilidad de los políticos en general, las fiestas suponen un soplo de aire fresco en el devenir de la vida. También, un alto en las preocupaciones y problemas de cada cual que, estos días de ambiente lúdico, invitan a dejar a un lado.
Es una catarsis colectiva sumamente sana psicológicamente, y que, junto con los actos de solidaridad, constituye una de las muestras más saludables que puede unir a los humanos como grupo. Es un fenómeno social. Históricamente, todos los pueblos y culturas, han organizado celebraciones y fiestas de una u otra manera, cuya finalidad ha sido y es, disipar la tensión acumulada en la vida cotidiana. Es dejar a un lado la racionalidad y dejarse llevar por las sensaciones y los sentimientos, en un ambiente tácitamente pactado de tolerancia y de relajación de las costumbres habituales.
Nuestras fiestas entran por el oído, además de por la vista. En el caso de Tudela, y Navarra en general, el bullicio de la calle, el colorido blanco y rojo de las vestimentas, el desenfado espontáneo y ocurrente de nuestros paisanos, el sonido de las charangas, la bajada de la plaza de toros, constituyen un espectáculo que contagia y arrastra a un estado de especial euforia y optimismo. Para mí, todavía constituye un espectáculo salir a la calle y observar la alegría desbordante de la gente, aunque sea como mero espectador. Es como una tregua, en la que se vive el momento olvidándose, al menos momentáneamente, de los problemas y servidumbres de la vida diaria.
Estos días no se deben contaminar con consignas ni propagandas políticas ni ideológicas: “¡dejadnos ya en paz unos y otros!”. Deben ser días de convivencia, confraternidad, y “buen rollito”.


Ángel Cornago Sánchez




sábado, 11 de marzo de 2017

EL CINE EN LOS CINCUENTA. BREVE BOSQUEJO SOCIAL

El cine.

De aquellos años son las primeras películas que vi; eran en blanco y negro, aunque inmediatamente llegaron las de color, después el cinemascope y más tarde el “todao”; eran avances de una industria que, todavía sin televisión, constituía el mayor y habitual esparcimiento. Muchos domingos, sobre todo en invierno, veíamos dos películas, y en ocasiones hasta tres. La industria debía de ser boyante porque, en una ciudad media como Tudela, había hasta seis cines. Da idea del éxito que tenía entonces en nuestra ciudad el séptimo arte.
En estas salas vimos muchas películas, generalmente de aventuras, o grandes producciones que hoy se siguen considerando obras maestras. Vivíamos el cine con pasión y nos dominaba fundamentalmente el argumento que siempre se reducía a la lucha de “los buenos” contra “los malos”. Cuando los buenos estaban en apuros en su lucha contra los malos, después de un silencio sepulcral en el que todos estábamos angustiados y habíamos dejado hasta de comer pipas o cacahuetes, y se veía que llegaba el amigo o los refuerzos que iban a salvarlos de aquella situación, todos los presentes prorrumpíamos en aplausos y pataleos, sobre todo los de “gallinero”, pues el suelo al ser de madera era mucho más sonoro. Estas escenas, generalmente, precedían el final y, al encender las luces, creo que se adivinaba en nuestros rostros la satisfacción porque una vez más hubiera triunfado el bien sobre el mal.
Entonces, todo era muy moralizante, las cosas eran buenas o malas, blancas o negras, no había matices intermedios, ni dudas, era algo consustancial al régimen político y religioso en que vivíamos. La censura cortaba escenas con mínimo contenido erótico y, asimismo, se encargaba de que no viésemos películas que discrepasen, ni tan siquiera que pusiesen en tela de juicio estos principios; de las películas salíamos enardecidos para ser héroes en defensa de unos valores, lo mismo que de los sermones salíamos convencidos para ser santos; luego la realidad de la vida ha sido muy distinta.
El cine asimismo era un sitio socorrido por las parejas de novios; en verano no había problema y el “prado” servía para manifestarse sus arrumacos, pero en invierno por el frío, el cine era el sitio preferido. Solían pedir las entradas de las últimas filas, generalmente en los extremos; era donde peor se veía pero donde mejor podían dar rienda suelta a sus manifestaciones de cariño; se solía llamar “la fila de los mancos”, porque sólo se les veía una mano ya que la otra la tenían ocupada hurgando en los encantos de su pareja. Era algo habitual y nadie se sorprendía de que así fuera, es como si hubiese un acuerdo tácito, y no resultaba ni mal visto; sin embargo, sí que resultaba chocante, a días, el ver la sala casi vacía y las parejas intercaladas en las últimas filas de tal forma que no se molestaban unas a otras.

Ángel Cornado Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”. Ed. Trabe



viernes, 22 de julio de 2016

CORRIDA DE TOROS EN LA PLAZA DE TUDELA

La corrida de toros

Un recuerdo táctil que guardo y que me es fácil rememorar, es el que experimente una tarde en Fiestas de Santa Ana cuando era muy joven, casi un adolescente. Salí con mi amigo Julián, como cada día después de comer, dispuestos a no perdernos ningún acontecimiento, y aunque no podíamos ir a la corrida de toros porque nuestra “paga” no nos lo permitía, nos acercamos hasta la plaza para ver el ambiente previo a la corrida. La gente llegaba risueña, los hombres con los puros encendidos, las mujeres con los abanicos mariposeando, todos portando las bolsas con las meriendas y las neveras portátiles con hielo y bebidas. Toreaba “Chamaco” que era una de las figuras del momento.
El gentío era impresionante y las colas delante de las puertas de entrada a la plaza, larguísimas. Llegaron las mulillas y la banda que subía tocando desde la plaza Nueva. Fue entrando el público, y en la calle quedamos los curiosos que no podíamos entrar, y algunos vendedores ambulantes. Pronto se oyeron los clarines y los primeros “olés” y, poco después, la banda comenzó a tocar. La andanada entonces no estaba cubierta y se veía desde lejos a la gente embebida en la faena. Fuimos dando la vuelta a la plaza como buscando un resquicio para poder disfrutar de aquel espectáculo que parecía ser fascinante, a tenor de lo atentos que estaban mirando hacia el ruedo los espectadores.
En el lateral derecho junto a los corrales, tres “listos” habían organizado un sistema para ganar dinero ayudando a colarse en la plaza: uno desde abajo ayudaba al que pretendía ver la corrida sin pagar, a encaramarse en la tapia que separaba la calle de los corrales; allí se ponía de pie apoyándose en la pared de la plaza y, una vez estirado, otros dos mozos desde arriba lo cogían de las manos y lo izaban dentro de la andanada, todo ello claro está, mediante el pago al que estaba abajo de la correspondiente cantidad de dinero que no puedo recordar, pero en todo caso de cierta importancia. Los “olés” arreciaban y sentía una sensación de frustración por no poder participar de aquel espectáculo.
En un momento en que el entusiasmo en la plaza rozaba la apoteosis, me hurgué en los bolsillos y, con las monedas en la mano, me dirigí al mozo que estaba al pie de la tapia y le ofrecí mi dinero. Le debió de hacer gracia el que un chaval tan joven se decidiese a trepar de aquella forma y, adelantándome a otros que estaban esperando, rápidamente cogió las monedas y me aupó sobre la tapia; fue el momento de no retorno; en un segundo me encontré con los pies sobre la estrecha tapia, intentando ponerme de pie sobre ella apoyándome con las palmas de las manos en la pared lisa de la plaza, a un lado el corral de ganado bravo y al otro la calle. Tenía que actuar con rapidez porque había que dejar libre el sitio para que trepase otro. Recuerdo perfectamente el tacto de aquella pared, sin rebordes ni salientes, pero rugosa, lo que me permitía con las palmas de las manos hacer un buen apoyo para ponerme de pie. Me fui levantando poco a poco procurando no mirar hacia abajo ni hacia arriba y pegando también la cara a la pared como otro punto de apoyo; después de unos segundos que me parecieron interminables, de repente, sentí dos fuertes manos que me agarraban por las muñecas y de un tirón, en volandas me introdujeron en la andanada de la plaza. Sentí que había pasado una prueba peligrosa y miré con orgullo a los que estaban abajo. Cuando conseguí ver el ruedo, el torero paseaba triunfal el anillo en medio del delirio colectivo; yo también aplaudí con vehemencia aunque, no sé por qué, pues no había presenciado ninguna fase de la faena, pero supongo que el estar allá y haber pasado por el trance de la tapia me sentí con derecho hacerlo.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”. Eds. Trabe




sábado, 12 de diciembre de 2015

LA BICI, LA MUCHACHA Y LOS MELOCOTONES.

La bici.


Entonces, a diferencia de hoy, hacíamos la vida en la calle. Cuando llegábamos de la escuela, con el tiempo justo de coger el bocadillo de la merienda, bajábamos a la calle a reunirnos con nuestros amigos. La calle era entonces un lugar habitable; los dueños  éramos los peatones y en especial los niños que poblábamos las calles y plazas, de tal forma que, los conductores de los pocos vehículos motorizados que pasaban sabían que la responsabilidad era fundamentalmente de ellos, porque transitaban por una zona en que el extraño era la máquina de motor. El único artilugio que entrañaba algún riesgo eran las bicicletas que empezaban a abundar y había, como siempre, insensatos que se lanzaban a toda velocidad. La gente tampoco estaba acostumbrada a cruzar la calle con cuidado seguros como estaban de que no podía aparecer ningún vehículo agresor, así que empezó a haber algún accidente.
Un día cuando era ya muchacho sufrí un pequeño percance cuando iba con la primera y única bici que tuve, que hacía poco mi padre me había comprado de segunda mano; por una parte, al parecer no debía de ser muy ducho en el manejo, y por otra, probablemente estaba fascinado por la sensación agradable que me producía lanzarme cuesta abajo a toda velocidad desde la plaza San Jaime por la calle Verjas hasta el Puente de Hierro. Estaba haciendo una de estas bajadas que había repetido varias veces, cuando de forma inesperada, de una calle transversal, la llamada todavía Horno de La Higuera, salió una chica con un cesto lleno de melocotones; cuando me vio llegar se quedó espantada en medio de la calzada sin decidirse a apartarse a un lado ni al otro; frené en seco pero la bici derrapó, y no pude evitar que la rueda quedara entre sus piernas, tirarle todos los melocotones que con la inercia bajaron rodando calle abajo, y en nada estuvo en que no caímos ambos al suelo. Aunque no le sucedió nada, el cabreo que cogió fue monumental,  yo creo que más que por el susto y por los melocotones que me apresuré a recoger, porque en aquella época nadie le podía meter nada entre las piernas a una chica que se preciara, aunque fuese la rueda de una bicicleta de forma accidental. Durante una temporada, cuando la encontraba, me miraba como si fuera un lascivo; más tarde con los años su mirada cambió e incluso a veces me sonreía de una forma que yo, en mis fantasías, interpretaba como que no le importaría sentirse de nuevo atropellada; pero nunca me atreví a acercarme a ella, con el día de los melocotones tuve bastante.
Ángel Cornago Sánchez
De mi libro: “Arraigos, melindres y acedías”. Edit. Trabe.
Fografías de Enrique Muñoz Bordonaba


sábado, 18 de abril de 2015

EL "PRAO" LUGAR DE ENCUENTROS AMOROSOS EN LOS SESENTA.

“El Prado”

Ángel Cornago Sánchez
En la Tudela de los años sesenta del siglo pasado, los jóvenes, la mayoría no disponíamos de coches, y el lugar habitual donde realizábamos los juegos amorosos las parejas era en “el Prao”. El Prado no tiene nada que ver con el concepto de prado como lugar tapizado de hierba que asociamos a los prados del norte. En este caso, el nuestro, es el paseo situado en la ribera derecha del Ebro y que hoy conserva el mismo nombre de entonces, aunque no el mismo aspecto. El quiosco era el mismo, así como los árboles de todo el paseo, excepto unos que había junto al quiosco que se talaron.
Cuando oscurecía, existía cierta iluminación hasta el quiosco, a partir de este había dos o tres bombillas mortecinas que iluminaban a trechos hasta la calleja de Ochoa, hoy Gladis, y que la mayoría de las veces estaban rotas por los habituales de la zona en busca de mayor intimidad; a partir de dicha calleja reinaba la oscuridad más absoluta.
Este paseo era el lugar habitual donde las parejas iban a gozar de sus escarceos amorosos; en verano la afluencia era masiva, y había noches, sobre todo los sábados, en que era imposible encontrar un banco libre, e incluso, exagerando un poco, había problema para encontrar un árbol libre en cuyo tronco apoyarse, o un sitio en el atoque que recorría el lado izquierdo del paseo hasta la susodicha calleja, teniendo en cuenta que había que guardar cierta distancia para preservar la intimidad; había días en que, al parecer, “estábamos todos allá”. La mayoría pienso que eran juegos amorosos inocentes como los que se llevaban en aquella época, aunque probablemente muchos embarazos no buscados se gestaron, y nunca tan bien dicho, en dicho paseo.
Creo que el grado de evolución de los intercambios amorosos estaba en relación con las distintas zonas del paseo: en un primer momento el quiosco era una zona fronteriza y se buscaba el acomodo en los bancos o en el atoque de la zona iluminada; conforme se iba intimando y en sucesivas salidas, se buscaban zonas más en penumbra, y después, oscuras del todo; el pasar de la calleja de Ochoa ya era una zona tremendamente comprometida y lugar para los ya iniciados; el ir a la “peñica” equivalía a llegar, al menos teóricamente, a los niveles más avanzados en las relaciones; cuando un chico decía que había llevado a una chica a la “peñica” - final del paseo- equivalía tanto como llevarla al pajar, aunque yo creo que no era para tanto. Nosotros fuimos una generación de presumir mucho y hacer poco; la generación de nuestros padres que fue la del “pajar”, seguramente fueron mucho más discretos y más efectivos.
El “Prao” no sólo se utilizaba en verano, también en todo tiempo, incluso en invierno; entonces, como he dicho, la mayoría no disponíamos de coche y había que capear el temporal como se podía. Todavía recuerdo divertido, como en pleno invierno, algunas parejas se introducían en la oscuridad del paseo a paso ligero como quien va a una urgencia o a un deber que corre prisa y con el que hay que cumplir a pesar de la inclemencias del tiempo; luego se les veía salir con la misma prisa porque iban a dar las diez y la chica debía que estar en casa para esa hora. ¡Eran cosas de la naturaleza! en una época determinada
“El Prao” era un lugar aceptado para tales menesteres, y nadie se extrañaba de que parejas de novios ya consolidadas frecuentasen el paseo; el que lo hiciesen parejas primerizas, sobre todo si iban “agarrados”, era señal de relación con visos de estabilidad, y si no llegaba a ser así, la honra de la chica podía quedar dañada. Había parejas sin compromiso que iban charlando con aparente indiferencia, incluso comiendo pipas como si fuesen paseando por los lugares más céntricos y que hubiesen llegado allí despistados; en cuanto se introducían en la zona oscura, las pipas dejaban de ser el motivo de atención para centrarse en otros goces más agradables y perentorios hasta entonces disimulado con la sal de las pipas, aunque, según dicen, había alguna chica que seguía comiéndolas mientras realizaba los juegos amorosos; (Nicolás Fernández de Moratín relata en uno de sus libros, que había una chica en Madrid que solía comer cerezas y escupía los huesos intentando llegar al techo, mientras estaba en tales menesteres). Cuando volvían a salir de la zona oscura, sacaban de nuevo la bolsa de pipas del bolsillo y, como si tal cosa, se reintegraban a la zona habitual de paseos inocentes. A veces, algún destrozo en el cardado del pelo, el rimel corrido, algún rastro de pintalabios, o algún botón desabrochado o mal abrochado, hacían sospechar que algo más que comer pipas habían estado haciendo.
A pesar de todo, aquella fue una época de una muy fuerte represión sexual que nos impidió acercarnos al sexo contrario con naturalidad, y eso dio origen a no pocas alteraciones en el comportamiento y, en todo caso, a vivir estas sensaciones con culpabilidad.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”

viernes, 10 de abril de 2015

ALGUNOS SONIDOS EN LA TUDELA DEL SIGLO PASADO.


ALGUNOS SONIDOS EN LA TUDELA DEL SIGLO PASADO.
Ángel Cornago Sánchez
Un sonido de aquella época que me estremece cuando lo recuerdo es el de la "campana de la quema";AFILADOR,TUDELA estaba situada al lado de mi casa y su son hacía vibrar todos los cristales. Cuando esto sucedía todo se paraba como presagiando la tragedia. Había otros sones de campanas que recuerdo con claridad, como la campana de mano llamando a la “doctrina” a los niños que íbamos a comulgar cada año. También las campanadas tenues y cadenciosas que tocaban cuando alguien había fallecido, o las que tocaban a “parvulico” cuando el difunto era un niño pequeño; cuando oía dichos sones sabía que en algún sitio muy próximo a donde me encontraba, había sucedido una tragedia y se me encogía el corazón durante unos segundos, hasta que algún lance del juego me sacaba de mi ensimismamiento.
Recuerdo el repicar grave, trastabillado y opaco durante la procesión de Santa Ana; mientras, nosotros con el mejor y único traje, la albahaca abrazando la vela hecha molicie, íbamos marcando una senda hecha de goterones de cera por las calles de mi vieja ciudad. Comportamiento de tradición arraigada fuera de toda racionalidad, pero que cuando la revivo, me reproduce la sensación de lo cotidiano, de lo próximo, de lo mío, de mi sentido del grupo al que pertenezco, con todo el bagaje de afecto, tranquilidad y paz que ello conlleva. Este sonido lo revivo cada año cuando en las Fiestas, el mismo repique solemne, invade toda la ciudad el día de Santa Ana por la mañana.
Otro sonido ya perdido pero que recuerdo con nitidez es el del pregonero que con su trompetilla de sonido nasal llamaba a escuchar lo que el Ayuntamiento había determinado comunicar a los ciudadanos. Llevaba boina roja y se iba parando de trecho en trecho en lugares ya prefijados y fijos; previa llamada, procedía a leer el bando con voz monótona y cadenciosa que siempre empezaba igual: “se hace saber, por orden del señor alcalde...”. Al oír el sonido, hasta los niños parábamos nuestros juegos, y los adultos se acercaban para mejor oír.
Sonido similar era el del basurero, que avisaba de su llegada con el carro haciendo sonar una trompetilla igual a la del pregonero, pero con distinto sonsonete y a hora distinta; anteriormente utilizaba una campana que iba adosada en la parte delantera al lado del pescante donde iba sentado. Bajábamos el pozal con los desperdicios que acercábamos al hombre que, encaramado en el carro, lo recogía y los iba vaciando en la caja. Al carro como cortejo, le acompañaban, sobre todo en los meses de verano, una nube  de moscas y moscardones que revoloteaban por encima de los desperdicios, que se posaban en ellos en cuanto hacía una parada, para volver a alzar el vuelo momentáneamente espantadas por las nuevas avenidas de basura.
En primavera y verano también era frecuente identificar al afilador recorriendo nuestras calles; con su llamada en escala gutural precediendo al grito de “el afilador y paragüero”, animaba a nuestras madres a que bajaran a la calle toda clase de instrumentos cortantes y puntiagudos y, allí mismo, los afilaba con su carro de mano donde llevaba la piedra de afilar movida por una polea impulsada a su vez con el pié. Posteriormente comenzaron a venir con bicicletas; levantaban la bici y hacían girar la piedra de afilar dándole a los pedales colocándose al revés. Casi todos los afiladores eran gallegos y se tenía la creencia que, cuando llegaban, era presagio de que iba a llover; sería porque al ser de Galicia llevaban con ellos parte del ambiente húmedo de su maravillosa tierra.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro "Arraigos, melindres y acedías".

viernes, 27 de febrero de 2015

EL EBRO Y TUDELA

El Ebro.
Ángel Cornago Sánchez
El  río Ebro, ha tenido siempre una fuerte influencia en la vida de la ciudad de Tudela, incluso la construcción de su puente, fue el origen de su fundación, según mi erudito y buen amigo Gonzalo Forcada, ya fallecido. Es un río caudaloso, sobre todo en invierno, y sus avenidas impresionan como demostración de la fuerza de la naturaleza. Estos días estamos asistiendo, y algunos están sufriendo una de estas avenidas.
En estado basal es un río caudaloso lo que, en el siglo pasado, atraía a personas que querían quitarse la vida; el sitio adecuado era el puente. Incluso en la jerga diaria cuando alguien estaba desesperado, o quería chantajear a su entorno, amenazaba con que se iba a “tirar a Ebro”.
Conocí a un señor mayor que, al parecer, siempre había discutido  mucho con su mujer y, a falta de otros argumentos que la hicieran más sumisa y manejable, le solía  amenazar con tirarse al Ebro; ella no se impresionaba ni hacía caso a dichas amenazas, tal vez por tanto oírlas, o porque en realidad ya no le importaba lo que hiciera. El hombre, después de una tarde de agria discusión  y desesperado por su indiferencia, decidió llevarlo a la práctica; se fue al puente y se tiró. Lo hizo muy cerca de la orilla y atado con una soga por la cintura a la barandilla, no fuera que, aunque apenas había agua, una mala corriente le jugase una mala pasada. El único estrago que se hizo fue un esguince en un pié que no fue suficiente para impresionar a su esposa, mas bien lo contrario. Por supuesto que desde entonces sus amenazas ya no las tomaba nadie en serio y, que yo sepa, no volvió a intentarlo, ni con precauciones ni en serio; creo que a partir de aquel día se dio por vencido.
Otros muchos no tuvieron la precaución de este buen hombre y encontraron en el río la muerte que realmente iban buscando. Raro era el año que no corría la noticia por la ciudad, de que una persona se había suicidado en el Ebro.
A falta de piscinas, en los años  sesenta, el río era el lugar habitual donde nos bañábamos, y todos los veranos se ahogaba alguien; dicen que dentro del río hay corrientes de agua más frías, y que al ir nadando y pasar de agua tibia a otra más fría se produce el llamado “corte de digestión”, que en realidad es una pérdida de conciencia que va seguida del ahogamiento. La noticia sobrecogía a todos y nuestras madres estaban angustiadas hasta que nos veían o se enteraban del nombre del ahogado. Al día siguiente los “Patoleas”, pescadores profesionales de nuestro río, rastreaban el fondo en sus pontones con unas largas pértigas que tenían para estos menesteres, en busca del cadáver. 
El Ebro cobraba protagonismo en la ciudad en las grandes avenidas; entonces no se habían construido las defensas actuales, y las riadas inundaban la Mejana y todos  los campos de Traslapuente hasta el monte. En la ciudad entraba por los argollones de desagüe de las calles, y la de San Julián y Verjas se anegaban de tal forma, que a los vecinos y sobre todo a los enfermos había que sacarlos por las ventanas y balcones a los pontones de los Patoleas, que navegaban por las calles durante el día para cubrir las necesidades de los vecinos de la zona. 
En una de estas avenidas del Ebro, eran Navidades y andábamos los amigos tomando copas ya casi de madrugada; nos acercamos por el puente de Hierro a la entrada de la calle Verjas donde estaba atracado un pontón; como andábamos eufóricos por los efluvios del alcohol, nos subimos en la barca y nos dimos una vuelta por la calle Verjas y por la de San Julián, mostrando nuestro júbilo con canciones bulliciosas y desafinadas; manejábamos la pértiga, como es de suponer, con bastante torpeza, lo que hacía que fuésemos pegando con la quilla en las paredes y, cuando no, en las puertas de las casas. Eso hizo que salieran algunos vecinos a las ventanas y nos lanzaran unos cuantos improperios que, a nosotros en aquel momento, nos parecieron propios de gente malhumorada, y no de personas a las que acababan de despertar de aquella forma tan escandalosa. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, llegamos con dificultad al punto de partida no consiguiendo atracar la barca debidamente, por lo que para salir de ella, no nos quedó otro remedio que mojarnos los pies por encima de los tobillos, lo que hizo que en pleno diciembre y de noche, con la frialdad del agua, recobrásemos con rapidez el sentido común y tomásemos la sabia decisión de marcharnos a casa a dormir.
Ángel Cornago Sánchez.  De mi libro: "Arraigos, melindres y acedías".


miércoles, 11 de febrero de 2015

ORTEGUITA

ORTEGUITA
Ángel Cornago Sánchez.torerocesar muñoz solatudela navarra   Cuadro del pintor: Cesar Muñoz Sóla


Como recuerdo visual, guardo la imagen de algunos personajes tudelanos que llamaron  especialmente mi atención en aquellos años de niño, y que todavía los recuerdo. Uno de ellos fue Orteguita.
Orteguita era un hombre ya entonces entrado en años, delgado, menudo, habitualmente mal afeitado; se dedicaba al oficio de limpiabotas y vivía en casa de Julián Marín, el torero, que ejercía de su protector. Al parecer, Orteguita, había nacido en Alicante y recaló en Tudela después de “tirarse” como espontáneo en una corrida, creo que en el año de la inauguración de la plaza de Tudela, en la que toreaba Domingo Ortega. Por lo visto, había sido o había intentado ser torero y, ese intento frustrado impregnaba todavía toda su vida: su forma de andar era orgullosa, estirada, con los talones levantados como el que sale de una suerte después de rematarla; su figura tenía cierto empaque, cierto señorío, inclinado siempre hacia un lado, creo que al derecho, como si estuviera dando un eterno derechazo, o como si de tanto imaginarlos no pudiera ya vivir de otra manera; creo haberlo visto con frecuencia con las zapatillas y las medias de torear, zarrapastroso y mísero, pero de porte orgulloso y distinguido. Los niños, crueles a veces, de lejos le espetábamos: “Oteguita matacabras”; era la mayor ofensa que le podíamos hacer; juraba, aceleraba el paso y se iba mascullando improperios. En ocasiones, no sé si espontáneamente o por los efluvios del alcohol, se marcaba unos pases a toros imaginarios jaleado por todos en unas faenas que a mí, me parecían como a él que tenían mucho de arte y de verdad; los aplausos le hacían estirar aun más su figura y saludar al tendido con una sonrisa ausente, como reencontrándose con la gloria que tantas veces había imaginado. Después ya no supe que fue de él. El pintor tudelano Cesar Muñoz Sola, en una obra maestra, supo plasmar como nadie a este personaje. El cuadro es propiedad de Casino tudelano, y allí se expone en la sala de juntas.
Ángel Cornago Sánchez. De mi libro “Arraigos, melindres y acedías”