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domingo, 10 de marzo de 2019

VEJEZ Y CRECER


VEJEZ Y CRECER

Tengo la sensación, de que sigo creciendo. En realidad, siempre he estado creciendo, con los baches lógicos producidos por las crisis en las que te embarras y tienes dificultad para salir del charco. Lo que nunca pueden faltar son las ganas de luchar, de salir de la situación. Se consigue salir además con enseñanzas, que servirán para el próximo tropiezo.
En la vejez se sigue creciendo en el juicio ponderado de todo. Todo se relativiza, aunque no quiere decir que se acomode en los problemas, sino que el enfoque es más reposado, pero la conclusión no tiene por qué ser más conservadora.
Es una etapa rica, reflexiva, sabia, si se ha pasado por la vida con los ojos abiertos, asumiendo los fallos; si se tiene la sensación de que se sigue estando “vivo”, con todo lo que implica: proyectos, responsabilidad como ciudadano, aceptación de lo que el futuro depare de irremediable; con conformidad, serenidad, capacidad de observar, de sintonizar con la naturaleza y con todos los seres vivos.
También nos queda, a mí al menos, la sensación de mirar con indulgencia, a veces después del cabreo que sentimos, a la serie de cretinos que pululan alrededor de los poderes políticos de turno. Aunque a veces puede más el cabreo que la indulgencia, porque su torpeza, prepotencia y avaricia, influyen en la vida de mucha gente.

Ángel Cornago Sánchez.Derechos reservados.



sábado, 19 de noviembre de 2016

VEJEZ, ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

VEJEZ,  ESA ETAPA DE LA VIDA QUE NO QUEREMOS MIRAR

Cuando se es joven, se ve la vejez como algo lejano, que no tiene relación con nosotros o, en el mejor de los casos, algo de lo que se habla, se entiende que va a llegar, pero se tiene la sensación de que no nos atañe.
Conforme se van cumpliendo años, llega un momento en que hay que asumir que se ha dejado de ser joven, y que el camino irremediable es la vejez.
Este planteamiento se puede hacer desde la sensación de pérdida, con tristeza, con melancolía por lo que se deja, o desde la aceptación de que es algo que forma parte de la vida, lo mismo que el resto de las etapas, e incluso tiene aspectos positivos. Seguramente la visión de la vida en la vejez es mucho más rica que en edades más tempranas, siempre que se haya ido madurando adecuadamente.
La vejez, la involución física y psicológica, y la muerte, son circunstancias claves de nuestra vida que nos iguala a todos los seres vivos; son las únicas características de nuestra existencia en que el destino o quien haya creado el origen de la vida, hace justicia con todos los seres humanos; el resto de nuestro paso por el mundo está caracterizado por luchas, desigualdades, miseria y sufrimientos para unos, y éxito, honores y abundancia para otros. Sin embargo, el paso del tiempo a todos afecta, todos vamos cumpliendo años, envejeciendo y, al final del camino, siempre está la muerte para todos.
En la vejez, la importancia de las cosas va tomando su justa medida; la escala de valores cambia respecto a otras épocas. Por eso la vejez, y sobre todo la madurez, cuando las facultades físicas y psicológicas están todavía en buenas condiciones, son épocas en las que se puede ser especialmente feliz, por habernos ido despojando de ese enfoque enfatizado de la vida sobre aspectos que está claro no nos han permitido sentirnos felices. La felicidad está dentro de uno mismo, no hay que buscarla en riquezas ni bienes materiales, que son necesarias para cubrir las necesidades. 
Cuando somos jóvenes somos soberbios con los viejos. A veces se les trata como a niños. Se tiene en cuenta todo lo negativo que representan, como la falta de fuerza, de iniciativa, de belleza, en definitiva, de cualidades por las que se mueve el momento histórico que vivimos, y no valoramos su experiencia, su sabiduría, virtudes mucho más importantes que fueron valoradas en otros momentos de la historia.
Yo diría que muchos viejos de hoy asumen ese papel de minusvalía intelectual, o tal vez lo simulan; es frecuente, incluso en círculos próximos, que al viejo lo releguen en opiniones y en decisiones, y que la relación con él se torne paternalista que, como toda relación así etiquetada, es teóricamente protectora, pero que en realidad entraña falta real de respeto a su autonomía. El viejo, a veces se infantiliza y es cómplice de esta situación para ser aceptado.
Esta falta de valoración del anciano es fruto de la falta de valoración de otros muchos aspectos fundamentales en el momento que vivimos.
Ángel Cornago Sánchez.  


martes, 3 de mayo de 2016

LA SOLEDAD. CAUSA DE SUFRIMIENTO.


La soledad


Tal vez la soledad es una de las mayores circunstancias de sufrimiento. Soledad es una sensación psicológica, en la que la persona se siente desconectada del mundo que le rodea, y su ámbito psicológico se mueve en su propio mundo. La soledad se puede buscar y, en ese caso, suele ser positiva, incluso, es psicológicamente saludable buscar de vez en cuando el estar solos, para ayudarnos a poner en orden nuestro mundo interior. En todo caso son soledades durante un lapso de tiempo, en general, no muy dilatado. En otras ocasiones, las soledades se padecen. Habitualmente se deben, a incapacidad psicológica para comunicarse con el entorno, lo cual constituye una enfermedad, o porque las circunstancias sociales o familiares lleven al aislamiento, que es el caso de muchas personas.
Se puede estar rodeado de gente y estar solo, incluso conviviendo con la pareja y con los hijos. De hecho, es frecuente que, en la convivencia entre personas, la comunicación se reduzca a frases estereotipadas, incluso a silencios más o menos intencionados; es una forma de vivir en soledad. La sensación de soledad, aparece cuando no te puedes comunicar con las personas que te rodean a un nivel más íntimo, a un nivel más profundo, de tal forma que puedas compartir tus preocupaciones, tus miedos, tus angustias, mostrar tus debilidades... Es la característica fundamental. Ocurre en muchas parejas que, aunque no discutan ni tengan enfrentamientos, tampoco se comunican a un nivel profundo. Algo se puede paliar con los afectos, pero al fin y al cabo el afecto es una forma importante de comunicación. Aunque, incluso la comunicación intrascendente, es mejor que la falta de comunicación, pues detrás de las palabras, existen consideraciones, afectos, respeto... que de alguna forma es percibido de forma positiva. Aunque detrás de los silencios también puede haber desprecio e incluso agresividad. En definitiva, el requisito importante y básico es comunicarnos a nivel más o menos profundo.
Es frecuente que personas que viven solas tengan una mascota con la que hablan y trasmiten afectos que, de alguna forma, viene a paliar, a veces de forma importante, su soledad; las mascotas en algunos casos llegan a representar algo simbólico, dándoles tanta importancia o más que a los seres humanos.
El anciano padece con frecuencia sensación de soledad. Por una parte porque en realidad viven solos y sus posibilidades de comunicación y transmisión de afectos están muy limitadas. Por otra parte, el anciano en la sociedad actual carece de interés para los que les rodean: representa lo caduco, lo débil, lo enfermo, incluso se siente rechazado desde lo físico. En definitiva, representa la muerte y la próxima finitud de la vida, y eso la sociedad actual no lo digiere.
La soledad ocasiona ensimismamiento en el propio mundo, sobre todo pasado, melancolía, tristeza, depresión, sufrimiento. También es un factor de riesgo para padecer dolencias físicas, al mismo nivel que la hipercolesterolemia, la obesidad o la hipertensión arterial, como publicó la revista Science. La socióloga Mª Teresa Bazo[i] en un trabajo muy interesante, descubre que la variable fundamental para determinar el grado de salud percibida, es el sentimiento de soledad. De los resultados obtenidos se desprende, que varones y mujeres se sienten en mejor estado de salud cuando no experimentan soledad, y las personas de menor edad pero solitarias, se sienten tan enfermas como las de mayor edad.
Ángel Cornago Sánchez.
De mi libro "Comprender al enfermo". Edt. Salterrae 




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