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sábado, 3 de noviembre de 2018

UN DÍA CUALQUIERA

lo cotidiano
UN DÍA CUALQUIERA

Cuando nos levantamos de la cama por las mañanas, es difícil que lo primero que percibamos sea sensación de bienestar. Lo normal es que nos sintamos somnolientos, con el cuerpo entumecido y con cierta resistencia a comenzar el nuevo día, cuando no, de mal humor. La reconfortante ducha y el café del desayuno, nos ponen en la tensión suficiente para afrontar el nuevo día con sus retos. Es la vida cotidiana, la que se presenta ante nosotros una jornada tras otra. Esporádicamente, habrá hechos puntuales que otorgarán a ese día un significado especial y nos producirán vivencias singulares, pero lo habitual, serán vivencias más o menos universales y rutinarias llevadas de forma subjetiva.
Los ámbitos en que nos desenvolvemos cada día, son para la mayoría de las personas los mismos: la familia, el trabajo, las aficiones…también lo sugerentemente prohibido (no me refiero a lo ilegal). En esos marcos nos vamos a sentir: vulnerables ante muchas circunstancias, reforzados y fuertes ante otras, felices, desgraciados, enamorados, traicionados, sujetos a poderes, ostentando poder, aunque solo sea sobre nuestros hijos. Nos vamos a sentir con salud, enfermos, vamos a sentir admiración, envidia, amor, odio... Nos vamos a sentir tristes o vamos a reír a carcajadas. Vamos a no creer en el más allá o vamos a buscar nuestra trascendencia en momentos de crisis.
De este mar de sensaciones, vamos a sentir probablemente todas en algún momento de nuestra vida, muchas de forma frecuente, la mayoría de forma cotidiana. Van a dominar más unas u otras, dependiendo de nuestra estructura psicológica potenciada por la educación sobre todo en la infancia. Después van a influir de forma determinante las circunstancias, que parte van a ser debidas al azar, pero otras las habremos buscado mas o menos conscientemente, dependiendofelicidad en definitiva, también, de nuestra forma de ser.
Después, durante nuestra vida, la forma de enfrentarnos a todo lo que nos toca vivir, las vivencias y las enseñanzas, junto con la reflexión, va hacer que vayamos acumulando un bagaje que con los años nos permita ser expertos en “pragmática de la vida”, y que tal vez permita que nos sintamos cada vez, si no más felices, más equilibrados, si hemos sabido asimilar y aceptar las circunstancias vividas, el proceso de declive y envejecimiento.

Ángel Cornago Sánchez. Reservados derechos
Fotografía: canal de Castilla


viernes, 27 de abril de 2018

DOLOR FÍSICO. FACTORES QUE INFLUYEN.


El dolor físico tiene unas características determinadas:
El grado es muy variable, desde sensación ligera de malestar, a dolores intensísimos. En general, los producidos por procesos en órganos que no se distienden fácilmente son muy intensos. Así, los dolores producidos por problemas expansivos o inflamatorios en la cavidad craneal, en senos, huesos y retroperitoneo se soportan muy mal. También los que se producen por implicación de terminaciones nerviosas, como el herpes, los dolores dentales y las neuralgias.
La gravedad de la enfermedad no está relacionada con la intensidad del dolor. Hay dolores ligeros, que pueden estar producidos por problemas graves que pueden comprometer la vida (muchos tumores malignos producen molestias leves, sobre todo al comienzo). Hay dolores intensos que son muy molestos pero que no suponen gravedad, como la fisura de ano.
La vivencia de dolor es subjetiva. Hay personas que, ante un problema físico, manifiestan sensación de dolor intensa; mientras que otras, con el mismo problema o más grave, apenas se quejan y da la impresión de que casi pasa desapercibido, por lo menos a los ojos de los demás.
            La vivencia va a depender de diversas variables:
a) Hay personas más sensibles que otras. Se dice que el umbral del dolor es variable, pero, realmente, el umbral de cada uno depende en gran parte de su estructura psicológica. Hay personas en las que pequeños estímulos dolorosos les hacen trasmitir quejas de forma muy llamativa, y otras que viven en silencio dolores intensos.
b) Depende del momento psicológico que se esté viviendo. Un estado de tristeza, de depresión, hace vivir el dolor de forma más acusada. Lo mismo sucede en un estado de ansiedad. La incertidumbre por la causa que origina el dolor da lugar a una percepción más aguda. Suele suceder que, una vez conocido el origen, se soporta mejor.
c) Del grado de atención. Hay personas que se autobservan, y no es raro que perciban sensaciones de incomodidad que, habitualmente, pasan desapercibidas. Si además tienen un componente hipocondríaco, la hiperatención y la interpretación tremendista de las molestias les puede hacer vivir situaciones banales, como verdaderamente graves y angustiosas.
El extremo opuesto también se da: dolores teóricamente intensos pasan desapercibidos durante un tiempo en que la atención está fijada en algo que, en ese momento, es el foco de interés. Se da en las heridas de guerra, que empiezan a doler después de la refriega, e incluso en los partidos de fútbol en que, después de un golpe, la recuperación es inmediata, aunque a las horas el dolor sea intenso.
d) El dolor tiene oscilaciones y variaciones de un momento a otro, aunque la lesión sea la misma. Depende de la evolución del proceso patológico y de los factores antedichos.
Es falso que aguantar el dolor sea positivo. Es un concepto que probablemente tiene sus orígenes en creencias religiosas, que inculcaban que el sufrimiento en esta vida abría las puertas del paraíso o que, al menos, era un mérito para la vida del más allá. Como escribe Jhon D. Loeser:[1]
En muchas sociedades primitivas se consideraba que el dolor se debía a la invasión del cuerpo por espíritus y demonios. En el mundo occidental, en la Época Clásica y en la Edad Media, el dolor y el sufrimiento se atribuían a transgresiones o a pecados previos. Se mantenía el control social mediante esta visión del mundo. Se consideraba que las personas nacían con el demonio, y necesitaban el dolor y el sufrimiento para convertirse en respetables. A los que manifestaban una conducta desviada, se les sometía al dolor y al sufrimiento en un intento de llevarles de nuevo al buen camino. La cristiandad primitiva hizo uso profusamente del dolor y el sufrimiento como lo atestigua la Biblia.
En definitiva, se trataba de tener controlada, por medio de la culpa, a la población. Si padecían dolor, era una forma de purgar sus pecados. También es posible que, en tiempos pretéritos, a falta de sustancias que calmaran el dolor, se utilizaran estos mecanismos de sublimación para mejor sobrellevarlo.
            En todo caso, hoy día disponemos de sustancias potentes y eficaces que pueden calmarlo. Es una negligencia no utilizarlas cuando el paciente las necesita, las demanda y las acepta. Muchos profesionales de la sanidad todavía tienen reticencias con esta filosofía. En realidad, los organismos gestores, hasta hace unos años, han sido remisos en sus protocolos de formar a los profesionales en el manejo del dolor. La consecuencia era un tratamiento insuficiente e inadecuado. En las universidades se trataba el tema de pasada y, en la formación de los MIR, no estaba incluido de forma específica hasta hace pocos años, teniendo en cuenta que va a ser una de las principales tareas durante el ejercicio profesional. Detrás de este desinterés generalizado, tal vez late todavía la idea de que algo tenemos que pagar por nuestras culpas.
El dolor es algo consustancial a la existencia humana; es un mecanismo que es parte de la forma de reaccionar de nuestro organismo ante distintas alteraciones en su funcionamiento o estructura. Nunca podremos conseguir que desaparezca. La función de los sanitarios es calmarlo, sin olvidar interpretarlo para descubrir su origen. También puede dar datos sobre la evolución del proceso. Cuando el diagnóstico está confirmado y, sobre todo, en enfermos terminales, el tratamiento debe ser anticipatorio, es necesario que se paute la medicación para evitar que aparezca. En estos casos, no va a aportar ningún dato que pueda beneficiar al paciente.
Ángel Cornago Sánchez
 De mi libro: "Salud y Felicidad". Edt. Salterrae.


[1] LOESER, J. D., Dolor crónico: un dilema en los cuidados de salud en nuestro tiempo, Monografías Humanitas, Nº 2., p, 101.

viernes, 5 de mayo de 2017

REMEMORANDO CON LOS SENTIDOS. GUSTO Y VISTA

El gusto.
En la especie humana, el gusto es un sentido que junto con el tacto y el olfato podemos considerar como “menores”, comparados con la vista y el oído que parecen ser más esenciales para nuestra supervivencia. Probablemente no somos conscientes de la importancia de estos sentidos “menores”; es posible que por medio de ellos nuestro cuerpo seleccione determinados alimentos que son necesarios o perjudiciales para nuestro organismo; esto en las especies animales es así, sin embargo, en la especie humana, al no tener que utilizarlos como precisos a través de los siglos, hemos ido perdiendo dicha facultad y, en este momento, sólo nos sirven para seleccionar lo más placentero. Actualmente pues, en la especie humana, el gusto es un sentido no fundamental, de tal forma que, podríamos vivir sin el sin problemas graves, aunque probablemente algo se alteraría en nuestro organismo. Por medio del gusto saboreamos lo que estamos comiendo. La ingesta de alimentos imprescindible en nuestra actividad diaria, primero asegura la subsistencia, después selecciona lo que más agrada a nuestro paladar para producir también cierto placer; no nos podríamos alimentar de forma indefinida, ni tal vez durante mucho tiempo, ingiriendo pastillas cuyo contenido incluyese todas las calorías y principios inmediatos necesarios para la actividad diaria. Comer con gusto es sinónimo de salud, y el no sacarle gusto a la comida síntoma de enfermedad física o mental. Por eso, aunque teóricamente podríamos vivir, y seguramente podríamos hacerlo en situaciones extremas o por determinadas motivaciones, no tardarían en surgir alteraciones; la dieta de los astronautas nunca podrá equipararse al momento en que nos ponemos delante de un bocado dispuestos a saborearlo. De hecho muchas obesidades tienen su origen en problemas psicológicos; son pacientes que de forma más o menos consciente compensan lo negativo de sus vidas con actos placenteros, como comer. Probablemente, influye en la salud física y mental.
El gusto es un sentido que apenas deja huella. Es muy difícil reconocer un gusto similar a otro que nos impactó de forma especial cuando éramos niños, más bien van unidos a comparaciones pero no a identificaciones; eso probablemente se debe a que todos los recuerdos van unidos a vivencias impactantes, y el acto de comer que es cuando degustamos, es demasiado primitivo y poco sofisticado como para verse afectado por acontecimientos; cuando estos suceden en el acto de la ingesta, se suspende esta y son otros los sentidos que viven el acontecimiento y por tanto los que quedan mediatizados. Aun así tengo recuerdos que rememoro por el gusto, alguno de ellos tal vez intelectualizado y dominado por un juicio de valor: bueno o malo.

La vista.
La vista es probablemente el sentido básico por excelencia. Su función es la de información. En un medio hostil, sin visión y sin ayuda, moriríamos en poco tiempo. Es fundamental para desplazarse, para defenderse de los enemigos, para buscar comida. Como el oído, está funcionando continuamente excepto durante el sueño, seleccionando y mandando información a nuestro cerebro que este interpreta, selecciona, fija, desecha o almacena. Las imágenes que almacenamos son las que por el motivo que sea han atraído especialmente nuestro interés o las hemos vivido con especial intensidad.
Cuesta trabajo rememorar imágenes que fueron impactantes en su momento a partir de las actuales; la visión puede ser el hilo conductor que traiga a la memoria situaciones similares ya vividas. Otras veces el reconocer los lugares o las personas con las que tuvimos relación hace años, nos sirve como vehículo para recordar el pasado. Emociona ver a alguien que conocimos y con quien tuvimos una relación positiva hace años, pero la imagen visual no es la misma. Lo propio sucede cuando volvemos a un lugar en el que vivimos momentos felices o desgraciados; incluso el más subdesarrollado ha cambiado, unas veces por mejora y otras por abandono.
Se pueden recordar imágenes que nos impactaron en un momento determinado sin necesidad de visualizar situaciones semejantes, aunque traerlas a la memoria siempre es a través de un vehículo del tipo que sea. De esta forma la emoción que experimentamos es el elemento básico del proceso completo del recordar; de hecho cualquier recuerdo se rememora unido a imágenes visuales y a cierto grado de emoción.